Querido padre Bellon,
últimamente he tomado la costumbre de leer todas las mañanas un capítulo de la Biblia.
Lo hago por devoción y por placer personal, y de hecho se convierte en una pequeña sesión de estudio (leo las notas, anoto algunas observaciones mías), en total puede llegar a extenderse hasta una hora.
Este estudio por lo general, mejor dicho casi siempre, está orientado a alcanzar una mayor comprensión de la acción de Dios en la historia, de sus criterios en el juzgar, de lo que pide a los hombres y a los pueblos, de su modo de juzgarnos, de las cosas buenas que puedo aprender a hacer yo mismo para ser verdaderamente un buen hijo para él.
Quisiera pedirle si esta actividad puede considerarse válida para obtener la indulgencia plenaria, es decir si cumple esa “lectura piadosa” de media hora que se solicita como acto material para esa finalidad, cumpliendo las demás condiciones que ya conozco.
¿Usted qué opina?
Muchísimas gracias
Con  cariño
Paolo
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Respuesta del sacerdote

Querido Paolo,
1. sí, lo que haces cumple perfectamente con los requisitos para obtener la indulgencia plenaria.
La Iglesia, a través de la indulgencia plenaria, anima a cumplir una de las obras más hermosas y más propias del cristiano: la de permanecer a la escucha de Dios que nos habla y poner en práctica cuanto nos dice.

2. El motivo por el que Dios nos creó, es para hacernos compartir su vida divina, haciéndonos sus familiares y amigos.
San Juan Crisóstomo, que es uno de los cuatro grandes padres y doctores de la Iglesia oriental, escribe: “En el origen, el Creador de los hombres hablaba a los hombres, dialogaba con ellos a la manera en que se comporta la naturaleza humana. Así, Dios fue hacia Adán, acusó a Caín, dialogó con Noé, se hizo huésped de Abrahán. Pero cuando, en el curso de los siglos, todo el género humano se precipitó en el abismo del mal, Dios su Creador no quiso alejarse del todo de él; aunque los hombres se hubiesen mostrado indignos de esta familiaridad, quiso renovar su amistad con ellos, y por tanto les envió una carta como a personas alejadas, atrayendo a sí a todo el género humano. Moisés fue el mensajero de esta carta”. (Discurso exhortativo para el comienzo de la Santa Cuaresma, Homilía II, 2).

3. Si puedo darte un consejo, te diría: lee la Sagrada Escritura practicando la Lectio divina.
La Lectio divina consiste en cuatro fases: la lectura, la meditación, la oración y la contemplación.
Las primeras dos ya las estás haciendo: la comprensión del significado del texto y el motivo por el cual Dios te dice esas cosas en ese preciso momento y en esa determinada hora de tu vida.

4. Por si no lo estuvieras practicando, te aconsejo las otras dos: la oración y la contemplación.
La oración consiste en hablar con el Señor, preguntarle por qué te habla de esa manera, pedirle qué desea de ti, pedirle que te indique el modo de llevarlo a cabo.
Algunos pasajes al principio te parecerán inútiles o incomprensibles.
Sin embargo ninguna de las palabras de la Sagrada Escritura carece de significado porque todas son espíritu y vida (Jn 6, 63) y quieren comunicar vida eterna (Jn 6, 68).
Es hermoso  también esta tercera etapa, que por momentos parece un combate.
Como un nuevo Jacob que lucha con el ángel del Señor, dirás que no te detendrás hasta que no hayas comprendido qué quiere decirte.

5. La cuarta etapa la dedicarás a la contemplación, es decir estarás junto al Señor con el corazón repleto de amor y gratitud porque se ha llegado a ti, por haber llenado tu alma con su gracia y por haber nuevamente iluminado tu vida.

6. Entre las nueve formas de orar de Santo Domingo estaba también esta, que se parece mucho a la tuya.
Te la transcribo para que puedas imitarlo en los gestos iniciales y en sus transportes de afecto hacia Aquel que le hablaba.
“El Santo Padre Domingo tenía también otro modo de orar, muy hermoso, devoto y simpático. Lo practicaba después de las horas canónicas y luego de la oración de acción de gracias que se hacen en común después de las comidas.
Este sobrio Padre, ebrio del espíritu de devoción alimentado por por las palabras divinas que se cantan en el coro o en el refectorio, enseguida se retiraba en un lugar solitario, en su celda u otro sitio, para leer o rezar, recogiéndose en sí mismo y concentrándose en Dios.
Se sentaba pues tranquilamente y después de haber hecho la señal de la cruz, abría un libro y comenzaba a leer.
Su alma se emocionaba suavemente, como si efectivamente estuviese escuchando al Señor que le hablaba, según lo que se dice en el salmo: “Voy a proclamar lo que dice el Señor: el Señor promete la paz, la paz para su pueblo y sus amigos, y para los que se convierten de corazón” (Sal 84,9).
Y casi como si estuviera discutiendo con un compañero, por lo que se podía deducir por sus gestos, parecía que en algún momento estuviera inquieto con él, en otros que prestara atención a lo que le decía. Se lo veía disputar y luchar, reír y llorar a la vez, fijar la mirada y bajarla, para luego volver a hablar en voz baja, golpeándose el pecho.
Si algún curioso a escondidas lo hubiera visto, el Santo Padre Domingo le hubiera parecido como otro Moisés, que en el desierto contemplaba la zarza ardiente y postrado, escuchaba al Señor que le hablaba. Para el hombre de Dios, él era de hecho, la imagen profética en su subitáneo elevarse de la lectura a la oración, de la meditación a la contemplación.
Y mientras así apartado leía, hacía reverencias hacia el libro, inclinándose hacia él y besándolo, sobre todo si se trataba de un extracto del Evangelio o se leían las palabras dichas por el mismo Cristo.
Otras veces escondía el rostro o lo volteaba de lado, o bien lo ocultaba entre sus manos o lo escondía un poco en el escapulario.
También entonces, con gran desconsuelo, recomenzaba a llorar; luego como si estuviera agradeciendo a alguien muy importante por los beneficios recibidos, se levantaba e inclinaba levemente.
Así, completamente reanimado y tranquilizado, retomaba la lectura”.

7. Como  puede verse, para Santo Domingo leer la Sagrada Escritura era lo mismo que estar en compañía del Señor y saborear algo de esa intimidad con Dios como la experimentó Adán antes del pecado original, por Noé y por Abraham. A veces era como experimentar la reprimenda hacia Caín.
Te agradezco por haberme dado la posibilidad de recordar a nuestros visitadores que abrir las Sagradas Escrituras y meditarlas equivale a dejarse guiar por el buen pastor que nos conduce a verdes praderas y a aguas tranquilas (cfr. Sal 23, 2).

Deseándote todo bien, te bendigo y te recuerdo en la oración.
Padre Angelo

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