Querido Padre Angelo.
En un whatsup que recibí de los amigosdominicanos hay un correo en el que tu respondes a un lector que Dios puede ser en nosotros y que nosotros podemos considerarnos en Dios de dos maneras: desde un punto de vista natural y desde un punto de vista sobrenatural.
Mi pregunta es: ¿Los pecados son de orden natural? Si así fuera, por qué una condición natural errónea puede alejar una condición sobrenatural como los dones y las gracias de Dios?.
Siempre te he leído que: “una persona no puede merecer delante de Dios bienes de orden sobrenatural por la desproporción que existe entre las acciones realizadas en el ámbito de la naturaleza y el premio, que es de orden sobrenatural.” Si el hombre se queda solo en el ámbito de la naturaleza es incapaz de acoger bienes de otro orden, que le es superior.
Esta es mi segunda pregunta: Si no podemos merecer el orden sobrenatural desde el solo ámbito de la naturaleza, entonces por qué hemos de desmerecer en el ámbito de los pecados contra la naturaleza?.
Te agradezco y te recuerdo en mi oración de la noche,
Francesco.
Respuesta del sacerdote
Querido Francesco,
1.los pecados (entiéndase mortales) se llaman así por dos motivos: en primer lugar porque hacen que se pierda la gracia de Dios.
En segundo lugar, porque si se muere en tal situación se cae en la muerte eterna y entonces en el infierno.
Por estos dos motivos los pecados tienen una acepción típicamente sobrenatural.
2.De hecho, son mortales todos los pecados que hacen perder la caridad, que es una virtud teologal.
Por lo tanto se trata de una virtud sobrenatural no solo por su infusión, sino también por sus contenidos.
Es por medio de la caridad que Dios habita en nosotros y nosotros en él, como recuerda San Juan en su primera carta, capítulo 4, versículo 16: “ Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él”.
Como he tenido ocasión de recordar repetidas veces, muchos pecados graves no convierten a uno en delincuente bajo el perfil natural. Quien omite la santificación de la fiesta cae en pecado grave pero no por ello es delincuente. Pero pierde la unión con Dios mediante la gracia.
3.Para la segunda pregunta, cabe recordar que nuestra comunión con Dios presupone la rectitud de la vida moral.
Al joven que le preguntó a Jesús: “¿Qué tengo que hacer para obtener la vida eterna?, Jesus contestó: “Guarda los mandamientos’’.
Y como ese joven le preguntó cuales, el Señor le enumeró precisamente los mandamientos de la segunda tabla de la ley que tienen que ver con la relación con el prójimo y que se refieren por lo tanto a la ley moral natural.
“Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? (1JN, 4,20). El amor a Dios se muestra concretamente respetando a nuestro prójimo porque Dios lo quiere y porque nuestro prójimo ha sido creado por Dios a su imagen. De hecho dijo “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis’’ (cfr Mt 25,31-46).
4.En la encíclica Humanae vitae Pablo VI recordó que la Iglesia es maestra tanto en la ley sobrenatural como en la ley natural porque también la observancia de esta última está íntimamente ligada a la vida de gracia y a la salvación eterna.
He aquí sus palabras textuales:
“Ningún fiel querrá negar que corresponda al Magisterio de la Iglesia el Interpretar también la ley moral natural. Es, en efecto, incontrovertible —como tantas veces han declarado nuestros predecesores— quien Jesucristo, al comunicar a Pedro y a los Apóstoles su autoridad divina y al enviarlos a enseñar a todas las gentes sus mandamientos, los constituía en custodios y en intérpretes auténticos de toda ley moral, es decir no sólo de la ley evangélica, sino también de la natural, expresión de la voluntad de Dios, cuyo cumplimento fiel es igualmente necesario para salvarse” (HV 4).
Te agradezco de corazón por la oración hecha para mí. Me es especialmente preciosa.
La correspondo con gusto y deseándote todo bien, te bendigo.
padre Angelo
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