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Cuestión

Querido padre,

Gracias de antemano por su paciencia al leer estas líneas. Espero ser claro al explicar lo siguiente. Soy una mujer de 42 años, soltera y con un trabajo aún precario (aunque gracias a Dios nunca me ha faltado trabajo). Redescubrí la fe gracias a un querido amigo, que ahora también es fraile dominico, al que debo mi vida espiritual. Pero ahora mismo es como si estuviera parado, aunque paradójicamente muchas cosas en mi vida están cambiando, y estoy esperando que algo de mi vocación se me revele para entender qué camino tomar, pero no veo claro a qué me llama el Señor… ¡esto es frustrante! Siempre pensé que me casaría, cumplí el deseo de una familia que nunca llegó, sólo para creer que el Señor me quería toda para Él como laica consagrada y esto siempre ha tenido un cierto efecto en mí, más bien un miedo….

Sí, Padre, creo que tengo miedo de lo que el Señor pueda pedirme y por eso no miro la Verdad a la cara para no verme en la actitud del joven rico y no sentir ese gran dolor que te desgarra el pecho.

Sí, porque creo que decidirse a mirar la Verdad a la cara, ante la alegría trae tanto sufrimiento, porque te obliga a ver lo que eres… No quiero defraudar al Señor sino hacer su voluntad, pero esto cuesta. La cuestión es que no quiero sufrir como Él ha sufrido por mí y hacerme así merecedor de un Amor que ni siquiera me atrevo a imaginar. Tendría que ser más humilde para poder confiar en Cristo y dejar que me guíe sin cuestionar. Y el tiempo pasa y lo que se pierde no se puede recuperar y con la justicia tendré que rendir cuentas también. No tengo un guía espiritual, pero tengo la gracia de estar rodeado de hombres santos que viven la fe no con palabras. Son para mí un ejemplo constante de amor por las cosas de Dios y de edificación. ¿Por qué me dirijo a ti? Porque también a través de ti busco la palabra de Dios para desentrañar esta ligera niebla que a veces ensombrece mi mirada.

Gracias.

Que Dios te bendiga por el bien que haces.

Ana


Respuesta del sacerdote

Querida Anna,

1. La vocación suele nacer de la atracción, del transporte. En cierto modo es como enamorarse.            Cuando hay vocación se va tras el Señor con entusiasmo, se está dispuesto a todo.

2. Puede ser que el Señor te esté llamando. Pero ahora necesitas la chispa que te encienda. Una vez encendida, ya no tendrás miedo de entregarte al Señor.

3. En cuanto al amor, Él te dará su corazón para que lo ames. Porque no es un amor humano, sino sobrenatural y divino.

4. Lo hará por grados. No tengas miedo. Lo hará de tal manera que desearás lo que Él te propone. Por eso dijo: «Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.» (Mt 11,29-30).

5. Su yugo es su amor. El Señor infunde generosamente su amor en nuestros corazones, porque lo da sin medida, como prometió: «Sin medida da el Espíritu» (Jn 3,34).

6. Por eso, pídele sin cesar su amor. Como hizo el Santo Padre Domingo, pide al Señor cada día que te dé un amor cada vez más grande por Él. Todo se volverá entonces dulce y ligero. Deseo que puedas caminar como ese querido amigo tuyo que está entre los frailes dominicos.

Por esto te encomiendo al Señor y te bendigo. Padre Ángelo