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Pregunta

Buenos días Padre Angelo,
en primer lugar quiero expresar mi gratitud y darle las gracias por su compromiso llevado a cabo con claridad, sabiduría y solicitud paternal hacia todos nosotros.
No hace mucho que he descubierto vuestra página web y la columna que Usted lleva, pero puedo decir que ya he encontrado muchos beneficios en ella, tanto en el progreso espiritual como en el cultural. ¡Gracias!
Aquí mi pregunta, intento resumirla para que quede comprensible.
El domingo 22 de septiembre, en su comentario del Evangelio Jn 6, 51-59(sigo el rito Ambrosiano)el sacerdote celebrante hizo referencia en más ocasiones a la «memoria» de la cena Pascual de Jesús con Sus Discípulos, al “memorial que celebramos y que nos une» y otras correctas expresiones parecidas, sin mencionar en ningún momento el Cuerpo y la Sangre eucarísticos. Lo mismo había pasado ya con otros sacerdotes en la homilía del Corpus Domini.
Soy un converso desde el 1 de enero del 2000 y desde aquel día creo firmemente en la transformación milagrosa del pan y el vino en el Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. A menudo me pregunto – y más en estos tiempos convulsos – por qué en las profesiones de fe la Iglesia no haya añadido nunca el «misterio eucarístico».
Para considerarnos Cristianos tenemos que creer necesariamente y firmemente en la conversión del pan y del vino en la Carne y Sangre de Jesucristo.

[en los sacramentos de la Iglesia]

«la Eucaristía ocupa un lugar único, en cuanto «sacramento de los sacramentos»: «todos los otros sacramentos están ordenados a éste como a su fin » (CIC 1211).
“En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía están contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero.Esta presencia se denomina real, no a título exclusivo, como si las otras presencias no fuesen reales, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente” (CIC 1374).
¿Por qué nunca se sintió la necesidad de regular una petición de un acto de fe tan importante y constitutivo (el supremo legado de Cristo) o una profesión de fe explícita de la consagración al final de la cual el sacerdote exclama: «misterio de la fe»?
Por último, para exagerar y simplificar la cuestión: podría recitar el Credo pero no creer en la transustanciación. Es como si en nuestra profesión de fe me faltara decir: ¡Creo en la Eucaristía!
Le agradezco de antemano el tiempo que querrá dedicarme asegurando mi oración diaria para que el Señor le conceda Su bendición cada día.


Respuesta del sacerdote

Querido Angelo
1. la Iglesia en su liturgia, se sirve habitualmente de dos símbolos de la fe, es decir, de dos formas del Credo.
El término clásico es “símbolo” que deriva del griego sün-ballo y significa literalmente “unir”.
Los dos símbolos se llaman respectivamente Símbolo apostólico, porque es de origen apostólico y símbolo niceno-constantinopolitano que se funda en los contenidos de la fe promulgados en el Concilio de Nicea I (325) y ampliado en el Concilio de Constantinopla (381).
Este segundo símbolo es una ampliación del primero sobre todo por lo que se refiere a la divinidad de Cristo, negada por Ario.

2. En los dos se afirma “Creo en la Santa Iglesia Católica”, o su equivalente: “Creo en la Iglesia, una santa, católica, y apostólica”.
Cuando decimos apostólica nos referimos a que Jesús estableció su Iglesia sobre el fundamento de los Apóstoles y les dio la tarea de enseñar.

3. El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que “Desde su origen, la Iglesia apostólica expresó y transmitió su propia fe en fórmulas breves y normativas para todos.
Pero muy pronto, la Iglesia quiso también recoger lo esencial de su fe en resúmenes orgánicos y articulados destinados sobre todo a los candidatos al bautismo:
Esta síntesis de la fe no ha sido hecha según las opiniones humanas, sino que de toda la Escritura ha sido recogido lo que hay en ella de más importante, para dar en su integridad la única enseñanza de la fe.
Y como el grano de mostaza contiene en un grano muy pequeño gran número de ramas, de igual modo este resumen de la fe encierra en pocas palabras todo el conocimiento de la verdadera piedad contenida en el Antiguo y el Nuevo Testamento” (CIC 186).

4. Y también: “A lo largo de los siglos, en respuesta a las necesidades de diferentes épocas, han sido numerosas las profesiones o símbolos de la fe: los símbolos de las diferentes Iglesias apostólicas y antiguas, el Símbolo «Quicumque», llamado de san Atanasio, las profesiones de fe de varios Concilios o de algunos Papas, como la «fides Damasi» o el «Credo del Pueblo de Dios» de Pablo VI (1968) CIC n.192).

5. También hay que recordar que cuando se compusieron estos símbolos no había ninguna divergencia sustancial sobre la doctrina eucarística. Esto era un hecho establecido y compartido, por eso no había necesidad de repetirlo.
A esta doctrina se refiere en todo caso nuestra fe en la Iglesia que profesamos apostólica. Como tal, tiene el poder de enseñar con autoridad según el mandato de Cristo.
Cuando decimos Creo en la Iglesia una, santa, católica y apostólica incluimos todo lo que ella enseña, también la doctrina en materia eucarística.
Por lo tanto no se puede ser cristiano sin creer en lo que Jesús mandó hacer en la Última Cena.

6. Una referencia mu clara al Misterio eucarístico se encuentra en cambio en el Credo del Pueblo de Dios de Pablo VI.
Aquí la parte que se refiere a la Eucaristía:
“ Nosotros creemos que la misa que es celebrada por el sacerdote representando la persona de Cristo, en virtud de la potestad recibida por el sacramento del orden, y que es ofrecida por él en nombre de Cristo y de los miembros de su Cuerpo místico, es realmente el sacrificio del Calvario, que se hace sacramentalmente presente en nuestros altares.
Nosotros creemos que, como el pan y el vino consagrados por el Señor en la última Cena se convirtieron en su cuerpo y su sangre, que en seguida iban a ser ofrecidos por nosotros en la cruz, así también el pan y el vino consagrados por el sacerdote se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo, sentado gloriosamente en los cielos; y creemos que la presencia misteriosa del Señor bajo la apariencia de aquellas cosas, que continúan apareciendo a nuestros sentidos de la misma manera que antes, es verdadera, real y sustancial (Cf. Dz.-Sch. 1651).
En este sacramento, Cristo no puede hacerse presente de otra manera que por la conversión de toda la sustancia del pan en su cuerpo y la conversión de toda la sustancia del vino en su sangre, permaneciendo solamente íntegras las propiedades del pan y del vino, que percibimos con nuestros sentidos. La cual conversión misteriosa es llamada por la Santa Iglesia conveniente y propiamente transustanciación. Cualquier interpretación de teólogos que busca alguna inteligencia de este misterio, para que concuerde con la fe católica, debe poner a salvo que, en la misma naturaleza de las cosas, independientemente de nuestro espíritu, el pan y el vino, realizada la consagración, han dejado de existir, de modo que, el adorable cuerpo y sangre de Cristo, después de ella, están verdaderamente presentes delante de nosotros bajo las especies sacramentales del pan y del vino (Cf. Ibíd.: Denz-Schön. 1642, 1651-1654; Pablo Vl, Enc. Mysterium Fidei), como el mismo Señor quiso, para dársenos en alimento y unirnos en la unidad de su Cuerpo místico (Cf. S. Th. III, 73, a.3).
La única e indivisible existencia de Cristo, el Señor glorioso en los cielos, no se multiplica, pero por el sacramento se hace presente en los varios lugares del orbe de la tierra, donde se realiza el sacrificio eucarístico. La misma existencia, después de celebrado el sacrificio, permanece presente en el Santísimo Sacramento, el cual, en el tabernáculo del altar, es como el corazón vivo de nuestros templos. Por lo cual estamos obligados, por obligación ciertamente suavísima, a honrar y adorar en la Hostia Santa que nuestros ojos ven, al mismo Verbo encarnado que ellos no pueden ver, y que, sin embargo, se ha hecho presente delante de nosotros sin haber dejado los cielos. (30 junio de 1968).

Este Credo del Pueblo de Dios de Pablo VI es normativa para toda la Iglesia.
Te deseo lo mejor, te recuerdo en mis oraciones y te bendigo.
Padre Angelo