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Pregunta

Querido Padre Angelo,

¿es cierto que Jesús nunca ríe en las escrituras y si es así cómo lo justifica la Iglesia?

Gracias, Andrea.


Respuesta del sacerdote

Querida Andrea,

1. lo que observas es cierto: el Evangelio no registra que Jesús se riera.

Pero tampoco lo niega.

2. Creo, sin embargo, que Jesús se ha manifestado siempre con un rostro a la vez majestuoso y dulce, tal como se presentó a Santa Catalina de Siena cuando se le apareció sobre la iglesia de San Doménico de Siena.

Esto es lo que dice el beato Raimundo de Capua, su director espiritual y primer biógrafo: «Mirándola fijamente con sus ojos llenos de majestad, y sonriéndole dulcemente, levantó su mano derecha por encima de ella y haciendo la señal de la cruz como hacen los prelados, le dio el don de su bendición eterna» (Santa Catalina de Siena, n. 29).

Si los niños se encontraban encantados en los brazos de Jesús era porque estaban contentos. Estoy convencido de que el Señor se manifestó a ellos como se manifestó a Santa Catalina: con su mirada majestuosa y su dulzura sonriente.

3. Esto es lo que dice el Evangelio de Marcos: “Llevaron unos niños a Jesús, para que los tocara; pero los discípulos reprendían a quienes los llevaban. Jesús, viendo esto, se indignó y les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis, porque el reino de Dios es de quienes son como ellos. Os aseguro que el que no acepta el reino de Dios como un niño, no entrará en él.» Tomó en sus brazos a los niños y los bendijo poniendo las manos sobre ellos”. (Mc 10,13-16).

4. Pero quizás haya una razón por la que el Evangelio no menciona a Jesús riendo.

En Jesús estaba siempre presente el objetivo para El que había venido: la redención por la cruz. Tenía ante sí siempre y en todo momento los pecados de todos los hombres. Los tenía ante Él no de manera general, sino que los veía específicamente uno por uno en cada persona. Y vio cuánto mal traen los pecados a quienes los cometan y por lo que se quedan esclavizados.

5. Por supuesto, no sólo había esto en el alma de Jesús. Sin embargo, había algo más (la visión beatífica). Pero también había esto.

 6. A este respecto, quisiera citar un escrito inédito, publicado póstumamente, de Pablo VI: «El sufrimiento se mide por la sensibilidad. La sensibilidad más grave es la del espíritu. Es cierto que Jesús dijo de sí mismo: “Spiritus quidem promptus est, caro autem infirma” (“Tenéis buena voluntad, pero vuestro cuerpo es débil”, Mt 26,41). Pero esto no excluye que el espíritu no fuera sensible en Él, aunque fuerte y estuviera sostenido por la voluntad heroica de cumplir la voluntad del Padre, en Cuyos misteriosos planes estaba decretada la Pasión.

Jesús tenía lo que nadie tiene, o sea el conocimiento previo de sus penas; no sólo una predicción hipotética, sino un conocimiento exacto, incluso descriptivo.

¿Cuántas veces Jesús, dejando casi desbordar la plenitud de su sufrimiento espiritual, confió a sus discípulos el destino humillante y atroz que le esperaba?

El anticipó (cfr. el “cáliz” de Jesús: Mt 20, 22,23; Jn 18, 11; Mt 26,39) a lo largo de su vida, el doloroso epílogo que la terminaría en su ámbito temporal.

Vivió cada día en la opresiva antifacción del destino que le estaba destinado. No lo evitó, no se escapó de eso.

En el alma de Cristo era simultánea la dicha inefable de su conciencia divina, la tristeza sin límites de su inminente Pasión: un velo de gravedad profética se extiende sobre su rostro humano, en el que nunca apareció la risa.

Y no sólo Jesús era consciente de sus sufrimientos, sino también del mal; del pecado del que era víctima (cf. Jn 1,29; 19,11), de la traición tramada contra El (Mt 26,21 ss.), el abandono de sus seguidores (Mt 26,31), la negación de Pedro (Ib. 34), etc.

Tenía continuamente conciencia de «su hora» (Jn. 2,4; Mt. 26,45; Jn. 16,32; Jn. 12,27…) y de la «hora» de sus enemigos (Lc. 22,53); presagiaba la inminencia de la Pasión, hasta el punto de sudar sangre (Lc. 22,43); tenía una visión del pasado, que se consumía en Él

(Lc.22,15) y del nuevo Testamento, que fue inaugurado por Él (ib. 20). 20); las «Escrituras [estaban] siempre abiertas ante su memoria (cf. Jn 19,36; Mt 26,54; Lc 24,32.35). El sufrimiento espiritual de Jesús invade toda su vida y confiere a su figura moral una grandeza, una fortaleza, una profundidad, en la que nos aterroriza y consuela encontrarnos de nuevo: “tradidit semetipsum pro me “(“se entregó por mí “, Gal 2,20)» (Pablo VI, Meditaciones inéditas, Studium, Roma 1993, pp. 44-45).

Como ves, tu pregunta lleva a penetrar en el alma de Jesús y deja traslucir cosas que han llamado la atención de las almas más unidas al Señor. La reflexión de Pablo VI no es un dogma de fe, pero es sin duda muy hermosa y penetrante.

Te deseo todo el bien, te recuerdo al Señor y te bendigo.

Padre Angelo


Traducido por SusannaF