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Pregunta

Querido P. Angelo,

una vez más necesito su aclaración.

Me gustaría entender mejor y de forma sencilla como es que en el alma humana existe simultáneamente la tendencia al bien (sindéresis), de la que me parece hable Santo Tomás de Aquino y la concupiscencia, de la que me parece trate San Agustín (espero no haberme confundido). Debo confesar que he tratado de entender más pero aún no tengo las ideas claras.

Gracias por su benévola respuesta y siempre pidiendo oraciones 

le saludo cordialmente.

Giancarlo


Respuesta del sacerdote 

Querido Giancarlo,
1. El pensamiento de Santo Tomás, aunque expuesto de forma diferente al de San Agustín, no es, sin embargo, distinto. Ambos reconocen que las inclinaciones de la naturaleza son buenas, porque vienen de Dios.

Los dos reconocen que con el pecado original están minadas por el desorden, por el pecado.

2. Empiezo por San Agustín, que tuvo que luchar contra los pelagianos, los cuales 

afirmaban que el hombre, por su propio esfuerzo, puede llegar a ser perfecto y virtuoso.

San Agustín, en cambio, resalta que el hombre después del pecado original está inclinado al mal (aquí está la concupiscencia) y que por su sola fuerza no puede ser de ninguna manera virtuoso y menos aún santo.

Sin embargo, San Agustín también está convencido de que el hombre, por naturaleza, se inclina por el bien y esto lo acentúa luchando contra los maniqueos, que decían que había dos principios creadores del mundo, el bien y el mal. El bien sería el autor de las realidades espirituales y el mal el autor de las cosas materiales. En consecuencia, sería malo todo lo que es material o se inclina hacia ello.

3. A continuación añado una página de las Confesiones en la que San Agustín reconoce la bondad de las inclinaciones naturales, como las que conducen a la adquisición de los bienes necesarios para nuestra vida, que con el pecado se ven minadas por el desorden, por la concupiscencia.

«El día tiene otro mal, y quiera el cielo que esto sea suficiente para él. Restauramos el daño que cada día inflige al cuerpo, con la comida y la bebida, hasta que destruyas la comida y el vientre, extinguiendo mi necesidad con una saciedad maravillosa y vistiendo este cuerpo corruptible con una incorruptibilidad eterna. Ahora esta necesidad es dulce para mí y lucho contra su dulzura para no caer esclavo de ella, lucho una guerra diaria a través de ayunos, generalmente reduciendo mi cuerpo a la esclavitud, y expulso mis dolores con el placer. En efecto, el hambre y la sed son también una especie de dolor, arden y matan como la fiebre, si no interviene el remedio del alimento; y puesto que el remedio está al alcance de la mano mediante el consuelo de tus dones, en el que la tierra, el agua y el cielo trabajan por nuestra debilidad, esta desgracia se llama delicia.

Me enseñaste a aproximarme a la comida y a tomarla como una medicina. Sin embargo, al pasar de la molestia de la necesidad a la satisfacción de la saciedad, es precisamente en el paso donde me espera la trampa de la concupiscencia. El paso en sí es un placer, y no hay otra forma para pasar por donde la necesidad nos obliga a pasar. Aunque coma y beba por mi salud, se le añade una peligrosa satisfacción como una sombra, que la mayoría de las veces trata de precederla, para obligarme a hacer por ella lo que digo y quiero hacer por la salud. La medida no es la misma en los dos casos: lo que es suficiente para la salud es poco para el placer, y a menudo no distinguimos si se trata de los cuidados indispensables del cuerpo, que todavía pide alivio, o de la satisfacción engañosa de apetito, que, por debajo, requiere un servicio. Nuestra pobre alma se regocija en la incertidumbre, y prepara en ella la defensa de una excusa, contenta de que no se manifieste lo suficiente para una vida normalmente sana. Así, bajo el velo de la salud se ocultan los tráficos del placer. A estas tentaciones me esfuerzo diariamente por resistir, invocando la ayuda de tu mano, y te informo de mis perturbaciones, pues mi juicio sobre este punto no es todavía cierto” (Confesiones, X, 31, 43-44).

4. Del mismo modo, Santo Tomás observa que las inclinaciones que provienen de la naturaleza provienen de Dios y, por lo tanto, son buenas.

Estas son sus palabras exactas:

«El ordenamiento de la divina providencia puede considerarse… en la medida en que depende de la causa que gobierna todas las cosas….

En este sentido, nada puede oponerse al ordenamiento del gobierno divino. Y esto se desprende de dos hechos.

En primer lugar, del hecho que el orden divino apunta al bien en todos los aspectos, y todo propende a nada más que al bien por su actividad y sus esfuerzos: ya que, como dice Dionisio, «nadie trabaja apuntando al mal».

En segundo lugar, resulta igualmente del hecho que toda tendencia natural o voluntaria de un ser no es más que una especie de impulso causado por el primer motor: como la tendencia de la flecha hacia el objetivo no es más que un impulso causado por el arquero. (…)Por eso se afirma que Dios «dispone todas las cosas con dulzura” (Suma teológica, I, 103, 8).

5. Sin embargo, a causa del pecado, estas inclinaciones se ven minadas por el mal, por el desorden. Eso es su pensamiento:

«En virtud de la justicia original, la razón controlaba perfectamente las potencias inferiores del alma y era a su vez perfeccionada por Dios, a quien estaba sometida.

Esta justicia original se perdió a causa del pecado del primer hombre.”

De este modo, todas las potencias del alma se vieron privadas, en cierto grado, del orden según el cual se inclinaban naturalmente a la virtud. Esta privación recibe el nombre de vulneratio naturae (herida de la naturaleza).
Ahora bien, hay cuatro potencias del alma que pueden ser objeto de virtud: la razón, la voluntad, el apetito irascible y el concupiscible.

Se perfeccionan respectivamente con la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.

La razón, privada de su orden a la verdad, está herida por la ignorancia (vulnus ignorantiae).

La voluntad, privada de su orden al bien, está herida por la malicia (vulnus malitiae).

El apetito irascible, privado de su orden a lo arduo y difícil, está herido por la debilidad (vulnus infirmitatis).

El apetito concupiscible, privado de su orden con respecto a lo que es conforme a la razón, está herido por la concupiscencia (vulnus concupiscentiae)” (Suma teológica, I-lI, 85, 3).

6. Se trata básicamente de la antropología no sólo de San Agustín y Santo Tomás, sino de la antropología católica.

Te deseo lo mejor, te recuerdo al Señor y te bendigo.

Padre Angelo


Traducido por SusannaF