Pregunta

Buenas noches padre Angelo,
sigo siempre su columna con pasión y le agradezco sus esclarecedoras respuestas que manifiestan el amor de Dios.
Quería preguntarle, ¿por qué antes del pecado original, teniendo Adán y Eva aún una naturaleza incorrupta y viviendo en un estado de gracia, tenían el don preternatural de ser libre de la concupiscencia?
Siendo su naturaleza aún no dañada por el pecado, ¿no estaba ya naturalmente libre de concupiscencia? ¿Por qué otro don preternatural, puesto que si no hubieran cometido pecado, la concupiscencia no los hubiera herido?
Le agradezco de antemano la respuesta y ruego que el Señor y la Virgen bendigan siempre su trabajo.
Le pido una oración.
Pietro


Respuesta del sacerdote

Querido Pietro,
1. la concupiscencia es la atracción hacia lo que gusta.
Así nos enseña Santo Tomás de Aquino, de acuerdo con el filosofo pagano Aristoteles (cf. Suma Teológica, I-II, 30, 1)

2. Antes del pecado original todo estaba bien armonizado en el hombre.
Los sentidos eran perfectamente subordinados a la razón y la razón a Dios.
Despuès del pecado original este equilibrio se rompiò.
Rebelándose a Dios, el hombre experimenta también la rebelión de los apetitos.
De ahí que los sentidos empezaron a querer ser satisfechos por sí mismos, y la voluntad del hombre a rebelarse contra la razón, por la que debería ser dirigida.

3. La doctrina de la Iglesia cuando habla de libertad de la concupiscencia antes del pecado original no quiere decir que el hombre no sintiera anhelo hacia lo que era agradable.
Ni que estuviera libre del desorden causado por el pecado original.
Se refiere a que el hombre gozaba de una cierta integridad y perfección de su naturaleza por la que la atracción hacía lo agradable no se habría producido por esa convulsión de los sentidos que vemos ahora cuando los sentidos naturalmente se encienden.
San Agustín dice que, antes del pecado, los sentidos estaban perfectamente sujetos a la razón y se dirigían serenamente a su objetivo sin ejercer ningún ensañamiento;(cf. De Civitate Dei XIV, 26).

4. El fundamento bíblico de esta libertad se encuentra en el hecho de que nuestros progenitores antes del pecado original estaban desnudos y no sentían vergüenza (Gn 2,25).
Todo estaba perfectamente ordenado en el hombre.

5. Santo Tomás dice que antes del pecado no se daba la deformidad que vemos ahora cuando se encienden los sentidos porque “las facultades inferiores estaban sometidas completamente a las superiores” (Suma teológica, I, 98, 2) y que “En el estado de inocencia la continencia no habría sido elogiada, pero ahora la continencia es elogiada, no porque excluya la fecundidad, sino porque elimina la lujuria desordenada. Entonces hubiera habido la fecundidad sin libido” (Ib., ad 3).

6. La tendencia a la prevaricación se dio después del pecado original y permanece incluso en los que reciben el Bautismo.
En este sentido el Concilio de Trento “profesa y considera que la concupiscencia o pasión se mantiene en los que están bautizados; se mantiene para ejercitarlos en la lucha moral, pero no perjudica a los que se resisten y se oponen a ella con determinación por la gracia de Jesucristo.
Al revés, «el que lucha como atleta, no es coronado si no lucha legítimamente.» (2 Tim 2,5).
El santo sínodo declara que la iglesia católica nunca ha entendido esta concupiscencia, que a veces el Apóstol San Pablo llama «pecado» (cf. Rm 6,12-15; 7,7.14-20), cómo pecado en sí mismo en los bautizados, sino porque surgió del pecado e inclina a cometer pecado.
Y si alguno sintiere lo contrario, sea anatema. (DS 1515)

7. Es por esta razón por lo tanto que entre los dones preternaturales hay también la libertad de la concupiscencia, es decir libertad de esa realidad a la que he llamado convulsión, que de por sí es natural en los sentidos cuando consiguen su objetivo.

Te agradezco la oración, que es muy bienvenida y a la que correspondo.
Te deseo lo mejor y te bendigo.
Padre Angelo

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