Pregunta

Buenos días,

Soy Alessio. Escribo porque creo que este tema puede ser de interés para otros, aunque creo que es muy diferente a lo que sueles recibir. El tema puede ser el del valor epistemológico de las estadísticas en relación con los argumentos teológicos.

1) La eficacia de la oración.

Pongamos un ejemplo. Las estadísticas médicas nos dicen que la tasa de supervivencia tras una operación de trasplante de pulmón es del 90%, y a los 5 años del 50%. Tengo 100 pacientes de trasplante de pulmón. No puedo decir que 10 de ellos en concreto, por las razones más dispares estén “destinados” a morir (por no seguir las terapias, por caerse por las escaleras, por rechazo, por infección), sin embargo, tengo razones para creer, por la estabilidad de los datos a lo largo de los años, que 10 de ellos no verán la próxima Navidad. Esto es válido, con las mismas condiciones tecnológicas y sanitarias, en todos los países, independientemente de la religión y de cualquier otra cosa.

Ahora nos preguntamos si nuestra oración puede ayudar a sobrevivir a nuestro familiar que ha recibido un trasplante de pulmón. La oración no cambia la voluntad de Dios, pero la lleva a cabo, y si es la voluntad de Dios que uno sea sanado a través de la oración de intercesión, será sanado. El propio Catecismo, si no recuerdo mal, dice que la unción de los enfermos puede, si es este un bien, llevar a la curación. Parece que la oración, entonces, es un medio de curación “extra”  más que el tratamiento puramente médico. Si una persona que no tiene fe puede sanar, si sana, se sana sólo en virtud de la eficacia terapéutica de la medicina, quien en cambio tiene fe, puede sanarse no sólo por esta razón, sino también por la voluntad de Dios, aunque no pueda acceder al tratamiento médico.

Pero si realmente fuera así, el efecto de la oración sería medible, y tendríamos una prueba irrefutable de la existencia de Dios, e incluso de un Dios específico de una religión concreta: deberíamos ver, de hecho, que los pacientes que practican una determinada religión son sistemáticamente más sanos y con mayor esperanza de vida que todos los demás. Pues bien, se han hecho pruebas de este tipo (tentación de Dios, pero da igual). El proyecto STEP de 2006, el mayor estudio realizado hasta la fecha sobre este tema supervisó el estado de 1.800 pacientes operados del corazón, la mitad de los cuales recibieron oraciones de sus familiares para su curación y la otra mitad no. El resultado fue que los pacientes por los que se rezaba no sólo no tenían una tasa de supervivencia mayor que los demás, sino incluso menor (parece que saber que los familiares rezaban por ellos generaba expectativas y, por tanto, un pequeño, muy pequeño estrés que, sin embargo, dejaba huella). En general, la comunidad médica acepta que no hay pruebas estadísticas de la eficacia de la oración y que ya no es útil utilizar el dinero público para buscarla.

Sin embargo, me parece que hay un malentendido subyacente. Uno se imagina, de hecho, que la oración es particular, es decir, que al pedir “haz que el abuelo se cure” uno está queriendo decir “haz que el abuelo se cure, y no su compañero de habitación, porque estoy rezando sólo por el abuelo y no por los demás”. Es cierto que, de hecho, muchos rezan así. Pero nosotros en la oración sólo podemos pedir realmente la voluntad de Dios, y por tanto el bien absoluto. Puedo pedir cosas concretas, vocaciones, curaciones, etc., pero lo que racionalmente no puedo dejar de pedir es el bien absoluto, que es el referente universal de toda oración, aunque formalmente sea diferente a las demás. O eso me parece a mí.

Obviamente, si ese es el caso, no deberíamos esperar que los miembros de una determinada religión sean sistemáticamente más sanos que otros (en igualdad de condiciones y en ausencia de elementos nocivos como el tabaco, el alcohol, etc.). Sólo por tener Lourdes no debemos esperar tener más curaciones que los demás, es decir, todos los que curan normalmente más los de Lourdes. Hay que decir que incluso en el mundo islámico hay mezquitas que tienen archivos con cientos de casos documentados de curaciones inexplicables que han ocurrido allí. Un discurso similar puede hacerse sobre los presuntos casos de posesión demoníaca y, por tanto, sobre los exorcismos, que deberíamos esperar encontrar de forma asimétrica entre las distintas culturas, cuando en cambio las distintas religiones tienen sus rituales y todos los encuentran efectivos. Creo que podemos esperar legítimamente, de hecho, que, aunque una persona no pueda rezar efectivamente por el bien (porque no conoce a Dios, porque está en coma, etc.), todavía hay otros que rezan por los que no pueden, por las razones expuestas. Si me equivoco, me corregirán. Pero ¿qué piensa usted, padre, sobre este tema?

En concreto, añadiría, para un médico, si ya sabe que el 10% de sus pacientes no llegarán a final de año, ¿qué sentido tiene rezar por su salud? Si reza con más fuerza que nunca, y luego ve que 10 han muerto de todos modos, puede salir decepcionado, sacudido.

2) Los libros de cuentas del diablo. El asunto aquí es más sencillo, y decididamente menos “intelectual”. Las estadísticas nos dicen que, a lo largo de un año, se producen 350/400 homicidios en Italia. Aunque la cifra siempre ha ido disminuyendo, es impensable que mañana llegue a cero, porque yo diría que es fisiológico que, entre 60 millones de personas, haya un par de desviados que decidan coger un cuchillo y matar a alguien. Pero ¿hasta qué punto es legítimo decir que alguien está “destinado” a matar a otra persona?

Del mismo modo, supongamos que, a partir de una investigación sociológica, resulta que un cierto porcentaje, estable en los últimos 30 años, muere en pecado mortal, o incluso muere blasfemando y escupiendo sobre los sacramentos. ¿Debemos decir, entonces, que un determinado porcentaje de la población de este año está “destinado” a ir al infierno? Podríamos decir que no, pero podemos estar casi seguros de que el porcentaje de los que morirán de esta manera no será 0, que alguien habrá, también porque somos 7 mil millones de personas. ¿Hasta qué punto están “destinados”, entonces, dado que deben estar aquí y allí?

Gracias y saludos.


Respuesta del sacerdote

Querido,

1. Ante este examen estadístico de la eficacia de la oración digo que no tengo nada que oponer a los datos que has presentado. Sin embargo, la eficacia de la oración no depende de las curaciones obtenidas.

2. Para emitir un juicio objetivo sobre lo que ha denunciado hay que tener en cuenta dos cosas. La primera: la oración, como bien has señalado, no tiene como finalidad cambiar la voluntad de Dios hacia nosotros, sino ponerla en práctica.

No es de extrañar que la voluntad de Dios hacia algunas personas sea la de evitarles más maldades y hacerlos pasar a mejor vida. La oración también puede producir este efecto. El criterio que hay que tener en cuenta no es simplemente la vida presente, que tarde o temprano hay que abandonar, sino la vida eterna, para la que hemos sido creados.

3. Después de todo, nuestro Señor nos enseñó a rezar diciendo: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Por eso, aunque generalmente pedimos una prolongación de nuestra vida actual, a veces Dios nos hace un bien al no concedérnosla. San Agustín nos recuerda que “quien con fe reza por las necesidades de la vida presente, con igual misericordia puede ser oído y no escuchado. Porque el médico sabe mejor que el enfermo lo que es bueno para éste” (In libro Senten. Prosperi).

4. Me gusta recordar a este respecto lo que Santa Catalina de Siena decía a sus hijos espirituales que lloraban su muerte a tan temprana edad (tenía 33 años): “Mis queridos hijos, no os entristezcáis si muero, sino que debéis alegraros conmigo y conmigo alegraros porque dejo un lugar de sufrimiento para ir a descansar en un océano de paz, en el Dios eterno”.

5. La segunda cosa que intento señalar es lo siguiente: la oración, aunque no libra de los males físicos, tiene el poder de librar de muchos males espirituales que acontecen a los enfermos. Sabemos que el sacramento de la unción de los enfermos, aunque se ordena a la curación física, al mismo tiempo trae alivio. La oración hecha por el presbítero no detiene necesariamente el proceso de enfermedad y muerte. Sin embargo, siempre trae consigo una curación interior que quita a la enfermedad y a la muerte su veneno y las convierte en una oportunidad para acercarse a Dios.

6. La oración, y más aún el sacramento de la Unción de los Enfermos, lleva al enfermo el consuelo que Jesús experimentó en el Huerto de los Olivos cuando fue visitado por un ángel (Lc 22,43). Por la gracia del Espíritu Santo el enfermo “se siente fortalecido por la confianza en Dios y recibe nuevas fuerzas contra las tentaciones del maligno y la angustia de la muerte” (Constitución Apostólica “Sacram Unctionem infirmorum” de Pablo VI, 30.X.1972).

7. Además, la oración nos ayuda a entrar en la lógica de Dios y a comprender que la enfermedad forma parte de la purificación pasiva que Dios permite para que sus hijos den más fruto: ” El corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía” (Jn 15,2). Por último, ayuda a los creyentes a abandonarse a la voluntad de Dios y a elegir como bien lo que le agrada, sabiendo que él sabe mejor que nosotros lo que es bueno para nuestro verdadero bien.

8. Como puede ver, las estadísticas son inadecuadas para medir los efectos que le he expuesto. Para los creyentes estos efectos son los más importantes.

9. Igualmente, no tiene sentido hacer estadísticas sobre cuántos van al infierno. El Señor dijo que hay muchos que siguen el camino ancho de la perdición: ” Entren por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que van por allí” (Mt 7,13). Cuando Santa Teresa de Ávila vio el infierno y el lugar que los demonios le habían preparado (ella misma lo dice) se aterrorizó (cf. (Vida, XXXII, 4). La conclusión es que debemos tomarnos en serio el compromiso de vivir nuestra vida cristiana con coherencia. El “temor saludable” es también un don de Dios, que estimula la conversión.

Te agradezco que me haya estimulado a hacer estas consideraciones.

Te deseo todo el bien, te encomiendo al Señor y te bendigo.

Padre Ángelo

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