Reverendísimo padre Angelo,
Me gustaría conocer su sabio parecer, desde el punto de vista de la moral cristiana, sobre la siguiente cuestión. Somos un matrimonio de edad avanzada, cristianos y con un camino de fe, y, debido a que nos acercamos a los 77 años, nuestra relación íntima ha sufrido un cambio por motivos relacionados con la propia edad. Esta consiste exclusivamente en masturbación y caricias orales en las partes íntimas, lo que nos causa, a su vez, escrúpulos a la hora de recibir la Eucaristía.
A la espera de su apreciada respuesta, le agradezco su atención y le deseo todo lo mejor de parte del Señor.
Unidos en Cristo
Respuesta del sacerdote
Queridisimo,
1.No son las varias situaciones de la vida que determinan lo que es el bien y lo que es el mal. Es la ley moral la que lo indica.
2.El Santo Padre Juan Pablo II en la encíclica Veritas splendor afirmó: “El elemento primario y decisivo para el juicio moral es el objeto del acto humano, el cual decide sobre su «ordenabilidad» al bien y al fin último que es Dios. Tal «ordenabilidad» es aprehendida por la razón en el mismo ser del hombre, considerado en su verdad integral, y, por tanto, en sus inclinaciones naturales, en sus dinamismos y sus finalidades, que también tienen siempre una dimensión espiritual: éstos son exactamente los contenidos de la ley natural y, por consiguiente, el conjunto ordenado de los bienes para la persona que se ponen al servicio del bien de la persona , del bien que es ella misma y su perfección. Estos son los bienes tutelados por los mandamientos, los cuales, según Santo Tomás, contienen toda la ley natural.” (VS 79).
3.Juan Pablo II sigue diciendo: “Ahora bien, la razón testimonia que existen objetos del acto humano que se configuran como no-ordenables a Dios, porque contradicen radicalmente el bien de la persona, creada a su imagen. Son los actos que, en la tradición moral de la Iglesia, han sido denominados intrínsecamente malos («intrinsece malum»): lo son siempre y por sí mismos, es decir, por su objeto, independientemente de las ulteriores intenciones de quien actúa, y de las circunstancias. Por esto, sin negar en absoluto el influjo que sobre la moralidad tienen las circunstancias y, sobre todo, las intenciones, la Iglesia enseña que «existen actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto.” (VS 80).
4.Juan Pablo II continúa así: “Si los actos son intrínsecamente malos, una intención buena o determinadas circunstancias particulares pueden atenuar su malicia, pero no pueden suprimirla: son actos irremediablemente malos, por sí y en sí mismos no son ordenables a Dios y al bien de la persona: «En cuanto a los actos que son por sí mismos pecados (cum iam opera ipsa peccata sunt) —dice san Agustín—, como el robo, la fornicación, la blasfemia u otros actos semejantes, ¿quién osará afirmar que cumpliéndolos por motivos buenos (bonis causis), ya no serían pecados o —conclusión más absurda aún— que serían pecados justificados?».Por esto, las circunstancias o las intenciones nunca podrán transformar un acto intrínsecamente deshonesto por su objeto en un acto subjetivamente honesto o justificable como elección.
5.Por lo tanto lo que es intrínsecamente malo, es malo siempre y en cualquier caso.
Por otra parte, nunca se podrá decir que lo que es ilícito entre jóvenes, novios o esposos pueda llegar a ser lícito para las personas de edad avanzada.
Por el contrario, si esto fuera lícito para vosotros, ¿por qué no podría serlo también para las personas casadas, para los novios, para los jóvenes?.
6. Nosotros los cristianos tenemos un criterio superior que es el de la santificación mutua.
Respecto a esto, el Espíritu Santo dice por boca de San Pablo “La voluntad de Dios es que sean santificados; que se aparten de la inmoralidad sexual; que cada uno aprenda a controlar su propio cuerpo de una manera santa y honrosa, sin dejarse llevar por los malos deseos como hacen los paganos, que no conocen a Dios. Y que nadie perjudique a su hermano ni se aproveche de él en este asunto. El Señor castiga todo esto, como ya hemos dicho y advertido. Dios no nos llamó a la impureza, sino a la santidad.” (1 Ts 4,3-7).
7. Ni hay que olvidar que la santidad pasa también por la virtud de la castidad.
De nuevo, el Espíritu Santo por boca del autor de la carta a los Hebreos dice: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados” (Eb 12,14-15).
Hay que subrayar que la santificación de la que se habla se expresa en latín con el término “Sanctimonia” y en griego aghiosmon, que indica la santidad en general y la castidad y pureza de corazón en particular.
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