Querido Padre Angelo:
Antes que nada, quisiera agradecerle la dirección espiritual que ofrece a tantas ovejas perdidas como yo.
Sin embargo, también quisiera compartir con usted las características de la Cruz que estoy llevando. Tengo 44 años, soy un hombre con tendencias homosexuales y recientemente, tras la muerte de mi madre, busqué al Señor y me acerqué a la fe.
Soy consciente de que la homosexualidad es un trastorno sexual, y por eso he decidido vivir mi homosexualidad absteniéndome de los deseos carnales, eligiendo el camino de la santidad, asistiendo a Misa todos los días y confesándome semanalmente.
Sé que la sanación es posible para algunos, pero, tras una cuidadosa reflexión, creo que el camino de la abstinencia con el apoyo del Señor es más honesto. ¿Cree que así podré ganarme un lugar en el Reino de los Cielos y contemplar la luz de nuestro Señor? Le agradezco el tiempo que se ha tomado para leer esta carta y su respuesta. Que el Santo Padre le proteja siempre y le conceda salud.
Su hijo
Respuesta del Sacerdote
Querido:
1. Hay situaciones de homosexualidad que son irreversibles.
La Iglesia reconoce objetivamente esta situación cuando habla de una inclinación profundamente arraigada.
2. Al hablar de homosexualidad, es necesario distinguir dos niveles.
La Iglesia habla de ella desde una perspectiva teológica, es decir, dentro del horizonte de la santidad. Santo Tomás diría: dentro del horizonte de la salvación humana (ad humanam salutem), de la salvación eterna.
En el ámbito secular, se habla de ella como una expresión libre y natural dentro de la sociedad.
3. No distinguir entre ambos niveles conduce a confusión.
No le corresponde a la Iglesia legislar sobre cuestiones sexuales en la sociedad, porque el propósito de la sociedad no es el mismo que el propósito que propone la Iglesia.
El fin de la Iglesia es la salus aeterna animarum.
El fin del Estado es la promoción del bien común con respeto a cada persona.
4. Cabe recordar inmediatamente que no es la Iglesia quien establece los criterios para la salus aeterna animarum.
La Iglesia los recibe de la Revelación Divina. Su tarea es determinarlos y enseñarlos a quienes desean seguir los caminos de Dios.
Quienes no creen tienen el deber de respetar las creencias de los creyentes. No pueden esperar una enseñanza diferente, ya que no es responsabilidad de la Iglesia establecer los caminos de la santidad. Ella misma los deriva de la enseñanza de Dios.
5. Ahora bien, según la Revelación Divina, hay comportamientos que no conducen a la santidad; la contradicen.
Nota: Hablamos de comportamientos, no de inclinaciones.
Las inclinaciones (en cualquier ámbito) no son motivo de mérito ni de censura. Muy a menudo, se encuentran.
Como mucho, se puede decir que son buenas inclinaciones, como el altruismo, o malas, como el egoísmo.
Pero no son las inclinaciones las que conducen al cielo ni en la dirección opuesta. Más bien, son las acciones personales las que indican concretamente el camino que realmente se emprende.
6. La Revelación Divina nos recuerda claramente que ciertos comportamientos contradicen una vida santa, la posesión personal de Dios en el alma mediante la gracia (cf. Gálatas 5:19-21 y 1 Corintios 6:9-11).
Los cristianos con cierta vida interior reconocen fácilmente la incompatibilidad entre ciertos comportamientos y la santidad, la vida de la gracia, como en el caso de nuestro amable visitante.
Por lo tanto, su determinación de perseguir este objetivo sin concesiones es profundamente encomiable.
Sí, puedo decir que ha emprendido generosamente el camino de la santificación mediante la Santa Misa diaria, la confesión semanal y la castidad.
La Misa diaria y la confesión semanal comunican incesantemente la gracia santificante y aumentan el mérito para la vida eterna.
7. Este es el camino que indica un documento de la Iglesia, Homosexualitatis problema, de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del 1 de octubre de 1986.
Así dice:
“¿Qué debe hacer entonces una persona homosexual que busca seguir al Señor? Sustancialmente, estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, uniendo al sacrificio de la cruz del Señor todo sufrimiento y dificultad que puedan experimentar a causa de su condición. Para el creyente la cruz es un sacrificio fructuoso, puesto que de esa muerte provienen la vida y la redención. Aun sí toda invitación a llevar la cruz o a entender de este modo el sufrimiento del cristiano será presumiblemente objeto de mofa por parte de alguno, se deberá recordar que ésta es la vía de la salvación para todos aquellos que son seguidores de Cristo.
Esto no es otra cosa, en realidad, que la enseñanza de apóstol Pablo a los Gálatas, cuando dice que el Espíritu produce en la vida del creyente: «amor, gozo, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí» y aún más: «No podéis pertenecer a Cristo sin crucificar la carne con sus pasiones y sus deseos» (Gal 5, 22. 24).
Esta invitación, sin embargo, se interpreta mal cuando se la considera solamente como un inútil esfuerzo de auto-renuncia. La cruz constituye ciertamente una renuncia de sí, pero en el abandono en la voluntad de aquel Dios que de la muerte hace brotar la vida y capacita a aquellos que ponen su confianza en El para que puedan practicar la virtud en cambio del vicio.
El Misterio Pascual se celebra verdaderamente sólo si se deja que empape el tejido de la vida cotidiana. Rechazar el sacrificio de la propia voluntad en la obediencia a la voluntad del Señor constituye de hecho poner un obstáculo a la salvación. Así como la Cruz es el centro de la manifestación del amor redentor de Dios por nosotros en Jesús, así la conformidad de la auto-renuncia de los hombres y de las mujeres homosexuales con el sacrificio del Señor constituirá para ellos una fuente de auto-donación que los salvará de una forma de vida que amenaza continuamente de destruirlos.
Las personas homosexuales, como los demás cristianos, están llamadas a vivir la castidad. Si se dedican con asiduidad a comprender la naturaleza de la llamada personal de Dios respecto a ellas, estarán en condición de celebrar más fielmente el sacramento de la Penitencia y de recibir la gracia del Señor, que se ofrece generosamente en este sacramento para poderse convertir más plenamente caminando en el seguimiento a Cristo.” (HP, 12).
Al agradecerte este hermoso testimonio y, especialmente, el camino que has emprendido, que fortalece a toda la Iglesia, te aseguro mis oraciones y te bendigo.
Padre Angelo
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