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Siempre me he preguntado por qué los occidentales encuentran teorías tan interesantes como la reencarnación cuando el mismo tiempo que utilizan para esto lo podrían dedicar a la oración o, mejor, al Santo Rosario.

Le pido, Padre, si puede orar por mí: en la vida creo que he sido muy desafortunado. Nací en una familia de masones. ¡No puede imaginar lo que me ha costado ser cristiano y nunca traicionar mi fe católica!

Lamentablemente, quien vive situaciones como la mía experimenta soledad, amargura, discriminación, persecución.

Si puede, en su tiempo libre, diga una oración por mí, gracias. A veces el Señor me parece tan lejano y no sé por qué. Me siento casi abandonado.

Sin embargo, el Rosario a menudo me da fuerza y ​​energía, así como y sobre todo la Sagrada Eucaristía.

Perdóneme, he escrito demasiado.

Un cordial saludo.


Querido,

1. Estoy convencido de que el Señor no se ha equivocado al permitir que nacieras y crecieras en una familia de masones y que por la fe experimentas soledad, amargura, discriminación y persecución. 

El Señor nunca permite que seamos probados más allá de nuestras fuerzas. 

El Espíritu Santo nos asegura con estas palabras de san Pablo: “Dios es fiel, y él no permitirá que sean tentados más allá de sus fuerzas. Al contrario, en el momento de la tentación, les dará el medio de librarse de ella, y los ayudará a soportarla.” (1 Cor. 10.13).

2. Me hablas de la soledad. Quizás te refieres al aislamiento que vives en familia. 

Y, sin embargo, por la fe vives una experiencia de comunión que los tuyos ni siquiera saben que existe. 

Es la comunión con Dios, de lo que habla el Señor cuando dice: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él.” (Jn 14, 23). 

Es la comunión con los habitantes del Paraíso que constituye una continua compañía interior. 

Puedes experimentar la soledad exterior, pero no la interior, que es mucho peor. 

Los tuyos disfrutan de la comunión externa, pero quizás les falte la interior. 

Quien no tiene a Dios en el corazón está privado de esa sensación de saciedad que uno siente solo cuando vive en gracia.

3. Me hablas de la discriminación por la que quizás te consideren un pobrete.

En cambio, tienes la riqueza más grande.

Esta misma mañana, cuando he abierto la Historia de un alma de Santa Teresa del Niño Jesús, me llegaron a mis ojos las palabras que escribió refiriéndose a la gran peregrinación que hizo con unas 400 personas del norte de Francia a Roma: “Celina y yo, que nunca habíamos vivido entre gentes del gran mundo, nos encontramos metidas en medio de la nobleza, de la cual se componía casi exclusivamente la peregrinación. Pero todos aquellos títulos y aquellos «de», lejos de deslumbrarnos, no nos parecían más que humo…Vistos de lejos, me habían ofuscado un poco alguna vez, pero de cerca, vi que «no todo lo que brilla es oro» y comprendí estas palabras de la Imitación: «No vayas tras esa sombra que se llama el gran nombre, ni desees tener muchas e importantes relaciones, ni la amistad especial de ningún hombre».

Comprendí que la verdadera grandeza está en el alma, y no en el nombre, pues como dice Isaías: «El Señor dará otro nombre a sus elegidos», y san Juan dice también: «Al vencedor le daré una piedra blanca, en la que hay escrito un nombre nuevo que sólo conoce quien lo recibe». Sólo en el cielo conoceremos, pues, nuestros títulos de nobleza. Entonces cada cual recibirá de Dios la alabanza que merece. Y el que en la tierra haya querido ser el más pobre y el más olvidado, por amor a Jesús, ¡ése será el primero y el más noble y el más rico…! (Historia de un alma, Capítulo 6, pág.156). 

4. Me hablas de la amargura, es decir, del sufrimiento que experimentas por el aislamiento y la discriminación.

Pero este sufrimiento unido con el de Cristo te hace vivir las páginas más gloriosas de tu vida, aquellas por las cuales en el Cielo serás eternamente recompensado y glorificado. Junto a san Pablo ya se puede decir: “Ahora me alegro de poder sufrir por ustedes, y completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, para bien de su Cuerpo, que es la Iglesia.» (Col 1, 24). 

Ya ahora Cristo dice a ti estas palabras: “Ustedes son los que han permanecido siempre conmigo en medio de mis pruebas. Por eso yo les confiero la realeza, como mi Padre me la confirió a mí, y en mi Reino, ustedes comerán y beberán en mi mesa, y se sentarán sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.” (Lc 22, 28-30).

Para tu futuro Él promete: “Al vencedor lo haré sentar conmigo en mi trono, así como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono”. (Ap 3, 21). 

Desde ese trono podrás hacer un inmenso bien a todos. 

A los que parecen afortunados y prósperos, pero carecen de la presencia de Dios, se puede aplicar lo que dice el Espíritu Santo en el Apocalipsis: “Y no sabes que eres desdichado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo.” (Ap 3, 17). 

5. Por último, me hablas de la persecución. Pero a ti Cristo dice: “Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.

Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron.” (Mt 5,10-12). 

Pero estoy convencido de que no tienes que esperar a la vida futura para experimentar lo que el Señor está haciendo por ti. 

Tú también experimentas todos los días lo que David cantó en un salmo: “Yo, en cambio, como un olivo frondoso en la Casa de Dios, he puesto para siempre mi confianza en la misericordia de Dios.” (Sal 52,10).  

6. Me alegro de que conozcas la oración del Santo Rosario. 

En esta oración haces la experiencia diaria de todo lo que te he dicho: la comunión en lugar del aislamiento, la fecundidad y la preciosidad del sufrimiento, la verdadera grandeza a pesar de la discriminación, la gloria que disfrutas ahora ante Dios y ante la Iglesia celestial mientras vives aquí en persecución. 

Con mucho gusto te aseguro mis oraciones tanto en la celebración de la Santa Misa, tanto en la Liturgia de las Horas como en mis Rosarios diarios. 

Te bendigo y te abrazo en el Señor. 

De alguna manera tú también eres un mártir de la fe.

Padre Angelo


Traducido por Alessandra Pelizzaro