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Buenos días!
Le escribo porque deseo traer a su atención dos asuntos, para que examine el contenido bajo la luz de la moral.
No he tomado posición por una u otra posibilidad, escribo para identificar cuál es la postura correcta, en otras palabras, para comprender dónde reside el recto comportamiento moral.
1- Según la lógica, si los derechos fundamentales del ser humano son tales, nadie y por ninguna razón puede violarlos.
Entre otras cosas la libertad de elegir, por ejemplo, si vacunarse o no. Lo deduzco por el hecho que, si Dios respeta tales derechos, es decir esa libertad absoluta, también el hombre debe respetarlos.
Además: vale más un ser humano vivo en el cuerpo, ¿o bien el respeto de la libertad humana, siempre relacionado con la Pandemia? Si se habla de principios no negociables, entonces parece que prima la libertad humana.
Por lo tanto, aun si existiera una pandemia con un  99% de mortalidad, sería siempre moralmente ilícito limitar la libertad individual. De lo contrario cesaría de ser un valor no negociable.
Sin embargo, ¿existe un límite a la libertad humana? Si así es, ¿cuáles son los principios que la inspiran? 

2- Relacionada con la anterior. El consabido dicho “tu libertad termina donde comienza la mía”: ¿es un principio moralmente correcto?
¿No pareciera en contraste con el principio no negociable que garantiza la total libertad individual, o sea el derecho absoluto subjetivo de un individuo, excepto los límites impuestos por ley (que sea moralmente respetuosa de la virtud legal de la Justicia)?
Gracias!


Respuesta del sacerdote

Muy querido,
1. Dios creó libre al hombre.
Entre los derechos de los que goza cada persona, está el de la libertad.
Como dijo el Concilio Vaticano II, la libertad es el signo más luminoso de nuestra semejanza con Dios.
Es justamente por ella que nosotros somos dueños de nosotros mismos y tenemos dominio sobre el acto de elegir, como decía Santo Tomás de Aquino.

2. Sin embargo la libertad del hombre no es absoluta. Aquí está tu error.
Podría decir: la libertad es un absoluto. En otras palabras, es un principio no negociable el que el hombre sea libre.
Pero derivar de esto, que la libertad del hombre sea absoluta, es un error.

3. No es necesario hacer grandes razonamientos para darse cuenta de que la libertad del hombre tiene límites.
Los límites son esencialmente dos: dependen de nuestra naturaleza y de nuestro fin.
No somos libres en relación con la naturaleza: estamos hechos de una forma determinada, llamados a la existencia en un cierto periodo histórico, que en su origen tienen dos padres determinados, que no hemos elegido. Con un cuerpo y un alma con sus intrínsecas necesidades.
No somos libres, además, en relación con nuestro fin: porque todo cuanto hace el hombre, lo hace para su felicidad, independientemente de que esta felicidad sea verdadera o supuesta.
También Aristóteles, el filósofo pagano, reconocía que el hombre no es libre respecto a  su propio fin: decía que la necesidad desea su felicidad.
Con lo cual se afirma al mismo tiempo que nosotros no somos los autores de la ley moral.
No somos nosotros quienes decidimos lo que es el bien y lo que es el mal. Eso ya está escrito en nuestra propia naturaleza.

4. El ámbito de la libertad es el de los medios.
Y es un ámbito de desmesurada amplitud. Porque cada quien realiza la propia felicidad eligiendo un determinado estado de vida, una determinada profesión, organizando su propia jornada y el propio futuro como quiere.

5. Juan Pablo II, en la gran encíclica Veritatis splendor, en una luminosa página sobre la libertad humana escribe:
Leemos en el libro del Génesis: «Dios impuso al hombre este mandamiento: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio”» (Gn 2, 16-17).
Con esta imagen, la Revelación enseña que el poder de decidir sobre el bien y el mal no pertenece al hombre, sino sólo a Dios. El hombre es ciertamente libre, desde el momento en que puede comprender y acoger los mandamientos de Dios. Y posee una libertad muy amplia, porque puede comer «de cualquier árbol del jardín». Pero esta libertad no es ilimitada: el hombre debe detenerse ante el árbol de la ciencia del bien y del mal, por estar llamado a aceptar la ley moral que Dios le da. En realidad, la libertad del hombre encuentra su verdadera y plena realización en esta aceptación. Dios, el único que es Bueno, conoce perfectamente lo que es bueno para el hombre, y en virtud de su mismo amor se lo propone en los mandamientos.
La ley de Dios, pues, no atenúa ni elimina la libertad del hombre, al contrario, la garantiza y promueve. Pero, en contraste con lo anterior, algunas tendencias culturales contemporáneas abogan por determinadas orientaciones éticas, que tienen como centro de su pensamiento un pretendido conflicto entre la libertad y la ley. Son las doctrinas que atribuyen a cada individuo o a los grupos sociales la facultad de decidir sobre el bien y el mal: la libertad humana podría «crear los valores» y gozaría de una primacía sobre la verdad, hasta el punto de que la verdad misma sería considerada una creación de la libertad; la cual reivindicaría tal grado de autonomía moral que prácticamente significaría su soberanía absoluta” (VS 35).

6. El dicho “tu libertad termina donde empieza la del otro” no obstante parezca respetar el bien del otro, establece una conflictualidad con la libertad individual.
Justamente se ha puesto en evidencia que la ley, como elemento de equilibrio entre los individuos (el contractualismo), llega a ser como enemiga del derecho individual, porque su actuación necesariamente siempre tiene un significado limitante.
Casi puede dar la impresión de que debamos defendernos de una agresión o bien atacar a un enemigo. Los hombres se encontrarían siempre ante enemigos o por lo menos frente a extraños.
Según la moral basada en la ley natural nos hallamos ante una ley escrita en la misma naturaleza de cada ser humano que armoniza las exigencias de unos con las de otros, en acatar una ley superior que obliga unos y otros de forma imparcial.
Sin embargo actualmente no se quiere hablar de ley natural. La razón es sencilla: hablar de ley natural supone que haya un legislador universal.
Este legislador universal tiene un nombre propio: es Dios.

Te deseo todo bien, te bendigo y con gusto te recuerdo en la oración.
Padre Angelo