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Pregunta

 Queridísimo Padre Angelo,

quería pedirle su opinión acerca de un tema que creo pueda ser útil a muchas personas que intentan seguir las enseñanzas de la iglesia también en el ámbito matrimonial.
He encontrado en un sitio católico un comentario acerca de Amoris Laetitia sinceramente muy triste para mí, porque estos mensajes convierten la “paternidad responsable” / “ilicitud de la anticoncepción” en temas muy ambiguos, reforzando la convicción que se puede hacer cualquier cosa en el matrimonio e igualmente ser “buenos cristianos”.
Lo que me apena es que quien desea seguir la indicación de la Iglesia queda confundido por AL, porque el periodista la tiene fácil diciendo que “no prohibiendo explícitamente” de hecho se deja que el individuo se comporte como mejor cree, si bien “aconseja” los métodos naturales y citando la encíclica HV.
Es del todo evidente que un sitio católico no es el Papa y tampoco un obispo, pero lo que objetivamente emerge es que si en más de 400 páginas de la Carta Pastoral se habla en estos términos…tal vez el hecho que no sea un tema “no fundamental” pasa un mensaje…
Le comparto los aspectos para mí más embarazosos.
“Si el Santo Padre hubiese querido condenar o simplemente advertir contra el uso de los métodos anticonceptivos lo hubiera hecho, pero no ha sido así. Por otro lado no dijo formalmente que usar anticonceptivos ya no esté prohibido, pero es fácil entender el motivo por el que acerca de este argumento Francisco no quiera quedar atrapado en la lógica de “lo permitido” y de “lo prohibido”. Los tomistas dirán justamente que el papa quiere reemplazar la “ley moral” con la “virtud moral”, el crecimiento de la gracia”.
Con honestidad intelectual, basada en la fe, parecería legítimo concluir que esta breve revisión crítica, dice que la exhortación apostólica Amoris Laetitia, marca no ya la abrogación sino la eliminación, implícita pero real, de la prohibición absoluta de la anticoncepción para las parejas católicas.
Oro por usted y la familia Dominica que mucho me ha ayudado y me ayuda en el seguimiento de Nuestro Señor.
Alberto


Respuesta del sacerdote

Querido Alberto,
la afirmación que has citado da la impresión de que el papa no haya querido condenar la anticoncepción y que tampoco haya dicho lo contrario.
Lo cual tendría como resultado que cada uno puede hacer lo que le da la gana, si bien quien escribe niega también esta afirmación.

2. En todo caso, no es cierto que el Papa en Amoris Laetitia no prohíba la anticoncepción. En el n. 80 se puede leer: “Desde el comienzo, el amor rechaza todo impulso de cerrarse en sí mismo, y se abre a una fecundidad que lo prolonga más allá de su propia existencia. Entonces, ningún acto genital de los esposos puede negar este significado[86], aunque por diversas razones no siempre pueda de hecho engendrar una nueva vida”.
Ningún acto genital: por lo tanto la anticoncepción conyugal queda para siempre excluida, ya que los preceptos morales negativos obligan semper et pro semper (siempre y en cada caso)

3. La nota n. 86 se refiere a la encíclica Humanae vitae de Pablo VI, específicamente a los números 11 y 12.
En el n. 12 está contenida la afirmación central de toda la encíclica: “La Iglesia, sin embargo, al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural interpretada por su constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida”.

4. En el n. 12 leemos: “Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador.
Efectivamente, el acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer. Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad”.

5. Cuando Amoris laetitia agrega: “aunque por diversas razones no siempre pueda de hecho engendrar una nueva vida” se está refiriendo a lo escrito en el mismo n. 11 de la HV: “Estos actos, con los cuales los esposos se unen en casta intimidad, y a través de los cuales se transmite la vida humana, son, como ha recordado el Concilio, “honestos y dignos” [11], y no cesan de ser legítimos si, por causas independientes de la voluntad de los cónyuges, se prevén infecundos, porque continúan ordenados a expresar y consolidar su unión”.

6. Siempre en Amoris laetitia se puede leer: “Luego, «siguiendo las huellas del Concilio Vaticano II, el beato Pablo VI profundizó la doctrina sobre el matrimonio y la familia. En particular, con la Encíclica Humanae vitae, puso de relieve el vínculo íntimo entre amor conyugal y procreación: “El amor conyugal exige a los esposos una conciencia de su misión de paternidad responsable sobre la que hoy tanto se insiste con razón y que hay que comprender exactamente […] El ejercicio responsable de la paternidad exige, por tanto, que los cónyuges reconozcan plenamente sus propios deberes para con Dios, para consigo mismos, para con la familia y la sociedad, en una justa jerarquía de valores” (10).
Reconocer los propios deberes para con Dios, para con la familia y la sociedad, no es una opción. Se trata de la ley moral, la cual no se da como consejo, sino como mandamiento.

7. Siempre en el mismo punto Amoris laetitia hace referencia a la doctrina del Vaticano II, profundizada por Pablo VI.
Seguidamente tratando la situación de los divorciados vueltos a casar, dice:“Por lo tanto, al mismo tiempo que la doctrina se expresa con claridad” (AL 79).
Así pues, en estos puntos no cabe ninguna duda: Amoris laetitia hace referencia a la doctrina.

8. Ahora bien la doctrina se profundiza, se desarrolla, se aplica a las diferentes situaciones pero siempre según un criterio de homogeneidad, por lo que ella es siempre la misma a la manera en que nosotros, pasando a través de varias fases del desarrollo, somos siempre los mismos y hemos conservado nuestra identidad.
Por eso Juan XXIII en su discurso inaugural del Concilio dijo:  “el Concilio Ecuménico XXI —que se beneficiará de la eficaz e importante suma de experiencias jurídicas, litúrgicas, apostólicas y administrativas— quiere transmitir pura e íntegra, sin atenuaciones ni deformaciones, la doctrina que durante veinte siglos, a pesar de dificultades y de luchas, se ha convertido en patrimonio común de los hombres; patrimonio que, si no ha sido recibido de buen grado por todos, constituye una riqueza abierta a todos los hombres de buena voluntad.
Deber nuestro no es sólo estudiar ese precioso tesoro, como si únicamente nos preocupara su antigüedad, sino dedicarnos también, con diligencia y sin temor, a la labor que exige nuestro tiempo, prosiguiendo el camino que desde hace veinte siglos recorre la Iglesia.
La tarea principal de este Concilio no es, por lo tanto, la discusión de este o aquel tema de la doctrina fundamental de la Iglesia, repitiendo difusamente la enseñanza de los Padres y Teólogos antiguos y modernos, que os es muy bien conocida y con la que estáis tan familiarizados.
Para eso no era necesario un Concilio. Sin embargo, de la adhesión renovada, serena y tranquila, a todas las enseñanzas de la Iglesia, en su integridad y precisión, tal como resplandecen principalmente en las actas conciliares de Trento y del Vaticano I, el espíritu cristiano y católico del mundo entero espera que se dé un paso adelante hacia una penetración doctrinal y una formación de las conciencias que esté en correspondencia más perfecta con la fidelidad a la auténtica doctrina, estudiando ésta y exponiéndola a través de las formas de investigación y de las fórmulas literarias del pensamiento moderno. Una cosa es la substancia de la antigua doctrina, del “depositum fidei”, y otra la manera de formular su expresión”.

9. Juan Pablo II por su parte dijo: “Todo cuanto la Iglesia enseña acerca de la anticoncepción no es materia que pertenezca a la libre disputa entre los teólogos. Enseñar lo contrario equivale a inducir en error a la conciencia moral de los esposos” (5.5.1987). En el mismo discurso dijo también que “destaca a ese respecto una grave responsabilidad: los que se colocan en abierto contraste con la ley de Dios, auténticamente enseñada por el magisterio de la Iglesia, guían a los esposos por un camino equivocado”.
Benedicto XVI en el 40° aniversario de la publicación de la Humanae Vitae afirmó: “El magisterio de la Iglesia no se puede eximir de reflexionar de manera siempre nueva y profunda acerca de los principios fundamentales relativos al matrimonio y la procreación. Lo que era verdad ayer, es verdad también hoy. La verdad formulada en la Humanae Vitae no cambia”.
Y lo mismo ha dicho también el Papa Francisco en Amoris laetitia en el n. 80, más arriba citado.
Por lo tanto si el columnista que has mencionado ha dicho cuanto has comentado, está equivocado. Para decirlo con Juan Pablo II “está en un camino equivocado e induce en error a la conciencia moral de los esposos”.

10. El Vademecum para los confesores del Pontificio Consejo para la familia (12.2.1997) escribe: “La Iglesia siempre ha enseñado la intrínseca malicia de la contracepción, es decir de todo acto conyugal hecho intencionalmente infecundo. Esta enseñanza debe ser considerada como doctrina definitiva e irreformable. La contracepción se opone gravemente a la castidad matrimonial, es contraria al bien de la transmisión de la vida (aspecto procreativo del matrimonio), y a la donación recíproca de los cónyuges (aspecto unitivo del matrimonio), lesiona el verdadero amor y niega el papel soberano de Dios en la transmisión de la vida humana” (n.2.4).

11. Amoris laetitia cita un texto del Concilio en el que el columnista tropieza de manera bastante estrepitosa y concluye infelizmente.
Porque el Concilio en ese texto habla del número de hijos a tener. Mientras que el columnista aplica ese texto a las vías a seguir (anticoncepción o métodos naturales)
He aquí el texto del Concilio “Permanece válido cuanto afirmado por el Concilio Vaticano II: «Los cónyuges (…), se esforzarán ambos, de común acuerdo y común esfuerzo, por formarse un juicio recto, atendiendo tanto a su propio bien personal como al bien de los hijos, ya nacidos o todavía por venir, discerniendo las circunstancias de los tiempos y del estado de vida tanto materiales como espirituales, y, finalmente, teniendo en cuenta el bien de la comunidad familiar, de la sociedad temporal y de la propia Iglesia. Este juicio, en último término, deben formarlo ante Dios los esposos personalmente» (Gaudium et spes 50).
Mientras que en cuanto a los métodos a seguir el Concilio dice: «En su modo de obrar, los esposos cristianos sean conscientes de que no pueden proceder a su antojo, sino que siempre deben regirse por la conciencia, lo cual ha de ajustarse a la ley divina misma, dóciles al Magisterio de la Iglesia, que interpreta auténticamente esta ley a la luz del Evangelio. Dicha ley divina muestra el pleno sentido del amor conyugal, lo protege e impulsa a la perfección genuinamente humana del mismo» (GS50).
Todavía más: «Cuando se trata, pues, de conjugar el amor conyugal con la responsable transmisión de la vida, la índole moral de la conducta no depende solamente de la sincera intención y apreciación de los motivos, sino que debe determinarse con criterios objetivos tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos, criterios que mantienen íntegro el sentido de la mutua entrega y de la humana procreación, entretejidos con el amor verdadero; esto es imposible sin cultivar sinceramente la virtud de la castidad conyugal. No es lícito a los hijos de la Iglesia, fundados en estos principios, ir por caminos que el Magisterio, al explicar la ley divina reprueba sobre la regulación de la natalidad» (GS 51).
Me parece que este malentendido es grave. Queda en duda la competencia o la buena fe de quien escribió ese artículo.

12. Hay que agregar además que el objetivo del Sínodo no era que se pronunciara sobre la doctrina de la Iglesia sobre el tema de la anticoncepción. No se convocó por este motivo. En pocas palabras, el objetivo no era reformar la doctrina de la Humanae vitae.
Es más, acerca de esto citó numerosas veces la encíclica de Pablo VI y confirmó su doctrina. Ni tampoco dejó a los cónyuges la libertad de elegir los métodos a su antojo. Aquí se trata de una ley divina, que es una ley de vida.
Elegir lo contrario equivale a optar por la muerte.
Sirven también para nuestro argumento las palabras que se leen en Deut 30, 19-20: “Hoy tomo por testigos contra ustedes al cielo y a la tierra; yo he puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, y vivirás, tú y tus descendientes, con tal que ames al Señor, tu Dios, escuches su voz y le seas fiel. Porque de ello depende tu vida y tu larga permanencia en la tierra que el Señor juró dar a tus padres”.
La ley de Dios no es opcional, un camino alternativo, que da lo mismo una cosa que la otra.
Observar la ley de Dios es lo mismo que optar por la vida: antes que nada del amor humano, luego del matrimonio y la familia y después de otra cosa. Vale igualmente en esta materia lo que se lee en la Sagrada Escritura: “Hoy tomo por testigos contra ustedes al cielo y a la tierra; yo he puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, y vivirás, tú y tus descendientes” (Deut 30, 19).

13. En fin, agrega: «Los tomistas dirán justamente que el papa quiere reemplazar la “ley moral” con la “virtud moral”, el crecimiento de la gracia».
Pero como justamente dicen los tomistas, el crecimiento de la gracia no se da reemplazando a la naturaleza, sino que la presuponen, la confirman y la sanan.
Santo Tomás es explícito acerca de ello ya desde el comienzo de la Suma teológica: “Como quiera que la gracia no suprime a la naturaleza, sino que la perfecciona” (Suma teológica, I, 1,8, ad 2).
Por lo tanto no hay que crear oposición entre ley moral y virtud moral, porque es virtuoso justamente quien se deja guiar por Dios y sus mandamientos.
“El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama” (Jn 14, 21). A propósito de lo que Santo Tomás comenta: “Aquí se pone en evidencia que el verdadero amor se expresa y se muestra en las obras, porque el amor así se manifiesta. De hecho amar a alguien no es otra cosa que querer su bien y desear lo que él desea; por lo tanto no ama verdaderamente aquel que no hace la voluntad del amado y no lleva a cabo aquello que sabe que es querido por él. Así quien no cumple la voluntad de Dios no le ama verdaderamente. Por eso Jesús afirma: El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama, es decir tiene amor verdadero hacia mí” (Comentario al Evangelio de Juan 14,21).

Te agradezco por haberme dado la ocasión de esclarecer en parte algunos puntos muy importantes en la vida personal de relación con Dion y sobre los que hay quienes tratan de generar confusión.
Espero también haberte quitado la tristeza que te causó la lectura de ese artículo.
Te recuerdo al Señor y te bendigo.
Padre Angelo