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Cuestión

Buenos días, Padre.

Me gustaría presentarles esta reflexión, de sabor decididamente egoísta pero que, por sí sola, no encuentro medios para contradecir. Una reflexión sobre la parábola de los talentos .El Maestro confía a sus tres siervos un número diferente de talentos, a uno cinco, a otro dos, a un tercero uno. Esto puede parecer un detalle secundario, pero, en mi opinión, no lo es. Ciertamente, el sentido de la parábola es resaltar la importancia de «poner en buen uso» lo que se ha recibido, independientemente de su consistencia. Sin embargo, es innegable que la calidad de vida en la tierra, para los que han recibido cinco talentos, es superior a la de los que han recibido uno. No me refiero, por supuesto, a la simple disponibilidad de dinero, sino a todos esos dones (salud, afectos y, por qué no, éxito…), que Dios concede de forma diferenciada y a su total discreción. La cultura protestante considera como «bendecido por Dios» a la persona a la que la vida (es decir, Dios mismo) le ha puesto los cinco talentos en la mano. Por el contrario, la cultura católica, a través de, por ejemplo, las Bienaventuranzas, exalta a los «últimos» y, con figuras como San Francisco, a los que se ponen detrás de los Siguientes (es decir, los que, según la parábola, «dan fruto»), aunque esto se traduzca a menudo, literalmente (perdón por el término), en despreciar de su existencia terrenal por los demás. La cuestión es precisamente ésta: ¿cuál es entonces la importancia y el valor de nuestra existencia temporal? ¿Es correcto degradarla hasta el punto de considerarla sólo un instrumento para preparar (o no preparar) la vida eterna, sin ninguna otra razón de ser? ¿Por qué se define como «don» si la búsqueda de la mejor calidad de vida, incluso desde un punto de vista estrictamente personal, no puede considerarse un valor? ¿Cómo se puede conciliar la connotación positiva del término «don» con las Bienaventuranzas, que exaltan el sufrimiento? Muchas gracias por el trabajo tan importante que realiza a través de esta columna.


Respuesta del sacerdote

Querido Pablo,

1. la vida terrenal no es sólo un medio para preparar la vida eterna, sino que es ya un comienzo de la vida aquí eterna. La vida eterna consiste en lo que dijo nuestro Señor: «Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo.» (Juan 17:3). En el Evangelio de Juan, y no sólo en él, el verbo conocer significa no sólo llegar a conocer, sino también amar y poseer.

Así que las palabras de Jesús tienen este significado: esta es la vida eterna; conocerte, amarte, poseerte a ti y al que has enviado, Jesucristo.

2. Los talentos de los que se habla en el Nuevo Testamento corresponden a una moneda griega de enorme valor. Un talento equivalía a 6.000 denarios y un dinero era el salario diario de un trabajador. 

3. Los talentos representan los dones de la naturaleza y de la gracia que se nos conceden para alcanzar el objetivo para el que fuimos creados y redimidos: la participación en la vida divina, la santificación. Si no sirven para este fin, es como si los ocultáramos bajo tierra. Están desperdiciados. Por eso Jesús dijo: » y el que no recoge conmigo, desparrama» (Mt 12,30).

4. Vivir la vida presente buscando «el reino de Dios y su justicia» (Mt 6,33) a través de los conocimientos, los afectos, las actividades, las diversas empresas, y también a través de las lágrimas, los sufrimientos y las diversas dolencias, no es degradar la vida presente, sino, por el contrario, darle la mayor importancia.

5. Jesús dijo: » yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). La vida de la que habla Jesús no es simplemente la vida terrenal, a la que se le puede añadir muy poco. Dice Juan Pablo II: «Jesús se refiere a esa vida «nueva» y «eterna» que consiste en la comunión con el Padre, a la que todo hombre es llamado gratuitamente en el Hijo por obra del Espíritu Santificador. Pero precisamente en esta «vida» todos los aspectos y momentos de la vida del hombre adquieren su pleno sentido. El hombre está llamado a una plenitud de vida que va mucho más allá de las dimensiones de su existencia terrenal, ya que consiste en participar en la vida misma de Dios. La altura de esta vocación sobrenatural revela la grandeza y la preciosidad de la vida humana incluso en su fase temporal. La vida en el tiempo, de hecho, es una condición básica, un momento inicial y una parte integral del proceso entero y unificado de la existencia humana. Un proceso que, de forma inesperada e inmerecida, es iluminado por la promesa y renovado por el don de la vida divina, que alcanzará su plena realización en la eternidad (1 Jn 3,1-2)». (Evangelium vitae, 1-2).

6. La calidad de la vida presente es algo excelente, y todos la buscan instintivamente. Pero tanto la vida presente como la calidad de vida pierden todo su valor si la vida presente fuera la única o, peor aún, si uno acabara mal por la eternidad. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?» (Mt 16,26).

7. Por otra parte, la vida presente sigue siendo muy valiosa, aunque no exista la llamada calidad de vida, si en ella se reúne con Cristo y » Así adquirirán para el futuro un tesoro que les permitirá alcanzar la verdadera Vida» (1 Tim 6,19).

8. Por último, una aclaración: no es la cultura protestante la que considera que la persona que tiene prosperidad en la vida presente es «bien vista por Dios». Pero es más propiamente la mentalidad judía del Antiguo Testamento con respecto a la enseñanza de Cristo. Al igual que no es la Iglesia católica la que proclama a los últimos beatos, sino Jesucristo, aunque no exactamente con esas palabras. Porque dice: » Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos » (Mt 20.16). Y con él la Iglesia católica y los protestantes también.

Deseando que tengas plenitud de vida aquí y allá, te encomiendo con gusto al Señor y te bendigo.

Padre Ángelo