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Cuestión

Querido Padre Ángelo

Sigo su columna con mucho interés y ya me ha ocurrido escribirle recibiendo ayuda y consuelo, por lo que le agradezco mucho. La pregunta que me propongo hacerle hoy tiene un carácter más general que la anterior y que me despierta una especial curiosidad.

Sabemos que Dios desea para nosotros una vida de alegría, desea que seamos positivos en cualquier circunstancia y al respecto hay un famoso dicho que dice «un corazón alegre, el cielo lo ayuda». Esto indica claramente que debemos desterrar la tristeza de nuestras vidas, y por eso me pregunto por qué -al entrar en las iglesias y en los cementerios- la pesada aflicción y la angustia se pintan en los rostros de los ángeles, los santos y los mártires (incluidos los de Jesús y la Virgen).

Cuando de niño iba a la iglesia me impresionaban mucho esas figuras y cuando pasaba la noche en casa de mi abuela no dormía porque después de apagar la luz veía los retratos colgados en las paredes que representaban a Jesús con el corazón atravesado por una espada y la Virgen María llorando y me daba mucho miedo.

Entonces, ¿por qué si se supone que debemos celebrar la vida con alegría y gozo cuando entramos en estos lugares sagrados nos encontramos en cambio con rostros tristes y sombríos que nos miran y a veces nos señalan como para hacernos sentir culpables de sus penas? Lo mismo ocurre en los cementerios cuando vamos a visitar a nuestros seres queridos, debería ser un lugar alegre porque pensamos en ellos en paz y a la luz de Dios, pero también en este lugar sólo encontramos estatuas tristes y afligidas.

¿Qué opina, padre?

Gracias por el tiempo que me va a dedicar y le saludo cordialmente.

Luciana


Respuesta del sacerdote

Querida Luciana,

1. en general, las imágenes de la Virgen, a no ser que representen a la Virgen de los Dolores o a la Piedad, no están marcadas por el dolor, sino por un rostro sereno que genera seguridad y confianza. Así que, al menos en nuestras partes.

Pienso en el Beato Bartolo Longo y en lo que escribió en la hermosa Súplica a la Virgen del Rosario que se reza el primer domingo de octubre y el 8 de mayo: «El Niño que vemos en tus rodillas, y la corona mística que apuntamos en tu mano, inspíranos la confianza de que seremos escuchados. Y confiamos plenamente en ti, nos arrojamos a tus pies, nos abandonamos como niños débiles en los brazos de la más tierna de las madres, y hoy, sí, hoy de ti esperamos las gracias anheladas».

No sólo la Virgen de Pompeya, sino también la de Lourdes, la de Fátima, la de las Gracias (medalla milagrosa) -aunque no sonrían- desprenden confianza.

Ciertamente, Nuestra Señora de las Lágrimas de Siracusa o Civitavecchia expresan dolor. Hay lágrimas. Pero se trata de casos excepcionales que se refieren a hechos de sufrimiento, especialmente moral, a causa del pecado.

Asimismo, hay representaciones de la pasión del Señor (el Vía Crucis) o imágenes dedicadas a la Virgen de los Dolores.

Pero no debemos olvidar que el amor del Señor por nosotros pasó por la cruz y que por el Bautismo hemos sido conformados a la muerte de Cristo para morir a nuestros diversos egoísmos (el pecado) y vivir nuestra vida como un don.

2. En el caso de los cementerios el asunto es diferente. No es raro ver a un Cristo afligido llorando. Esto nos recuerda las lágrimas de Jesús en la tumba de Lázaro y nos recuerda que el Señor está cerca de nosotros en nuestro dolor. No sólo eso, sino que el mismo Jesús que lloró resucitó a Lázaro. Y con ello nos da una señal de que lo que hizo con él lo hará también con nosotros y con nuestros difuntos para una resurrección que no tendrá fin.

3. El dolor de la Virgen representado en tantas tumbas también expresa la misma cercanía. No somos los únicos que lloramos y estamos tristes. Nuestra Madre celestial está con nosotros, a cuya intercesión confiamos las almas de nuestros seres queridos. No están abandonados. La Virgen vela por ellos con amor maternal.

4. Por último, es cierto que el cristianismo es portador de alegría. Pero la alegría que Cristo nos comunica no es la alegría despreocupada del mundo, ligada simplemente a los placeres de la tierra. Es, en cambio, la alegría de quien vive en comunión con el Señor, de quien está en gracia, de quien siente la presencia personal del Señor que llena su corazón y lo sacia. Es una alegría que de alguna manera se compone también con el dolor, porque la fe ayuda a transfigurar incluso las tribulaciones cuando se soportan por amor al Señor.

Deseando que seas siempre feliz en el Señor, te recuerdo en la oración y te bendigo.

Padre Ángelo