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Querido Padre Ángelo,

Desde hace varios años soy un convertido católico y con el tiempo he desarrollado una convicción de contradicción en el cristianismo que me está poniendo en crisis.

Por un lado, se dice que el cristiano debe hacer sólo dos cosas en su vida: evitar pecar y soportar con paciencia y amor todas las cruces y tribulaciones de la vida sin quejarse nunca.

Por otra parte, oigo decir a sacerdotes e incluso a miembros de algunos grupos de oración carismáticos que Dios quiere que seamos inmensamente felices incluso en esta tierra y que la felicidad terrenal es absolutamente posible para cada hombre, sin excluir a nadie.

A mí me parece una contradicción porque ciertamente en los Evangelios Jesús varias veces nos invitó a negarnos a nosotros mismos y abrazar nuestras cruces, pero por otro lado nunca dijo que debíamos ser felices en este mundo, entonces no sé si a usted le resulta lo contrario.

Si realmente fuera así, tendríamos que afirmar que Dios es injusto, porque usted sabe mejor que yo que en este mundo, mientras una minoría de personas vive felizmente y sólo pasa, digamos, por sufrimientos ordinarios, como alguna enfermedad en la vejez y la inevitable muerte que le toca a todo el mundo, la mayoría pasa por tribulaciones y abraza cruces realmente pesadas y no sólo durante unos años, sino durante toda su vida terrenal.

¿Dónde está la verdad? En mi opinión, la felicidad terrenal no existe en absoluto, al menos en mi experiencia como cristiano ya he comprendido que tendré que prepararme para afrontar lo peor. Ciertamente, sólo espero que me llegue lo malo y nunca lo bueno. No entiendo todo este optimismo y todas estas oraciones con cantos de alegría. Más bien hay que rezar para estar preparados para lo peor, ¿no es así?


Querido,

1. no estás llegando al fondo del dilema que te has planteado porque no es correcto. No es cierto que el cristianismo consista simplemente en evitar el pecado y soportar con paciencia y amor todas las cruces y tribulaciones de la vida sin quejarse nunca. Dicho así, parece más una proclamación de la filosofía estoica que del Evangelio. Así como no está bien presentada la otra propuesta, la de la felicidad suprema que ya se puede adquirir en esta tierra para todos,

2. La vocación cristiana es, en cambio, una vocación a la santidad, a la participación en la vida divina, ya en esta tierra. Esta participación se produce por la gracia, que nos hace por adopción y benevolencia divina lo que Jesucristo es por naturaleza.

3. Jesús dijo en el Sermón de la Montaña: » Busquen primero el Reino y su justicia (que debe entenderse aquí como sinónimo de santidad), y todo lo demás se les dará por añadidura» (Mt 6,33).

4. Más concretamente, esta santidad se desprende amando como Dios ama: » Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros» (Jn 13,34). » Este es mi mandamiento: Amense los unos a los otros, como yo los he amado». (Jn 15:12).

5. Ahora bien, no hay nada más conforme con la naturaleza del hombre que la necesidad de amar. Hecho a imagen y semejanza de Dios, que es amor (1 Jn 4,8), el hombre siente una necesidad irreprimible de amar.

6. Juan Pablo II afirmó con razón en la Redemptor Hominis que «el hombre no puede vivir sin amor. Sigue siendo para sí mismo un ser incomprensible, su vida no tiene sentido, si el amor no se le revela, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace suyo, si no participa directamente en él» (RH l0). «El amor es la vocación fundamental y originaria de cada ser humano» (Familiaris Consortio 11). En las «Catequesis sobre el amor humano», haciendo aún más explícito este pensamiento, dijo que el hombre se realiza «sólo existiendo ‘con alguien’ y, más profundamente aún, ‘para alguien’, como se muestra en el libro del Génesis» (9.l.1980). De ahí la tendencia a entregarse.

7. Y es precisamente en el don de sí mismo donde la persona humana encuentra la más bella realización de sus propias aspiraciones y también la auténtica alegría. Porque siempre es cierto lo que dijo el Señor: «¡Hay más alegría en dar que en recibir!». (Hechos 20:35).

8. Por tanto, la meta de la vida cristiana consiste principalmente en la santidad, que procede de la caridad, de amar con los sentimientos de Nuestro Señor. Como consecuencia, esto produce una gran alegría en el hombre. Por eso es justo decir que el Señor nos quiere en la alegría, en la mayor alegría que ya existe. En la Última Cena, después de dar el mandamiento nuevo de amarse los unos a los otros como Él nos ama, añadió: » Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto.» (Jn 15,11).

9. Sin embargo, en la vida presente quedan muchos sufrimientos, como tú mismo has señalado. Están presentes incluso en los santos y en los grandes santos. Esto significa que la alegría plena no es de este mundo. Por el contrario, a medida que avanzamos en años vemos que los sufrimientos físicos e incluso morales se multiplican. Sin embargo, Jesucristo nos da la gracia de transformar el dolor en un acto de amor para la redención del mundo. En este sentido entendemos las palabras de San Pablo en su carta a los Colosenses: “Ahora me alegro de poder sufrir por ustedes, y completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, para bien de su Cuerpo, que es la Iglesia » (Col 1,24).

Aquí me alegro no es sinónimo de feliz, porque el sufrimiento -a veces insoportable- permanece. Pero es sinónimo de «consolado» porque incluso el dolor se transforma en amor vivificante para muchos.

Te agradezco que me hayas dado la oportunidad de aclarar estas nociones.

Te deseo mucho progreso en la vida cristiana y eso es en la santificación, en amar con los sentimientos de Cristo aún en la noche del dolor.

Con gusto te encomiendo al Señor y te bendigo.

Padre Ángelo