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Hola Padre,

Le hago una última pregunta y después no lo molesto más.

¿Me podría explicar el significado de las “lamentaciones” que se mencionan en el discurso de las bienaventuranzas en el evangelio de Lucas?

Y ¿en qué momento la competitividad, es decir el deseo de sobresalir sea en la escuela, en el deporte o en el trabajo (no a costa de los demás) se convierte en un pecado?


Respuesta del Sacerdote

Estimado,

1. Las lamentaciones que se encuentran seguido a las bienaventuranzas son como maldiciones. Así dice la Biblia de Jerusalem.

2. Las maldiciones sin embargo no vienen de Dios, sino que cada uno es causante de sus propias desdichas. Santo Tomás señala que, en el juicio universal, Jesús dirá: “Vengan, benditos de mi Padre” (Mt 25,34). Mientras que a los condenados dirá “apártense de mí, malditos”. Santo Tomás recalca también que Jesús no dice “malditos de mi Padre” sino que simplemente dice “malditos”.

3. He aquí el texto de Santo Tomás:

Por eso dice: Apártense de mí, malditos. Esta frase se diferencia de la anterior porque en la primera dice: Vengan benditos de mi Padre etc.; aquí en cambio no dice: Malditos de mi Padre, dice solamente malditos, porque nuestras bendiciones son de Dios, las maldiciones en cambio las causamos nosotros mismos. Y en Heb. 6 y en Dt 23,5 encontramos que convierte la bendición en maldición.

Otra diferencia es que primero dice: “Tomen posesión del Reino preparado para ustedes etc.” Mientras que aquí dice: “Váyanse al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles”.

¿Cuál es la razón? Dice orígenes que “no hizo el castigo para los hombres, pero ellos mismos se causan la muerte con sus manos.” (Comentario sobre Mateo 25,40).

4. Con respecto a la competitividad: Está intrínseca en el mundo deportivo, como tal es una emoción buena y si no existiera, el espíritu deportivo se debilitaría.

San Pablo explica que en el estadio “todos corren, pero sólo uno consigue el premio, corran de modo que lo conquisten” (1 Cor 9,24). San Pablo saca de los eventos deportivos una imagen buena en sí misma para recordar que también los cristianos deben correr para alcanzar un gran premio.

Recuerda entonces que, así como “los atletas se privan de muchas cosas y lo hacen para conseguir una corona corruptible” también nosotros debemos ser moderados en todo ya que corremos por una corona que dura para siempre (Cfr. 1 Cor 9,24-25).

5. Si por el contrario la competitividad tiene como objetivo simplemente humillar al adversario o disfrutar de su derrota es allí cuando se convierte en pecado.

6. Del mismo modo en la escuela, el deseo de ser el primero puede ser un estímulo para dar siempre lo mejor de sí, en cambio si la persona se entristece con la alegría de aquellos que han vencido o lo han hecho mejor, entonces se trata de envidia y ahí se convierte en un perjuicio. Debemos alegrarnos y aplaudir las victorias de los demás. Esto nos dice San Pablo: “Alégrense con los que se alegran, lloren con los que lloran” (Rm 12,15).

Te bendigo y te encomiendo al Señor.

Padre Ángelo


Traducido por Laura Ustáriz C.