Querido Padre Angelo, ¡buenas noches!
Soy Francesco, el peor pecador de la Tierra… Te escribo para hacerte dos aclaraciones tanto sobre mi vida personal como sobre cuestiones de fe.
Tengo una duda: recientemente le expresé a nuestro Inmenso Dios (a quien ni siquiera soy digno de nombrar) la intención de querer “tomar” los pecados de otras personas específicas en el Purgatorio, es decir, “pagar” yo en el Purgatorio por todos los pecados cometidos en vida por otras personas para que éstas puedan ir, una vez que mueran en estado de gracia, directamente al Cielo.
Pero luego pensé que las almas van al Purgatorio espontáneamente a purificarse porque les horroriza incluso la más mínima mancha de pecado o de imperfección; entonces, ¿cómo pago yo (alma con mis pecados e imperfecciones) la inmundicia que hay en otras almas?
Lo siento si parece una pregunta tonta, pero quiero saber si realmente puedo hacer que esto suceda.
Corramos un velo sobre mi situación personal y espiritual: soy un gran pecador que sólo necesita la piedad y la misericordia del Señor. Mi problema es mi gran arrogancia y orgullo, que me impide pedirle al Señor misericordia y ayuda. A menudo pienso que puedo hacerlo solo, pero fallo constantemente y esto me lleva a enojarme con el Señor.
He caído en este círculo vicioso. Rezo poco o nada. Estoy constantemente atormentado por terribles pensamientos de violencia contra otras personas, de los cuales me repugna incluso hablar. Tampoco soy lo suficientemente valiente para expresar mis pensamientos en las conversaciones vulgares en el trabajo. No condeno el mal ni lo detesto profundamente como debería. Me siento tan lejos del Señor y ya no siento ningún amor por Él, que es el Amor mismo y que dio todo por mí…
¡Ore por mí y, si puede, déme algún buen consejo!
¡Gracias por su atención, que el Señor le bendiga por todo lo que hace!
Respuesta del sacerdote
Querido Francesco,
1. Es cierto que el purgatorio es deseado por las mismas almas porque les sería insoportable permanecer con alguna mancha en presencia de Aquel que es tres veces Santo.
Santa Catalina de Génova dice que estar en el cielo con alguna mancha en medio del esplendor de Dios y de los santos sería un tormento peor que mil infiernos.
Por tanto, el purgatorio se toma como una última misericordia y gracia del Señor hacia nosotros.
2. Pero también es cierto que todos los que viven en la gracia de Dios reciben la vida de la misma vid, que es Jesucristo.
En él todos somos una sola realidad, como lo es también la vid con sus múltiples y diversos sarmientos.
Por eso en Cristo formamos un solo cuerpo, como nos recuerda también san Pablo: “Así como el cuerpo tiene muchos miembros, y sin embargo, es uno, y estos miembros, a pesar de ser muchos, no forman sino un solo cuerpo, así también sucede con Cristo.” (1 Co 12,12).
Los pecados de nuestra vida pasada, una vez perdonados, no nos impiden ayudar a los demás porque con la gracia de Dios nos convertimos en una nueva criatura: “El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente.” (2 Co 5,17).
3. Así como nuestro cuerpo está formado por muchos miembros y cada uno de ellos contribuye al bien del conjunto y de los demás miembros, así también, en virtud de la caridad que nos hace tomar savia vital de Jesucristo, podemos ayudarnos unos a otros.
Es precisamente en esta comunión donde se basa la creencia de que podemos ser útiles a las almas del Purgatorio.
En cuanto a las almas del Purgatorio, nos son útiles, porque sus méritos están siempre ante Dios en súplica por todos, y en particular por aquellos que, estando en la tierra, fueron objeto de su afecto.
4. El Catecismo de la Iglesia Católica dice a este respecto sobre la comunión con los difuntos: “La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció sufragios por ellos; “pues es una idea santa y piadosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados” (2 M 12, 46)” (LG 50). Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor.” (CEC 958).
5. Sobre la posibilidad de expiar para evitar el purgatorio a algunas almas y que puedan ir directamente al cielo, tenemos el bello testimonio de Santa Catalina de Siena respecto de su padre, Jacopo.
Así se describe esta historia: “Mientras tanto se acercó para Giacomo el final de su vida, y se puso en cama afectado por una enfermedad. Apenas lo supo Catalina, recurrió a su Esposo pidiéndole la salud para su padre.
Pero la respuesta fue que era un bien para Giacomo no esperar otra cosa.
Catalina corrió entonces al lecho de su padre para conocer su estado de ánimo y lo halló resignado a la muerte y sin ninguna preocupación por la vida temporal. Por ello dio las gracias al Salvador de todo corazón.” (Raimondo da Capua, Vida de santa Catalina de Siena, n. 220).
No satisfecha aún, recogió de nuevo su espíritu y rezó al Señor, fuente de todas las gracias, para que, tal como había concedido a Giacomo pasar de esta vida sin culpa, le concediese también volar al cielo sin tocar el Purgatorio. La respuesta fue que en alguna
cosa al menos había que salvar la justicia y que no era posible que un alma aún no perfectamente purgada pudiese disfrutar del esplendor de la gloria. Le decía el Señor: “Aunque tu padre, entre los que se hallan a la cabeza de una familia, sea de los que han llevado una conducta irreprochable y se haya comportado conmigo con discreción, en especial en lo que se refiere a ti, si su alma no pasa a través del fuego saldrá perdiendo la justicia. Ha recogido demasiado fango y su alma se ha hecho de piedra a causa de los intereses terrenales”.
Y Catalina le dijo: “Amadísimo Señor mío, ¿cómo podré soportar la idea de que el alma de quien me trajo al mundo, que con tanta pasión me nutrió y educó, que en su vida no me hizo sino el bien, esté ardiendo en aquel fuego terrible? Por toda tu bondad te ruego y
te conjuro que no permitas que su alma salga del cuerpo sin haberlo de un modo u otro purificado de la necesidad de las llamas del Purgatorio”.
¡Qué maravilla! Habiendo en cierto modo el Señor Dios consentido en la palabra y el deseo del hombre, Giacomo perdió las fuerzas del cuerpo pero su alma no lo dejó antes de terminar aquel piadoso y santo debate, que fue largo, y durante el cual el Señor
hablaba de justicia y la virgen pedía la gracia. Por fin, después de insistir mucho, la virgen dijo: “Si no se puede obtener la gracia sin salvar de algún modo la justicia, hágase justicia sobre mí, que por mi padre estoy dispuesta a soportar cualquier pena establecida por tu bondad”. El Señor le cogió la palabra, y dijo: “Está bien, por el amor que tienes por mí acepto lo que me pides y liberaré de todas las penas el alma de tu padre: pero mientras vivas habrás de soportar por él las tribulaciones que te mande”. Y ella respondió, llena
de gozo: “Acepto, Señor, tu palabra; hágase tal como lo has ordenado”. (Ib., n. 221).
“Entonces se acercó a la cama de su padre moribundo para confortarlo, y lo llenó de alegría asegurándole de parte del Altísimo que se salvaría; no se alejó de él hasta verlo expirar. En el mismo instante en que el alma de Giacomo salió de su cuerpo, la virgen se sintió oprimida por un dolor en los costados, que llevó luego durante toda su vida; no hubo jamás un momento en que no lo sintiera, tal como ella misma y sus compañeras me lo repitieron cien veces, y tal como yo y los que también estaban con ella lo pudimos ver.” (Ib., n. 222).
6. De esta historia aprendemos lo que le pedimos a Dios cuando le pedimos que pueda expiar por todas las almas del Purgatorio.
Como puedes ver, los deseos no son suficientes. Los suspiros no son suficientes
Es necesario aceptar todas las pruebas de la vida sin quejarse.
En particular, es necesario tolerar con paciencia a las personas molestas, como se afirma en el catálogo de obras espirituales de misericordia, sin juzgar negativamente a los demás.
7. Ante todo, es necesario ser hombre de gran oración, en constante comunión con Dios para que la savia espiritual que fluye de Él en las venas de nuestra alma a través de la caridad pueda ser comunicada a quienes esperan nuestra ayuda fraterna en el Purgatorio.
Que el Señor que inspiró en ti este gran deseo lo lleve a cumplimiento conduciéndote a una vida sumamente santa.
Acompaño este deseo mío con una oración por ti.
Te bendigo,
Padre Angelo
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