Querido Padre Angelo,

¿Qué significa dar testimonio de la fe?
Me explico: ¿cómo debemos comportarnos para dar testimonio de la fe sin que nos dé vergüenza, sin miedo, pero también sin ostentación, fanatismo o incluso el riesgo de ridiculizar la fe misma? ¿Cómo podemos discernir los momentos más oportunos de los menos oportunos, sin miedo ni vergüenza (que son pecados) escondiéndonos tras la «virtud de la prudencia»?

Creo, dígame si me equivoco, que el primer testimonio, imprescindible, al que estamos llamados es el de la vida: no expresarse de ciertos modos (blasfemar, decir vulgaridades, juramentos, nombrar en vano el nombre de Dios o de la Virgen), vestirse de manera modesta, hacer pequeños actos de caridad no para propio beneficio, sino por amor a Dios, evitar murmuraciones y maldecir e intentar acabar con ellas en las conversaciones grupales. (…).

Luego está el testimonio de la palabra: decir las cosas como son cuando somos interrogados (preguntas como «¿qué piensas del aborto?», «¿por qué quieres llegar virgen al matrimonio, qué sentido tiene?», «¿por qué crees?») y en general cuando parece oportuno, decirle a alguien que las blasfemias molestan y a la pregunta «pero por qué, ¿eres creyente?» responder serenamente con un sí convencido, etc. (…).

Soy poco formado en cuanto al testimonio con los gestos exteriores, como la señal de la cruz antes de las comidas o delante de una iglesia, besar una medalla o un Rosario delante de mucha gente, tener en mano una pequeña decena del Rosario delante de todos, arrodillarme para recibir la Santa Comunión mientras se está en fila, etc.

Creo que tengo falsas creencias al respecto.

Sé que estos preceptos positivos obligan siempre, pero no en todo momento. Pero ¿cómo puedo saber cuándo es el momento?

Son de por sí gestos hermosos, pero me dejan perplejo: hacerlos de manera visible me parecen forzados y una ostentación, no hacerlos públicamente sin embargo, me deja contrariado, porque Jesús ha dicho expresamente «a quien se avergüence de mí y de mis palabras, en medio de esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él, cuando venga en la gloria de su Padre, con los santos ángeles» «Cualquiera que me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo; y quien me niegue ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en el cielo». (…).

 ¿Qué sentido tiene rezar tanto, incluso en los «tiempos muertos» del día si luego no se tiene ni siquiera el valor de dejarse ver con una pequeña decena del Rosario en la mano? Uno, a esta altura, se pregunta cuánto vale su fe.

Podría dar muchos ejemplos de este tipo, en los que se cambia el comportamiento según cuántas o qué personas haya y, según el contexto, a veces parezca algo prudente, pero también vergonzoso. (…).

Personalmente, he notado que a menudo, cuando rezo en la calle o en los medios públicos, soy menos ostentoso y más capaz de concentrarme (pero al mismo tiempo me arrepiento de no haber testimoniado la fe con gestos), mientras que si me impongo «dar testimonio» haciendo algún gesto delante de todos, pierdo la interioridad y casi me expongo a la tentación de vanagloria o en todo caso esos gestos se vuelven vacíos, forzados, sujetos a mayores distracciones, casi dañinos, y esto tampoco me gusta, pero al menos tengo la conciencia de haber hecho todo lo que tenía que hacer (o al menos en mi cabeza así me parece, aunque no estoy seguro).

A veces el ocultamiento favorece la intimidad con Dios y la humildad pero, al mismo tiempo, precisamente ese ocultamiento parece también motivo de condena o en todo caso una ofensa a Dios, quizás no grave, pero sin embargo una ofensa hecha deliberadamente.

1.Puesto que no es posible que esté mal hacer algo a que no lo haga, espero que pueda darme a mí y, si considera útil publicar la respuesta, a todos los que tienen las mismas dudas que yo, indicaciones sobre el testimonio con gestos exteriores.

2. Le pido también, si es posible, la cortesía de trazar una línea clara entre lo que es una falta leve y grave en este campo, para que, incluso en caso de caída, no siempre haya angustia de culpa, sino sólo en los casos verdaderamente graves, pidiendo perdón a Dios en los casos leves y aceptando humildemente la propia fragilidad sin perder la paz.

Le agradezco muchísimo por este servicio, tan útil de verdad, .

Desde la adolescencia, ha sido de un valor incalculable para mí, ayudándome a centrarme siempre en nuestro fin como bautizados: la santificación. Así entré en contacto con realidades que nunca había conocido en el catecismo y que, debido a la época en que nací, nunca había experimentado. Estoy seguro de que Dios valora enormemente su labor.

Las palabras del Profeta Isaías también se aplican a usted: “Reconstruirás las ruinas antiguas, restaurarás los cimientos seculares, y te llamarán «Reparador de brechas», «Restaurador de moradas en ruinas (Is 58,12).

En cuanto envíe esta pregunta, rezaré el Santo Rosario y, precisamente ahora, lo recordaré en mi oración.

Atentamente, D.


Respuesta del sacerdote

Querido D.,

Constato con satisfacción que sabes hacer muchas distinciones oportunas respecto a la pregunta que me has planteado.

1. constato con satisfacción que sabes hacer tantas oportunas distinciones a propósito de la pregunta que me has hecho.
Vengo enseguida a responder a tu pregunta: «qué significa testimoniar la fe» o también qué hacer para testimoniar la fe.
Tú dices justamente que el primer testimonio se hace con la vida. Y ejemplificas este testimonio en muchos actos concretos.
Sin embargo, el primer testimonio, anterior al de los actos mencionados, es el que se hace estando unidos al Señor por la gracia. Precisamente el próximo domingo (sexto domingo de Pascua año a) escucharemos desde San Pedro como se da testimonio de Cristo.
He aquí sus palabras, que siendo inspiradas por el Espíritu Santo, son palabras de Dios: “glorifiquen en sus corazones a Cristo, el Señor. Estén siempre dispuestos a defenderse delante de cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen. Pero háganlo con suavidad y respeto, y con tranquilidad de conciencia. Así se avergonzarán de sus calumnias todos aquellos que los difaman, porque ustedes se comportan como servidores de Cristo” (1 Pd 3,15-16).

2. El primer testimonio es aquel que se hace con la propia conducta viviendo en gracia de Dios: «adorad al Señor, Cristo, en vuestros corazones».
Es necesario que en nuestro corazón esté presente personalmente Jesús, que en el Apocalipsis se define a sí mismo como «la estrella radiante de la mañana» (Ap 22,16). Si esta luz está presente, sin ninguna ostentación, trasciende de nosotros una cierta luminosidad que remite a Cristo. Es una luminosidad que contagia, que deja una sensación de bienestar y paz en las personas que están a su lado.
Por lo tanto, lo primero que debemos hacer es adorar a Cristo en nuestros corazones y hacerlo presente secretamente a través de nuestro estado de gracia. Si no se está en gracia, se pueden realizar muchas obras buenas, se puede hablar bien de Jesucristo, pero siendo como sarmientos desprendidos de la vid no dan ningún fruto.
Jesus dijo: “ Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer (Jn 15, 4-5).
Es el principio básico del testimonio cristiano que no debe darse por sentado. Si no permanecemos en Cristo y si Cristo no habita en nosotros por la gracia, nuestro testimonio puede comunicar algo bello y atractivo desde el punto de vista externo, pero no hace presente a Cristo y no permite que su fuerza vivificante toque los corazones.

3. En segundo lugar, como dice el Espíritu Santo por boca de Pedro, es necesario saber responder a quien nos pregunte acerca de la razón de la esperanza que está en nosotros. Esto significa que es necesario estar preparados desde el punto de vista doctrinal. Es comprensible y también razonable que otros, al ver nuestra conducta, hagan preguntas y esperen respuestas persuasivas y convincentes.
No es necesario ir lejos para encontrar la respuesta porque «Toda la Escritura está inspirada por Dios, y es útil para enseñar y para argüir, para corregir y para educar en la justicia» (2 Tm 3,16). Por lo tanto, nuestro testimonio debe prepararse a través de la catequesis y la formación permanente.

4. A continuación San Pedro dice cómo se debe exponer la doctrina evangélica: «respondiendo a cualquiera», sin hacer distinciones porque a todos debemos llevar la salvación de Cristo. Además, nuestra exposición debe excluir la agresividad y la arrogancia. Debe hacerse «con dulzura», manifestando la amabilidad de Cristo, de su doctrina y de la vida cristiana.
Aun cuando algunas personas se muestren hostiles hacia nosotros, hacia la fe que profesamos y hacia lo que es religioso, debemos hacer resplandecer la mansedumbre de Cristo. ¿No ha dicho Jesucristo: «Yo los envío como a ovejas en medio de lobos»? (Lc 10, 3).
La mansedumbre desarma al arrogante y tiene la fuerza de hacerlo reflexionar, de que sea más pensativo y más razonable.
Esto debe hacerse mostrando respeto hacia cada persona. El respeto es la medida mínima de nuestro amor hacia todos.

5. Es verdad que Jesús ha dicho: “Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo los reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres” (Mt 10,32).

Pero es necesario ser prudentes como serpientes, como nos enseñó el Señor, para valorar si nuestro testimonio es necesario y si puede ser comprendido, para no resultar contraproducente.

Es justo, por tanto, recordar que los preceptos positivos obligan siempre, pero no en todo momento. Mientras que los preceptos negativos, que en nuestro caso son aquellos que prohíben negar a Jesucristo, obligan siempre y en toda circunstancia.

A veces, en situaciones particularmente críticas donde cualquier respuesta podría ser malinterpretada, se puede invocar el derecho a no declarar sobre nuestra fe religiosa ante los demás. Porque debe garantizarse para todos el derecho a la libertad religiosa.

6.Sin entrar en el análisis casuístico al que pretendes llevarme al final de tu correo, me limitaré a recordar, en términos generales, que contamos con dos recursos para discernir si nuestro testimonio puede ser oportuno.

La primera es el sentido común, que por un lado excluye la ostentación.

La ostentación molesta, puede resultar provocativa. En cualquier caso, es contraproducente. A este respecto, conviene recordar que también es necesario cierto pudor en las cosas espirituales, especialmente cuando están fuera de lugar y no pueden ser comprendidas.

7. El segundo recurso que tenemos a nuestra disposición, si vivimos en gracia, es el don de consejo, un don particular del Espíritu Santo que nos ayuda a encontrar de manera pronta y fructífera la solución a cada problema.

Recuerdo haber leído el testimonio de Lucía de Fátima que encontrándose en una grave dificultad de elección, e incluso habiendo mirado la opción equivocada porque le parecía mejor, sintió que Francisco, más pequeño que ella, iluminado por el Espíritu Santo encontró la solución. Fue una solución satisfactoria para todos.

El Espíritu Santo, sobre todo si es invocado, acude en nuestro auxilio.

8. Te agradezco todo lo que me has escrito al final de tu correo. ¡Cómo quisiera estar a la altura de lo que Dios nos pide a través del profeta Isaías!

Y sin embargo, permíteme decir que sería tan hermoso si fueras para todos «reparador de brechas y restaurador de caminos, para que [la tierra] sea habitada» (Is 58,12).
Creo vislumbrar en ti esas cualidades.

Lamento haber tenido que hacer algunos cortes a tu mensaje, pues aunque era muy hermoso, habría resultado demasiado extenso.

9.Te deseo ser testigo de Cristo, incluso antes de hablar o realizar acciones concretas.
Adorando a Cristo en tu corazón y cultivando la vida espiritual, todos podrán percibir en ti ese ‘no sé qué’ diferente, que no existe en los demás, y que en términos bíblicos y teológicos se llama gracia.
Por esto te bendigo y con gusto te acompaño con mi oración.

Padre Angelo

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