Buenas tardes Padre Angelo,

Le escribo porque, desde siempre, me hago esta pregunta pero nunca he logrado obtener una respuesta unívoca de los sacerdotes.

Cada vez que pienso haber hecho algo malo doy por hecho que recibiré un castigo de Dios, si no es el cien por cien, poco le falta

Repaso algunos pecados y ofensas que he cometido contra Dios y, en algunos momentos, ha sucedido poco después de un evento desagradable o, en cualquier caso, de gran sufrimiento.

Ahora, puedo decir que estadísticamente habré ofendido muchas otras veces al Señor sin darme cuenta, y me han pasado cosas negativas o positivas, pero no logro quitármelo de la cabeza que aunque pida perdón, siempre tendré esta especie de sombra persiguiéndome por mis errores.

Un muy querido amigo sacerdote me dijo que el castigo ya es esa sensación de error y de haber fallado, pero yo siempre me espero un evento concreto que me haga sufrir y que esté relacionado con el error que he cometido (aunque no tenga que ver, por así decirlo, con el ámbito o la temática de mi pecado).

Es una forma equivocada de vivir la cristiandad o de alguna manera, puede ayudar a fallar menos? No sé si habría fallado más, pero cada error lo vivo realmente con muchísima angustia y siento que ninguna oración me purifica de verdad.

Se lo agradezco y le recuerdo en mis oraciones.

Respuesta del sacerdote

Queridísimo,

1.las Sagradas Escrituras dicen que “nada peor que un mezquino para sí mismo, en su propio pecado lleva el castigo” (Sir 14,6).

No debemos esperar a que Dios nos castigue.

Dios permanece abierto a nosotros con un amor infinito y eterno.

2. Al pecar, somos nosotros mismos quienes nos sustraemos de su amor para entregarnos a nuestro adversario. Las Sagradas Escrituras le llaman nuestro verdugo.

Entonces: “quien peca se daña a sí mismo, porque abre la puerta a aquel que viene para robar, matar y destruir” (Jn 10,10).

3.El castigo no es solo la sensación de haber cometido un error, que te habría dicho el sacerdote. Sin dudas es esto también, pero sería muy poco porque sería suficiente un acto de voluntad para eliminar la sensación de haber cometido un error.

En cambio, existe también el daño efectivo causado por el demonio.

4. Sucede como cuando por descuido no se cierra la puerta de casa. El castigo no consiste simplemente en el remordimiento de no haberla cerrado, sino en haber permitido a los ladrones llevarse el fruto de nuestros sacrificios y muchos objetos queridos.

5. ¿Qué hacer entonces para que nuestro adversario después de habernos sorprendido sea atado y no nos dañe?

Es necesario recuperar de inmediato el estado de gracia, que es como una vestidura o un seto que impide las incursiones del demonio.

El estado de gracia puede recuperarse inmediatamente, si se desea, arrepintiéndonos del pecado cometido por haber ofendido al Señor y por haberlo preferido a nuestro opresor (Is 9,3).

6. Es necesario añadir que existe un verdadero arrepentimiento si también está presente el propósito de conformar la propia voluntad con la de Dios y, por lo tanto, el propósito de confesarse en cuanto sea posible y de comprometerse a no ofender más al Señor. De lo contrario, no se trataría de un verdadero arrepentimiento.

7.Como podemos ver, después del pecado, Dios toma la iniciativa y viene en nuestro auxilio. Inspirando el arrepentimiento por el pecado cometido y la resolución de cambiar en el futuro nos vuelve a donar de inmediato la vestidura perdida, la cual es para nosotros como un seto que anula las incursiones del adversario.

Por lo tanto, después de cada pecado cometido, provee al instante el cierre de la puerta a tu adversario y de abrirla a la acción benéfica y salvadora de la gracia.

Con el deseo de que siempre tengas cerrada la puerta a tu verdugo, te bendigo y te recuerdo en la oración.

Padre Angelo

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