Querido Padre Angelo,
Deseo la Misericordia y el perdón de Cristo y anhelo la confesión. Pero por varios compromisos, por falta de una preparación adecuada y por circunstancias desagradables no consigo ir a confesarme.
Puede el Señor Dios perdonar los pecados si un cristiano desea la confesión, aunque no haya ido a confesarse?
Cristo resucitó Aleluya Aleluya
Respuesta del sacerdote
Queridisimo
1.Precisamente el domingo pasado (segundo domingo de Pascua) escuchamos estas palabras en el Evangelio : “Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 22-23).
2. Por lo tanto lo que no es perdonado por el confesor, sea porque se ha denegado la absolución o porque voluntariamente no se ha querido confesar determinados pecados graves, tampoco es perdonado por Dios.
Dios de hecho ató su perdón al perdón de la Iglesia, como se evidencia claramente de las palabras arriba mencionadas.
3. La absolución puede haber sido negada por diversos motivos. Por ejemplo, porque el pecado cometido está reservado a un juez superior, como en los cinco casos en los que los pecados sólo pueden ser absueltos por el Romano Pontífice a través de la Penitenciaría Apostólica. O bien porque el penitente no manifiesta algún arrepentimiento ni voluntad de hacer esfuerzo alguno para enmendarse. El Señor, al emplear las palabras “ a quien….y a quien”, no quiere que la absolución se conceda de manera superficial a quien no está dispuesto.
Sería como profanar el sacramento y exponerlo a su ineficacia.
Según Sant’Alfonso, un sacerdote confesor que no se preocupa por verificar o suscitar las debidas disposiciones cometería una grave falta de caridad.
(Theologia moralis, I. VI, n.608).
4. Uno de los motivos por el cual es necesario confesar sus propios pecados a un sacerdote, que es simultáneamente Ministro de Dios y de la Iglesia, también consiste en esto: con el pecado no solo se daña uno a sí mismo, sino que también se causa daño a la Iglesia.
5. Juan Pablo II en Reconciliatio et poenitentia escribe: “Quien desee indagar el misterio del pecado no podrá dejar de considerar esta concatenación de causa y efecto. En cuanto ruptura con Dios el pecado es el acto de desobediencia de una criatura que, al menos implícitamente, rechaza a aquel de quien salió y que la mantiene en vida; es, por consiguiente, un acto suicida. Puesto que con el pecado el hombre se niega a someterse a Dios, también su equilibrio interior se rompe y se desatan dentro de sí contradicciones y conflictos. Desgarrado de esta forma el hombre provoca casi inevitablemente una ruptura en sus relaciones con los otros hombres y con el mundo creado. Es una ley y un hecho objetivo que pueden comprobarse en tantos momentos de la psicología humana y de la vida espiritual, así como en la realidad de la vida social, en la que fácilmente pueden observarse repercusiones y señales del desorden interior. El misterio del pecado se compone de esta doble herida, que el pecador abre en su propio costado y en relación con el prójimo. Por consiguiente, se puede hablar de pecado personal y social. Todo pecado es personal bajo un aspecto; bajo otro aspecto, todo pecado es social, en cuanto y debido a que tiene también consecuencias sociales.” (RP 15).
6.Y añade: “En virtud de una solidaridad humana tan misteriosa e imperceptible como real y concreta”(RP 16) “el pecado de cada uno repercute, de cierta manera, en los demás. Es ésta la otra cara de aquella solidaridad que, a nivel religioso, se desarrolla en misterio profundo y magnífico de la comunión de los santos, merced a la cual se ha podido decir que «toda alma que se eleva, eleva al mundo». A esta ley de elevación corresponde, por desgracia, la ley del descenso, de suerte que se puede hablar de una comunión del pecado, por el que un alma que se abaja por el pecado abaja consigo a la Iglesia y, en cierto modo, al mundo entero. En otras palabras, no existe pecado alguno, aun el más íntimo y secreto, el más estrictamente individual, que afecte exclusivamente a aquel que lo comete. Todo pecado repercute, con mayor o menor intensidad, con mayor o menor daño en todo el conjunto eclesial y en toda la familia humana” (RP 16).
7. Dices que por varios compromisos no tienes la posibilidad de ir a confesarte. Pero acaso la confesión no es uno de los compromisos más importantes para una persona privada de la gracia de Dios?
¿Es poca cosa estar expuesto a la perdición eterna por estar en pecado mortal? Por supuesto, puede pasar que, en lo inmediato, falte la oportunidad de confesarse. En ese caso, como recuerda el Magisterio de la Iglesia, para volver a la gracia se requiere un acto de contrición perfecta, la cual es tal si incluye el propósito de confesarse.
Está claro que mientras tanto no es lícito recibir la Sagrada Comunión, al ser consciente de haber cometido un pecado grave, primero uno tiene que estar reconciliado con Dios y con la Iglesia.
8. Juan Pablo II en la Ecclesia de Eucharistia de manera muy fuerte dice: “precisamente en este sentido, el Catecismo de la Iglesia Católica establece: «Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar». Deseo, por tanto, reiterar que está vigente y lo estará siempre en la Iglesia, la norma con la cual el Concilio de Trento ha concretado la severa exhortación del apóstol Pablo, al afirmar que, para recibir dignamente la Eucaristía, «debe preceder la confesión de los pecados, cuando uno es consciente de pecado mortal» (EE 36).
Con el deseo de que mientras tanto te hayas confesado, o mejor aún, que estés determinado a confesarte de manera regular y frecuente, te bendigo y te recuerdo en la oración.
Padre Angelo
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