Buenos días Padre Angelo, quisiera pedirle:
si una persona se arrepiente y se convierte, ¿obtiene la gracia de Dios aun sin confesarse?
Gracias.
Le saludo cordialmente.
Anna

Respuesta del sacerdote

Querida Anna, 

1. obtiene la gracia de Dios solamente el que tiene el propósito de confesarse.
De hecho si uno se convierte está bien dispuesto a cumplir lo que el Señor ha mandado al instituir este sacramento: «Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan» (Jn 20, 23).

2. Si fuera como has dicho, el Señor habría instituido inútilmente este sacramento.
Hubiera podido decir sencilla y llanamente: es suficiente con que se arrepientan y que se conviertan de corazón ante mí.

3. Son muchas las razones por las que el Señor ha querido que el perdón de los pecados pasara a través de este Sacramento.
Permíteme recordar solamente, que el encuentro con el sacerdote tiene una connotación fuertemente terapéutica.
El sacerdote tiene el deber de estimular y verificar que haya auténtico arrepentimiento.
El sincero arrepentimiento incluye efectivamente, el propósito de no volver a pecar en adelante, y de no permanecer en la propia situación de pecado.

4. Deseo recordar también que la confesión sacramental ante el sacerdote, ministro de la Iglesia, no sólo comprende la reconciliación con Dios, nuevamente crucificado en nuestro corazón (cfr. Eb 6,6), sino también con la Iglesia, que a causa de nuestro pecado se ha visto ofendida y empobrecida.
A propósito de ello, el santo Papa Juan Pablo II dice: “en virtud de una solidaridad humana tan misteriosa e imperceptible como real y concreta, el pecado de cada uno repercute en cierta manera en los demás. Es ésta la otra cara de aquella solidaridad que, a nivel religioso, se desarrolla en el misterio profundo y magnífico de la comunión de los santos, merced a la cual se ha podido decir que «toda alma que se eleva, eleva al mundo». A esta ley de la elevación corresponde, por desgracia, la ley del descenso, de suerte que se puede hablar de una comunión del pecado, por el que un alma que se abaja por el pecado abaja consigo a la Iglesia y, en cierto modo, al mundo entero. En otras palabras, no existe pecado alguno, aun el más íntimo y secreto, el más estrictamente individual, que afecte exclusivamente a aquel que lo comete. Todo pecado repercute, con mayor o menor intensidad, con mayor o menor daño en todo el conjunto eclesial y en toda la familia humana” (Reconciliatio et Paenitentia 16).

5. Es esclarecedor lo que San Agustín dice en relación a esto: “Quien se arrepiente, lo haga completamente, y muestre su dolor con lágrimas.
Presente ante Dios su vida a través del sacerdote, prevenga el juicio de Dios con la confesión…
La misma vergüenza (erubescentia) tiene un rol en el perdón.
Es por misericordia que el Señor ordenó que nadie hiciera penitencia de forma oculta.
Por el hecho mismo que uno dice personalmente al sacerdote sus propios pecados y vence la vergüenza porque ha ofendido a Dios es que hay perdón de la culpa: con la confesión es digno de perdón aquello que era culpable al momento de cumplirse; y aunque no esté del todo purificado, sin embargo se convierte en venial aquello que había sido mortal. De hecho, ha pagado bastante, quien, venciendo la vergüenza, no ha negado al legado de Dios ninguna de las cosas que cometió. (…).
Y puesto que la vergüenza es una gran pena, quien enrojece por Cristo se hace digno de recibir misericordia” (De vera et falsa paenitentia, 10, 25).

6. Por fin deseo recordar lo que afirma San Francisco de Sales, doctor de la Iglesia y gran maestro de vida espiritual: y es que en la confesión el fiel “no sólo recibe la absolución de los pecados, sino también una fuerza para evitarlos en el porvenir, una luz más viva para distinguirlos y una gracia abundante para reparar los daños causados.
Además fortalece las virtudes de la humildad, de la obediencia, de la simplicidad y de la caridad; de manera que con una sola confesión habrá más actos virtuosos que en cualquier otro ejercicio piadoso” (Filotea, cap. 19).

Deseando que hagas muchas acciones virtuosas con un solo acto como el de la confesión sacramental, te bendigo y recuerdo en la oración.

Padre Angelo

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