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Pregunta

Querido Padre Angelo,

Encontrándome en la IV semana del Mes Ignaciano en preparación para la Vestición, aprovecho para hacerle una pregunta que me surgió meditando algunas reflexiones del predicador de los ejercicios…

Muchas veces el padre jesuita ha contrapuesto el ofrecimiento del sufrimiento con la aceptación del sufrimiento… ¿podría aclararme estos conceptos?

Un cordial saludo en Cristo y una oración.


Respuesta del sacerdote

Querido mio,

1. Creo que el padre jesuita pretende aludir a la distinción entre purificaciones activas y purificaciones pasivas.

Las purificaciones activas son aquellas que parten de nosotros. Las pasivas son las que parten de Dios.

2. Las activas se exprimen a través de los pequeños sacrificios, las prácticas y las penitencias que hacemos de nuestra espontanea voluntad.

En tales prácticas se puede ocultar la insidia del amor propio y del sentirse superiores.

Las pasivas son más purificadoras porque aquí el ardor del amor propio es aplacado directamente por el Señor.

3. Con esto parecería que las purificaciones activas, que esconden insidias, deban ser consideradas con recelo e incluso evitadas.

Pero creerlo es un engaño.

Porque es precisamente a través de ellas, que en el cristiano surgen por el deseo de cooperar con Cristo en la redención del mundo, que se recibe fuerza y ​​disponibilidad para acoger a las pasivas.

4. Por eso Tomás de Kempis, o quien por él, dijo en la Imitación de Cristo: ama nesciri et pro nihilo computari (“ama ser ignorado y contado como nada” o aun “desea que no te conozcan ni te estimen”).

Tenemos que cuidar nosotros mismos la primera parte, evitando las ganas de aparecer para recibir los aplausos del mundo.

En la segunda parte, en cambio, debemos aceptar que los demás -casi como enviados por Dios- nos “poden”.

5. Sin embargo, no se trata de una simple resignación, sino como hemos escuchado en la segunda lectura de la Misa del domingo pasado (22° del Tiempo Ordinario, año A) de “ofrecerse ustedes mismos como una víctima viva, santa y agradable a Dios: este es el culto espiritual que deben ofrecer.” (Rom 12, 1).

Y debemos ofrecer este sacrificio en profunda comunión y simbiosis con Cristo, el cual “ofreciéndose voluntariamente a su pasión, tomó el pan y dio gracias, lo partió y dijo: esto es mi cuerpo ofrecido en sacrificio por ustedes”.

6. Así también nosotros tomamos libremente las cruces que se nos envían y decimos como el venerable Girolamo Savonarola cuando le dijeron que habían venido a arrestarlo, a juzgarlo y condenarlo a muerte: “Gracias Señor por llamarme a ser semejante a Ti“.

Y así como Cristo partió el pan para donarlo, así también, después de haber tomado nuestras cruces en nuestras manos, en lugar de rechazarlas, las hacemos don a Dios y al mundo.

Y decimos: “Este es mi cuerpo ofrecido en sacrificio por ustedes”, “Esta es mi sangre derramada por ustedes para el perdón de los pecados”.

7. El padre jesuita hizo bien en hacer esa distinción para recordar que la obra de Dios es más preciosa que la nuestra.

Pero luego esta aceptación de la obra de Dios se convierte necesariamente en ofrenda. De lo contrario, todo es en vano.

8. Te deseo lo mejor en este momento tan importante de tu vida, al comienzo de un nuevo camino en el que el Señor te llama a consagrarte sacerdote y apóstol siguiendo las huellas de Santo Domingo.

Con tu entrada en la Orden me alegro de haber recibido un hermano más y alabo la fidelidad del Señor en cumplir lo que ha dicho: “Y el que a causa de mi Nombre deje casa, hermanos o hermanas, padre, madre, hijos o campos, recibirá cien veces más y obtendrá como herencia la Vida eterna” (Mt 19,29).

Con mucho gusto te recuerdo al Señor y te bendigo.

Padre Angelo