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Cuestión

Querido Padre Angelo

Soy un sacerdote dispensado de la obligación del celibato y estoy casado.

Intento vivir en la Gracia de Dios cada día con las considerables dificultades de….

En realidad, soy un desecho… pero ofrezco todo al Señor y este capital de gracia que viene de este sufrimiento lo ofrezco por la Iglesia y para que el reino de Dios venga pronto. Estoy meditando sobre el significado de mi indeleble carácter espiritual sacerdotal.

En el Catecismo de la Iglesia Católica está escrito:

1582 como en el caso del Bautismo y la Confirmación, esta participación al servicio de Cristo se concede de una vez por todas. El sacramento del Orden confiere, también, un carácter espiritual indeleble y no puede repetirse ni conferirse por un tiempo limitado.

1583 una persona válidamente ordenada puede ciertamente, por razones graves, ser dispensada de las obligaciones y funciones vinculadas a la ordenación o prohibírsele su ejercicio, pero no puede ya convertirse en un laico en el sentido estricto de la palabra, ya que el carácter impreso por la ordenación permanece para siempre. La vocación y la misión recibidas el día de su ordenación le marcan permanentemente.

Me siento marginado… me gustaría una profundización para vivir y comprender este hecho de carácter indeleble. Me gustaría hacer mucho… pero ahora sólo puedo rezar… y sé que no es poco….

Bendíceme


Respuesta del sacerdote

Querido,

1. El Catecismo de la Iglesia Católica dice, con razón, que un sacerdote ya no puede convertirse en un laico en el sentido estricto de la palabra. Es reducido al estado laico por la Iglesia, de modo que ya no puede celebrar ordinariamente los sacramentos en el seno de la comunidad cristiana, pero en su alma permanece siempre indeleblemente conformado a Cristo Cabeza y Buen Pastor.

2. Si se te prohíbe celebrar el culto externo, no se te prohíbe, sin embargo, celebrar el culto interno no sólo como bautizado y partícipe del sacerdocio común de todos los fieles, sino también como sacerdote, conformado con Cristo Cabeza y buen pastor. Los sacerdotes no sólo rezan por devoción personal, sino también por oficio, por comisión recibida. Tienen la obligación de hacerlo. Deben rezar como sacerdotes por el pueblo. Dios les ha encargado que lo hagan. En el Antiguo Testamento (cf. Nm 8,18-19) leemos que deben rezar por el pueblo (orent pro eis) para que no tropiece en el mal (ne sit in populo plaga).

3. Para ilustrar el poder de la oración del sacerdote, presento una bellísima página de San José Cafasso, definido en su tiempo como la perla del clero italiano. Aquí está. «Ahora bien, si esto es cierto de la oración en general, ¿qué será de la que se hace por oficio, por medio de una persona expresamente destinada a esa causa por la cual se presenta a Dios? ¿Habéis tenido alguna vez en cuenta la diferencia que pasa entre quien se presenta ante un Soberano como simple súbdito y particular para implorar un favor, una gracia, y quien, revestido de un poder y sostenido por su calidad, se da a conocer y es recibido y escuchado con el debido respeto? No ruega, sino que representa; no pide, sino que acuerda, y es casi imposible que sus recomendaciones se pierdan y fracasen. 

Tal es, hermanos míos, nuestra condición en la tierra: mientras un simple creyente reza, es un particular que suplica y pide misericordia; pero cuando nosotros rezamos, especialmente en el altar, y siempre que lo hacemos de oficio, nos presentamos no como puros suplicantes, sino como personas con derecho a representar, pedir y acordar.

Imaginemos a una persona que es tomada como mediadora, y por ambas partes, como nosotros; no se limita a rezar, sino que propone, aconseja, persuade y dice: esto hay que hacerlo, esto no; esto sería bueno de esta manera, de otra no, así que hagámoslo. Observa cómo habla el ministro de un soberano cuando va a su audiencia; no se pone a suplicar, sino que a lo sumo se va pintando y explicando sus razones a su soberano; pero pronto concluye: «Majestad, hay que hacerlo así».

Aquí en estos dos personajes está la figura de un sacerdote que se pone a rezar, aquí está la diferencia entre nosotros y los simples fieles. ¡Y que venga cualquiera de los fieles, aunque sea bueno y santo, si puede usar ese lenguaje con su Señor…! ¡Ah! ¡si un sacerdote estuviera penetrado por su calidad y armado con esta fe, cuando se pone a rezar! – Si dijera, Señor, tú me conoces, soy tu ministro, soy el mismo a quien quisiste confiar la misión de representarte en la tierra, de prevenir los pecados, de salvar las almas, de ganar a los pecadores; ahora estoy aquí para ocuparme precisamente de uno de estos asuntos. Ya sabes, está ese escándalo, está esa alma que no quiere saber nada, está esa cadena que hay que romper, está esa obra de tu gloria que no puede seguir adelante, tantas son las dificultades; ya he hecho lo que he podido para inducir, para prevenir, para ganar, es inútil, ya no me basta, por eso he tenido que acudir a ti, porque sé que con poco lo acabarás todo.

Ahora dime, si Dios quiere despedir con las manos vacías a uno de sus ministros que le habla de esta manera y para tal asunto, cuando él mismo se lo ha confiado, lo disfruta y tiene todo el deseo de que tenga éxito. Es imposible que el Señor quiera negarse; es algo que ni siquiera se puede concebir» (San José Cafasso, Ejercicios espirituales para el clero, pp. 409-411).

4. Este oficio sacerdotal no te ha sido quitado. La tienes y con gran humildad, como todos nosotros, estás llamado a ejercerla. Como ves, todavía puedes hacer un bien inmenso. Es el talento que se te ha confiado y que debes seguir haciendo fructificar y ahora, quizás, incluso mejor que antes. 

Con gusto te encomiendo al Señor y te bendigo.

Padre Ángelo