Querido Padre Angelo,
mi vida no es serena y no puede serlo porque no puedo acceder a la confesión Sacramental porque estoy divorciado y me he vuelto a casar.
Voy a Misa cada Domingo y varios días entre semana.
Rezo cada día y mucho, leo también en la misa, soy amigo del sacerdote que conoce mi situación, hago la confesión espiritual cada día, pero estoy en pecado mortal y siento que debo confesarme para liberar mi alma.
Leo la Sagrada Escritura y sé que los pecados que no son desatados en la tierra por un ministro de Dios no serán desatados en el cielo, me da miedo la idea de que no podré participar de la vida eterna con Dios y con todas las almas Santas, sino que acabaré en el infierno por pecados mortales no confesados. Espero que el Señor me ofrezca esta posibilidad antes de morir.
Ayúdeme por favor si puede, quisiera volver a sentir la gracia de Jesús en mi corazón.
Le agradezco la respuesta que me enviará y la saludo con un abrazo desde lo más profundo de mi corazón.
Fausto.


Querido Fausto,
1. entiendo muy bien tu deseo, que se parece a lo que David expresó con estas palabras: “Oh Dios, tú eres mi Dios desde la aurora te busco; mi alma está sedienta de ti, mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua.” (Sal 63,2).
Es el deseo más profundo de cada persona.
Ningún corazón humano puede satisfacerlo.
Sólo Dios puede llenar el corazón del hombre.

2. Tu deseo es bueno y es justo, pero se vuelve inalcanzable si al mismo tiempo te empeñas en permanecer en un camino que no conduce al Señor.
No hablo simplemente del hecho de que estás divorciado y casado con otra persona, porque aunque es una situación que objetivamente no se ajusta a la voluntad de Dios y contradice la alianza nupcial según la cual uno ha prometido a su cónyuge serle fiel en las buenas y en las malas, sin embargo, si uno está arrepentido y de momento no puede volver atrás y se abstiene de comportarse en su intimidad de forma adúltera, puede al menos subjetivamente vivir en la gracia de Dios.

3. Tú mismo reconoces que no estás en una situación correcta. Admites claramente que estás en pecado mortal. Tu testimonio es muy valioso. Una vida de oración tan intensa sólo puede traer mucha luz a tu vida. Y aunque algunos sacerdotes y tal vez incluso obispos digan que una vida como la tuya podría integrarse tranquilamente con la recepción de los Sacramentos, tú mismo adviertes que esto no sería verdadero y no daría frutos. Y muestras así, al menos en lo que respecta a los principios inspiradores de la vida cristiana, que caminas en la verdad (cf 2 Jn 1,4).

4. Personalmente, no puedo entender por qué en algunos documentos que tratan de la pastoral de los divorciados que se han vuelto a casar nunca se citan las siguientes palabras del Señor: “Cualquiera que repudiare a su mujer, y se casare con otra, comete adulterio contra ella. Y si la mujer repudiare a su marido y se casare con otro, comete adulterio.” (Marcos 10, 11-12).
No puedo entenderlo porque me pregunto: ¿De qué sirve entonces la luz de Cristo? ¿No debería dirigir y transformar nuestras vidas?
La Palabra del Señor se nos da últimamente precisamente por esta razón.

5. Por lo tanto, lo primero que te digo es esto: continúa con tu intensa vida de oración.
Es esta luz que te permite discernir bien lo que une al Señor y lo que separa de Él, lo que le agrada y lo que no.

6. Lo segundo es lo siguiente: si quieres respirar en comunión con el Señor, si quieres disfrutar de su presencia de la que nada es más dulce y duradero en este mundo, tienes que quererle, amarle con todo tu corazón.
lo amas si tu voluntad desea ser conforme a su voluntad en todo.
Esta es la premisa indispensable que el Señor ha puesto para disfrutar de su presencia: “El que me ama hace caso a mi palabra; y mi Padre le amará, y mi Padre y yo vendremos a vivir con él.” (Juan 14,23).
No es una premisa arbitraria, es intrínseca a la verdadera amistad.
Tanto es así que después de decir eso el Señor añade que quien no hace caso a su palabra no lo ama (cf Juan 14,24).
San Juan repite esta idea en su primera carta: “Quien dice:  «Yo lo conozco» (que significa “lo amo”, N. del A.), y no cumple sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él.
Pero en aquel que cumple su palabra, el amor de Dios ha llegado verdaderamente a su plenitud.” (1 Juan 2,4-5).

7. La consecuencia de amar al Señor con todo tu corazón consiste en dejar las relaciones de intimidad porque seguirías dándote a quien no te pertenece.
Tu mujer es otra.
Estas relaciones, que en realidad son adulterio, no te ayudan a crecer más en ese amor siempre fiel con el que Dios ama al hombre y con el que Jesucristo ama a su Iglesia.

8. Cómo bien entiendes no te digo nada nuevo.
Es lo que enseña la Iglesia en Familiaris consortio de San Juan Pablo II: “La Iglesia, sin embargo, reafirma su práctica fundada en la Sagrada Escritura, que las personas divorciadas que se han vuelto a casar no pueden acceder a la Comunión eucarística .
Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía.
Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio.
Para los fieles que permanecen en esa situación matrimonial, el acceso a la Comunión eucarística sólo se abre por medio de la absolución sacramental, que puede ser concedida «únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio.
Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, -como, por ejemplo, la educación de los hijos- no pueden cumplir la obligación de la separación, “asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos”» (FC 84).

9. Espero que esa oración constante e intensa dirigida al Señor te obtenga pronto la gracia que recibió San Agustín, que a un cierto momento de su vida se sintió liberado “de la sarna de las pasiones, inquietas y que dan picor” (Confesiones, IX, 1).
Vivir en castidad dejará de parecerte un peso, sino lo sentirás cómo una exigencia del corazón.
De ese corazón que ahora goza de la presencia personal del Señor.

10. No puedo pensar en una vida de oración tan intensa como la tuya sino cómo una gracia impagable que el Señor te ha dado, cómo requisito previo para conseguir todo lo demás.

Gracias por tu testimonio.
Te garantizo con gusto mis oraciones y te bendigo.
Padre Angelo

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