Buenos días padre Angelo.
Tengo una sencilla pregunta: qué concepto tiene la Santa Iglesia acerca del espiritualismo filosófico.
Le saludo y agradezco.
Respuesta del sacerdote
Muy querido,
1. por espiritualismo en el ámbito moral se entiende aquella corriente de pensamiento que reduce el ser humano solamente a su dimensión espiritual.
El cuerpo humano no sería un elemento esencial de la persona, sino la realidad a través de la cual ella se manifiesta.
El error más que nada, está en el ámbito antropológico antes que en el ético.
2. En el ámbito moral las consecuencias de la reducción de la persona humana tan solo al aspecto espiritual son gravísimas, porque si el cuerpo no es esencial para la persona humana, la norma moral nace exclusivamente de lo que uno decide.
Si en cambio el cuerpo es elemento esencial de la persona, las inclinaciones del cuerpo son inclinaciones de la persona. Estas inclinaciones indican cuál es el significado del cuerpo y en último análisis de la persona.
3. Concretamente, si miramos por ejemplo el ámbito de la sexualidad, si el cuerpo es solamente el sitio en el que se manifiesta la persona, cada uno puede hacer de la sexualidad lo que se le antoja.
Para que una acción suya sea buena o mala, alcanzaría con que su intención fuera buena o mala.
En cambio si el cuerpo es elemento esencial de la persona, la sexualidad revela su significado específico, que es el de la donación total de sí, la que cuando abarca al cuerpo, es también donación de la propia capacidad de ser padre y madre.
Si se excluye esta finalidad, la donación de sí queda alterada. Deja de ser donación de sí, de la totalidad de la propia persona, del propio corazón, de la propia mente, del propio destino. Se reduce a una pura experiencia lúdica,de placer, en la que falta lo que convierte ese acto en algo verdaderamente humano, es decir un don total y exclusivo de la propia persona.
4. El espiritualismo en cambio, hace lícita cualquier cosa, el requisito es que haya buena intención.
El santo Papa Juan Pablo II en la encíclica Veritatis splendor puso muy bien en relieve los límites y lo inaceptable que es el espiritualismo, evidenciando también el error antropológico: “En cambio, otros moralistas, preocupados por educar en los valores, son sensibles al prestigio de la libertad, pero a menudo la conciben en oposición o contraste con la naturaleza material y biológica, sobre la que debería consolidarse progresivamente. A este respecto, diferentes concepciones coinciden en olvidar la dimensión creatural de la naturaleza y en desconocer su integridad. Para algunos, la naturaleza se reduce a material para la actuación humana y para su poder. Esta naturaleza debería ser transformada profundamente, es más, superada por la libertad, dado que constituye su límite y su negación. Para otros, es en la promoción sin límites del poder del hombre, o de su libertad, como se constituyen los valores económicos, sociales, culturales e incluso morales. Entonces la naturaleza estaría representada por todo lo que en el hombre y en el mundo se sitúa fuera de la libertad. Dicha naturaleza comprendería en primer lugar el cuerpo humano, su constitución y su dinamismo. A este aspecto físico se opondría lo que se ha construido, es decir, la cultura, como obra y producto de la libertad. La naturaleza humana, entendida así, podría reducirse y ser tratada como material biológico o social siempre disponible. Esto significa, en último término, definir la libertad por medio de sí misma y hacer de ella una instancia creadora de sí misma y de sus valores. Con ese radicalismo el hombre ni siquiera tendría naturaleza y sería para sí mismo su propio proyecto de existencia. ¡El hombre no sería nada más que su libertad!” (VS 46).
“Ellos dicen que el hombre, como ser racional, no sólo puede, sino que incluso debe decidir libremente el sentido de sus comportamientos (…) Los mecanismos de los comportamientos propios del hombre, así como las llamadas «inclinaciones naturales», establecerían al máximo —como suele decirse— una orientación general del comportamiento correcto, pero no podrían determinar la valoración moral de cada acto humano, tan complejo desde el punto de vista de las situaciones (VS 47).
5. El magisterio declara: “Esta teoría moral no está conforme con la verdad sobre el hombre y sobre su libertad. Contradice las enseñanzas de la Iglesia sobre la unidad del ser humano, cuya alma racional es «per se et essentialiter» la forma del cuerpo. El alma espiritual e inmortal es el principio de unidad del ser humano, es aquello por lo cual éste existe como un todo – «corpore et anima unus» – (Gaudium et spes, 14) en cuanto persona. Estas definiciones no indican solamente que el cuerpo, para el cual ha sido prometida la resurrección, participará también de la gloria; recuerdan, igualmente, el vínculo de la razón y de la libre voluntad con todas las facultades corpóreas y sensibles (…). Y desde el momento en que la persona humana no puede reducirse a una libertad que se autoproyecta, sino que comporta una determinada estructura espiritual y corpórea, la exigencia moral originaria de amar y respetar a la persona como un fin y nunca como un simple medio, implica también, intrínsecamente, el respeto de algunos bienes fundamentales, sin el cual se caería en el relativismo y en el arbitrio”. (VS 48).
6. Más concretamente aún una doctrina que separe el acto moral de las dimensiones corpóreas de su ejercicio es contraria a las enseñanzas de la sagrada Escritura y de la Tradición. Tal doctrina hace revivir, bajo nuevas formas, algunos viejos errores combatidos siempre por la Iglesia, porque reducen la persona humana a una libertad espiritual, puramente formal. Esta reducción ignora el significado moral del cuerpo y de sus comportamientos (cf. 1 Co 6, 19). El apóstol Pablo declara excluidos del reino de los cielos a los «impuros, idólatras, adúlteros, afeminados, homosexuales, ladrones, avaros, borrachos, ultrajadores y rapaces» (cf. 1 Co 6, 9-10). Esta condena —citada por el concilio de Trento 88— enumera como pecados mortales, o prácticas infames, algunos comportamientos específicos cuya voluntaria aceptación impide a los creyentes tener parte en la herencia prometida. En efecto, cuerpo y alma son inseparables: en la persona, en el agente voluntario y en el acto deliberado, están o se pierden juntos” (VS 49)
7. En otro documento del magisterio, La carta a las familias “Gratissimam sane” del 2 de febrero de 1994 el Santo Papa Juan Pablo II indica el punto preciso de la historia en que comenzó la desviación del espiritualismo, con todas sus consecuencias morales: “Por desgracia el pensamiento occidental, con el desarrollo del racionalismo moderno, se ha ido alejando de esta enseñanza (se refiere al sentido bíblico y paulino, n.d.r.) El filósofo que formuló el principio «Cogito, ergo sum»: «Pienso, luego existo», ha marcado también la moderna concepción del hombre con el carácter dualista que la distingue. Es propio del racionalismo contraponer de modo radical en el hombre el espíritu al cuerpo y el cuerpo al espíritu. En cambio, el hombre es persona en la unidad de cuerpo y espíritu. El cuerpo nunca puede reducirse a pura materia: es un cuerpo «espiritualizado», así como el espíritu está tan profundamente unido al cuerpo que se puede definir como un espíritu «corporeizado». La fuente más rica para el conocimiento del cuerpo es el Verbo hecho carne. Cristo revela el hombre al hombre. Esta afirmación del concilio Vaticano II es, en cierto sentido, la respuesta, esperada desde hacía mucho tiempo, que la Iglesia ha dado al racionalismo moderno” (n. 19).
Te agradezco por la pregunta que conduce a la raíz de muchas afirmaciones erradas también de ciertos teólogos, quienes dicen que la encíclica Veritatis splendor habría que revisarla y volverla a escribir.
En cambio sería más oportuno que revisaran y volvieran a escribir lo que ellos afirman.
Te bendigo, te deseo una feliz continuación del tiempo pascual y te recuerdo en la oración.
Padre Angelo

