Querido padre Angelo,
soy una chica de 18 años, crecí  en una familia cristiana, pero no demasiado practicante. Personalmente desde chica siempre sentí a Dios cerca mio, ya mientras iba a catecismo entre los 10-11 años decía algunas oraciones, claro no todos los días porque no tenía conciencia de lo que quería decir ser verdaderos cristianos. De todos modos lo hacía porque me daba paz. En los años siguientes comencé a experimentar miedos e inseguridades, que me llevaron a orar aun más. Hacia los 16 años decidí tomar en serio mi vida cristiana, y durante todo el verano experimente la cercanía de Dios, comencé a rezar y a confiar más en Él y muchos de mis miedos  si bien no desaparecieron sí que disminuyeron, en septiembre decidí de rezar el Rosario y de orar mañana y tarde. Al comienzo logré mantener este propósito, luego comencé a vivirla como una obligación y una costumbre y la deje de lado. Entonces se volvieron a presentar las viejas inseguridades y concentrándome en estas cosas pensé que nunca lograría hacer nada en la vida. (…). ¿Qué debo hacer para volver a recuperar el fervor?


Respuesta del sacerdote

Muy querida,
1. espero que este momento de apatía haya pasado y en su lugar haya reaparecido el fervor.
¿Qué hacer cuando hay momentos o períodos de este tipo?
Tengo la impresión que, tal vez de una u otra forma, todos pasan por ello. A priori pienso que Dios lo permite para que nuestra vida espiritual recobre fervor.
La tentación de estancarse existe siempre.
San Bernardo decía que Dios a veces parece esconderse. Pero lo hace para que lo busquemos con renovado fervor.

2. Un buen método para recuperar el fervor es sin duda el de ponerse delante del Evangelio. A veces alcanza tan solo una palabra de Jesús, para que como una chispa, todo se incendie nuevamente.
Esto ocurre sobre todo cuando la palabra del Señor que se ha leído o escuchado, se guarda en el corazón y se trata en seguida de ponerla en práctica.
Cuando se pone en práctica el Evangelio es como si se pusiera una semilla en el terreno. Un poco a la vez esta semilla germina y trae vida.
Jesús dijo: “Yo soy la vida” (Jn 10, 10)

3. Santa Teresa del Niño Jesús, tenía un método aún más sencillo.
En su autobiografía, llamada Historia de un alma, dice: “A veces, cuando mi espíritu está tan seco que me es imposible sacar un solo pensamiento para unirme a Dios, rezo muy despacio un «Padrenuestro», y luego la salutación angélica. Entonces, esas oraciones me encantan y alimentan mi alma mucho más que si las rezase precipitadamente un centenar de veces.”.. (Historia de un alma).

4. Inténtalo tú también: mientras dices la palabra “Padre”, piensa que Dios es tu Padre, que te ama tiernamente y que en ese momento te provee de todo: comenzando por lo que te rodea. Es Él quien te lo concede y conserva como signo de su amor.

5. Santa Teresa decía esta oración “muy lentamente”.
Permitía que cada palabra de esa divina oración penetrara como agua en su corazón.
Por lo tanto, después de haber dicho “Padre”, no pases rápidamente a decir “Nuestro”.

6. San Francisco contaba que cuando decía el Padrenuestro, en las primeras palabras quedaba encantado, y no podía seguir adelante.
Permanencia en una actitud de amor: un amor que recibía de parte de Dios Padre, y de un amor que a su vez entregaba.

7. Santa Teresa del Niño Jesús dice que esto le ocurría también al rezar muy lentamente “el saludo del ángel”. El saludo del ángel es el Ave María.
También esta oración, cuya primera parte viene del Cielo, es capaz de volver a encender el corazón.

8. En el mismo pasaje Santa Teresa sigue escribiendo: “La Santísima Virgen me demuestra que no está disgustada conmigo. Nunca deja de protegerme en cuanto la invoco. Si me sobreviene una inquietud o me encuentro en un aprieto, me vuelvo rápidamente hacia ella, y siempre se hace cargo de mis intereses como la más tierna de las madres. ¡Cuántas veces, hablando a las novicias, me ha ocurrido invocarla y sentir los beneficios de su protección maternal” (Historia de un alma).
No creas que la Virgen tenga esta actitud solamente con los santos. Ella la tiene para con todos, también con los pobres pecadores.
Por lo tanto aprende a volverte a menudo hacia Ella y desde lo más hondo de tu corazón llámala para que encienda tu fervor.
No hace falta mucho para hacer esto. Se trata de un breve instante y la sorpresa es la de pasar a experimentar su amor materno aun en las cosas más pequeñas.

Haz tú lo mismo.
Te bendigo, te deseo todo bien y te recuerdo en la oración.
Padre Angelo

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