1. Este correo me da la oportunidad de compartir con todos nuestros visitantes los tesoros que descubriste al hojear el Misal Romano.

Antiguamente, los sacerdotes debían recitar estas y otras oraciones de rodillas en la sacristía. Tenían una hoja grande de papel delante para leerlas antes y después de la Misa.

Cualquiera que fuera a la sacristía encontraba al sacerdote arrodillado ante esa hoja. Mientras tanto, la sacristía permanecía en completo silencio porque el sacerdote estaba rezando.

Solo después de ponerse de pie se podía conversar con él.

2. Hoy en día, esta regla ya no es obligatoria. Sin embargo, se anima a los sacerdotes a rezar antes y después de la Misa.

El mero hecho de que estas oraciones estén incluidas en el Misal Romano es una señal de que la Iglesia insiste en que los sacerdotes se preparen interiormente, pensando en lo que están haciendo y en lo que van a pedir para sí mismos y para todos. 

Cualquiera puede rezar estas oraciones, y sin duda ayudan a prepararse con la mayor devoción para la celebración de la Misa y a disfrutar de sus beneficios.

Antiguamente, se incluían íntegramente en los llamados misales, con los textos en latín e italiano.

3. A continuación las oraciones presentadas en el Misal Romano para ser dichas antes de la Misa.

Oración de San Ambrosio:

Señor mío Jesucristo, me acerco a tu altar lleno de temor por mis pecados, pero también lleno de confianza porque estoy seguro de tu misericordia.

Tengo conciencia de que mis pecados son muchos y de que no he sabido dominar mi corazón y mi lengua.

Por eso, Señor de bondad y de poder, con miserias y temores me acerco a Ti,
fuente de misericordia y de perdón; vengo a refugiarme en Ti, que has dado la vida por salvarme, antes de que llegues como juez a pedirme cuentas.

Señor no me da vergüenza descubrirte a Ti mis llagas.

Me dan miedo mis pecados, cuyo número y magnitud sólo Tú conoces;
pero confío en tu infinita misericordia.

Señor mío Jesucristo, Rey eterno, Dios y hombre verdadero, mírame con amor,
pues quisiste hacerte hombre para morir por nosotros.

Escúchame, pues espero en Ti.

Ten compasión de mis pecados y miserias, tú que eres fuente inagotable de amor.

Te adoro, Señor, porque diste tu vida en la Cruz y te ofreciste en ella como Redentor por todos los hombres y especialmente por mí.

Adoro Señor, la sangre preciosa que brotó de tus heridas y ha purificado al mundo de sus pecados.

Mira, Señor, a este pobre pecador, creado y redimido por Ti.

Me arrepiento de mis pecados y propongo corregir sus consecuencias.

Purifícame de todas mis maldades para que pueda recibir menos indignamente
tu sagrada comunión.

Que tu Cuerpo y tu Sangre me ayuden, Señor, a obtener de Ti
el perdón de mis pecados y la satisfacción de mis culpas; me libren de mis malos pensamientos, renueven en mí los sentimientos santos, me impulsen a cumplir tu voluntad y me protejan en todo peligro de alma y cuerpo.

Amén.

Oración de Santo Tomás

Omnipotente y sempiterno Dios, he aquí que me acerco al sacramento de tu unigénito Hijo Jesucristo, Señor nuestro; me acerco como un enfermo al médico de la vida, como un inmundo a la fuente de la mi­se­ri­cordia, como un ciego a la luz de la claridad eterna, como un pobre y necesitado al Señor de cielos y tierra.

Imploro la abundancia de tu infinita generosidad para que te dignes curar mi enfermedad, lavar mi impureza, iluminar mi ceguera, remediar mi pobreza y vestir mi desnudez, para que me acerque a recibir el Pan de los ángeles, al Rey de reyes y Señor de señores, con tanta reverencia y humildad, con tanta contrición y piedad, con tanta pureza y fe, y con tal propósito e intención como conviene a la salud de mi alma.

Te pido que me concedas recibir no sólo el sacramento del cuerpo y de la sangre del Señor, sino la gracia y la virtud de ese sacramento.

Oh Dios benignísimo, concédeme recibir el cuerpo de tu unigénito Hijo Jesucristo, Señor nuestro, nacido de la Virgen María, de tal modo que merezca ser incorporado a su cuerpo místico y contado entre sus miembros.

Oh Padre amantísimo, concédeme contemplar eternamente a tu querido Hijo, a quien, bajo el velo de la fe, me propongo recibir ahora.

Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

Oración a la Santísima Virgen María:

Oh Madre de piedad y de misericordia, Santísima Virgen María. Yo, miserable e indigno pecador, en ti confío con todo mi corazón y afecto; y acudo a tu piedad, para que, así como estuviste junto a tu dulcísimo Hijo clavado en la cruz, también estés junto a mi, miserable pecador, y junto a todos los fieles que aquí y en toda la Santa Iglesia vamos a participar de aquel divino sacrificio,
para que, ayudados con tu gracia, ofrezcamos una hostia digna y aceptable en la presencia de la suma y única Trinidad. Amén.

Intención de expresarse antes de la celebración de la Misa:

Yo quiero celebrar el Santo Sacrificio de la Misa y hacer el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, según el rito de la Santa Iglesia Romana, para alabanza de Dios omnipotente y de toda la Iglesia triunfante, para mi beneficio y el de toda la Iglesia militante, para todos los que se encomendaron a mis oraciones en general y en particular, y por la feliz situación de la Santa Iglesia Romana. Amén. El Señor omnipotente y misericordioso nos conceda la alegría con la paz, la enmienda de la vida, tiempo de verdadera penitencia, la gracia y el consuelo del Espíritu Santo, y la perseverancia en las buenas obras. Amén.

4. Y aquí están las oraciones previstas para dar gracias en la Misa:

Oración de Santo Tomás:

Gracias te doy Señor Padre Omnipotente, eterno Dios, que a mí pecador,
indigno siervo tuyo, sin mérito alguno y sólo por tu misericordia te has dignado
alimentarme con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

Te suplico que esta Sagrada Comunión no sea para mi alma ocasión de castigo,
sino intercesión saludable de perdón.

Que esta Sagrada Comunión sea para mía armadura de fe, escudo de buena
voluntad, muerte de mis vicios, destierro de todos mis carnales apetitos y
aumento de caridad, de paciencia y de todas las virtudes. Sea digna defensa
contra todos los enemigos de mi alma. Que sea perfecto remedio para mí espíritu;
perpetua amistad contigo; verdadero Dios y Señor mío; y sello de mi muerte.

Dichoso, te ruego tengas por bien llevar a este pecador a aquel convite inefable
donde Tú, con tu Hijo y el espíritu Santo, eres para todos los santos, Luz
verdadera, satisfacción cumplida, gozo perdurable, dicha consumada y felicidad
perfecta. Por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén.

Aspiraciones al Santísimo Redentor

Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de ti.
Del maligno enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a ti,
para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos. Amén.

Ofrenda de sí mismo (San Ignacio de Loyola)

Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad; todo mi haber y mi poseer, Vos me lo disteis, a Vos Señor lo torno, disponed de ello a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y vuestra gracia que ésta me basta. Amén.

Oración a Nuestro Señor Jesucristo crucificado

Miradme, ¡oh mi amado y buen Jesús!, postrado ante vuestra Santísima presencia; os ruego con el mayor fervor y compasión de que soy capaz imprimáis en mi corazón vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad. Verdadero dolor de mis pecados, propósito firmísimo de jamás ofenderos. Mientras que yo, con todo el amor de que soy capaz voy considerando vuestras cinco llagas, comenzando por aquello que dijo de Vos, oh buen Jesús, el santo profeta David: ¡«Han taladrado mis manos y mis pies y se pueden contar todos mis huesos.»

Oración universal transmitida bajo el nombre del Papa Clemente XI

Creo en Ti, Señor, pero ayúdame a creer con más firmeza; espero en Ti, pero ayúdame a esperar con más confianza; te amo, Señor, pero ayúdame a amarte más ardientemente; estoy arrepentido, pero ayúdame a tener mayor dolor.
Te adoro, Señor, porque eres mi creador y te anhelo porque eres mi último fin; te alabo porque no te cansas de hacerme el bien y me refugio en Ti, porque eres mi protector.
Que tu sabiduría, Señor, me dirija y tu justicia me reprima; que tu misericordia me consuele y tu poder me defienda.
Te ofrezco, Señor mis pensamientos, para que se dirijan a Ti; te ofrezco mis palabras, para que hablen de Ti; te ofrezco mis obras, para que todo lo haga por Ti; te ofrezco mis penas, para que las sufra por Ti.
Todo aquello que quieres Tú, Señor, lo quiero yo, precisamente porque lo quieres Tú, quiero como lo quieras Tú y durante todo el tiempo que lo quieras Tú.
Te pido, Señor, que ilumines mi entendimiento, que inflames mi voluntad, que purifiques mi corazón y santifiques mi alma.
Ayúdame a apartarme de mis pasadas iniquidades, a rechazar las tentaciones futuras, a vencer mis inclinaciones al mal y a cultivar las virtudes necesarias.
Concédeme, Dios de bondad, amor a Ti, odio a mí, celo por el prójimo, y desprecio a lo mundano.
Dame tu gracia para ser obediente con mis superiores, ser comprensivo con mis inferiores, saber aconsejar a mis amigos y perdonar con mis enemigos.
Que venza la sensualidad con la mortificación, con generosidad la avaricia, con bondad la ira; con fervor la tibieza.
Que sepa yo tener prudencia, Señor, al aconsejar, valor frente a los peligros, paciencia en las dificultades, humildad en la prosperidad
Concédeme, Señor, atención al orar, sobriedad al comer, responsabilidad en mi trabajo y firmeza en mis propósitos.
Ayúdame a conservar la pureza de alma , a ser modesto en mis actitudes, ejemplar en mis conversaciones y a llevar una vida ordenada.
Concédeme tu ayuda para dominar mis instintos, para fomentar en mí tu vida de gracia, para cumplir tus mandamientos y obtener la salvación.
Enséñame, Señor, a comprender la pequeñez de lo terreno, la grandeza de lo divino, la brevedad de esta vida y la eternidad de la futura.
Concédeme, Señor, una buena preparación para la muerte y un santo temor al juicio, para librarme del infierno y alcanzar el paraíso.
Por Cristo nuestro Señor. Amén.

Oración a la Santísima Virgen María

María, Virgen y Madre Santísima, he recibido a tu Hijo amadísimo, que concebiste en tus entrañas, alimentaste con tu pecho y estrechaste en tus brazos. Al mismo que te alegraba contemplar y te llenaba de gozo; con humildad te lo presento y te lo ofrezco, para que lo abraces, lo ames con tu corazón y lo ofrezcas a la Santísima Trinidad en culto supremo de adoración, por tu honor y por gloria y por mis necesidades y por las de todo el mundo.
Te ruego, Madre, que me alcances el perdón de mis pecados y gracia abundante para servirle, de hoy en adelante, con mayor fidelidad; y por último, la gracia de perseverancia final, para que pueda alabarle contigo por los siglos de los siglos.

Amén.

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