Buenos días querido padre Angelo, 

me llamo  Andrea, tengo 26 años y en un par de ocasiones ya le escribí en el pasado encontrando un gran beneficio. Aprovecho esta oportunidad para renovar mis felicitaciones por el precioso servicio que realiza. 

Esta vez le escribo tratando de obtener una sugerencia, en la medida de lo posible, sobre el particular momento de la  vida de fe que estoy atravesando. Hago una breve premisa para encuadrar mejor la situación. Después de una adolescencia alejado de Dios, me convertí gracias a la fe  de mi novia luego de un período de sufrimiento, dudas y angustias sobre el sentido y la dirección de mi vida, durante el cual experimenté lo que el salmista llama el abismo del corazón del hombre. Bueno, en el momento en que volví a estar  en gracia de Dios, toda mi angustia y mi oscuridad se disolvieron inmediatamente. Realmente he vivido estos últimos 6 años con la dulzura de Cristo en mi corazón. Trato de vivir mi vida cristiana con la seriedad digna de  un camino de fe (atención a mi vida de gracia, compromiso vivido en castidad con mi prometida, oración diaria y rosario, participación frecuente en la Santa Misa incluso entre semana, confesión al menos una vez al mes, servicio dentro de mi parroquia y dentro del grupo al que pertenezco desde el comienzo de mi conversión, que es la Juventud Franciscana). No digo esto para hacer una lista de lo bueno que soy, tengo mi nada frente a mí y sé que todo el bien que hacemos viene del Señor y solo somos sus canales, sino simplemente para enmarcar mi vida de fe. Bueno, desde hace unos meses algo ha cambiado repentinamente en  mí. La dulzura habitual en mi corazón, proveniente de Cristo, ha dado paso a las tinieblas, las dudas y la angustia sobre la fe, un poco como en el período anterior a mi conversión. Dado que mi vida de fe no ha sufrido importantes “resbalones” o retrocesos, al menos a mis ojos, me pregunto de qué puede derivar  este momento. Sé de la experiencia de aridez espiritual de los santos, pero me siento absolutamente indigno de poder compararme con experiencias similares. Sin embargo, estoy experimentando una dualidad  humanamente increíble . A pesar de este momento de oscuridad, siento que el Señor sostiene cada uno de mis pasos, cada uno de mis pensamientos, incluso en el sufrimiento. En un momento estoy triste , pero enseguida después me encuentro nuevamente  realizando bien mis servicios, entregándome a las personas a las que estoy llamado a servir. Un instante  antes, estoy en la duda, y al siguiente, viendo el Santísimo Sacramento, no tengo mayor certeza de que Aquel es el cuerpo de Cristo. Se puede decir que mis emociones desobedecen a la certeza de la fe que Dios me infunde. Humanamente he sentido la necesidad de pedirle al Señor el fin de esta cruz (por otro lado, hay quienes enfrentan cruces muchos peores), pero he llegado a la conclusión de que la oración más agradable a Dios en este momento no es pedirle que me quite el peso de esta cruz sino de llevarla junto a Él. Sólo Él ve más lejos que yo y conoce el camino de mi vida, Él conoce los tiempos de la alegría y los de la prueba de mi vida, a Él le corresponde dictarlos, y a mí seguir a Dios . Le pido consejo sobre cómo vivir este momento, si debo cambiar algo en caso de estar  “equivocado” en algún punto. 

Le saludo con afecto y le recuerdo en mis oraciones.


Querido Andrea, 

1. Me hace muy feliz saber que haz  encontrado al Señor gracias al testimonio de fe de tu prometida. 

También me alegro  por lo que me escribiste,que en el momento en que te pusiste en gracia de Dios toda tu angustia y tus tinieblas se disolvieron de inmediato. ¿Cómo podría ser de otra manera si Jesús dijo: “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida.” (Jn 8, 12)?

2. Por eso pudiste escribir: “En estos últimos 6 años he vivido verdaderamente con la dulzura de Cristo en mi corazón”. 

Precisamente el domingo pasado (XX tiempo ordinario año c) en la oración de la Misa el sacerdote invocó: “Oh Dios, que has preparado bienes invisibles para los que te aman, infunde en nosotros la dulzura de tu amor …”. 

Como creyentes entendemos bien esta experiencia. Se siente al Señor en el corazón. Es una presencia viva que es, al mismo tiempo, fuente de todo bien, de toda alegría. Perder esta presencia, que no es asimilable a la presencia moral de los que amamos, nos hace sentir inmediatamente vacíos, en la tristeza, como si algo nos faltara. 

De hecho, esta presencia es una presencia real, y no solo moral. Es prerrogativa exclusiva de Dios vivir personalmente en el corazón de otra persona. 

Santo Tomás afirma que es “propio y exclusivo de Dios penetrar en la esencia misma del alma (solus Deus illabitur animae)” (Suma Teológica, III, 64, 1).

Nadie más puede hacerlo, ni el diablo, ni ningún ser querido en este mundo. 

3. Me dices, sin embargo, que en estos últimos tiempos se alternan en tu alma momentos de luz y de oscuridad, similares a los que tuviste antes de tu conversión. 

Por lo que me escribes veo bien que conoces algunos elementos de la teología espiritual y sabes de la existencia de ciertas purificaciones que el Señor envía para hacer más fuerte y perfecto nuestro amor por Él. 

En efecto, el Señor siempre nos atrae con lazos de bondad como dijo por medio del profeta Oseas: “Yo los atraía con lazos humanos, con ataduras de amor; era para ellos como los que alzan a una criatura contra sus mejillas, me inclinaba hacia él y le daba de comer.” (Os 11,4). 

4. Haces bien, sin embargo, en desconfiar de tí mismo y pensar que no es una purificación similar a las leídas en la vida de los Santos. 

De hecho, me dices que te sientes “absolutamente indigno” de poderte comparar con tales experiencias. 

Puede tratarse de lo que observó San Bernardo, cuya fiesta celebramos anteayer, cuando comentó el verso del Cantar de los Cantares: “En mi lecho, durante la noche, busqué al amado de mi alma. ¡Lo busqué y no lo encontré!” (Ct 3,1), es decir, un expediente que el Señor usa para que tú lo busques con mayor ardor. 

5. San Bernardo dice textualmente: “El esposo no se ha apartado de la voz y el deseo de quien lo llama. 

¿Por qué hace esto entonces? 

Por que el deseo crezca, por que el amor se purifique, por prolongar la experiencia del amor. Ciertamente no se trata de indignación, sino de esconderse”. (“Non est reversus sponsus ad vocem et votum revocantis. Quare? Ut Desiderium crescat, ut probetur impactus, ut exerceatur amoris negoium. Sane ergo dissimulatio est, non indignatio”). 

6. Por lo tanto, renueva el fervor de tu parte mediante el silencio, la meditación, la oración, los continuos actos de amor, la mortificación. 

A través del silencio porque en el silencio Dios habla al alma y le toca el corazón. 

A través de la meditación, principalmente de los textos sagrados, porque como dice la Escritura “in meditatione mea exardescet ignis” (“y a fuerza de pensar, el fuego se inflamaba”, Sal 39,4). 

A través de la oración. Es interesante el testimonio de santa Teresita del Niño Jesús, como escribe en la Historia de un alma: “Algunas veces, cuando mi espíritu se encuentra en tal aridez que me es imposible extraer algún pensamiento para unirme al buen Dios, recito muy lentamente un Padre nuestro y después la salutación angélica; entonces, esas oraciones me arrebatan, alimentan mi alma mucho más que si las hubiera recitado  cien veces apresuradamente” (Historia de un alma, 318). 

Mediante continuos actos de amor, es decir, haciendo explícitamente algún acto virtuoso por amor al Señor porque Dios responde con amor al amor.

Y finalmente con la mortificación (sacrificios) porque, como recuerda Santo Tomás, la mortificación es la motivación de la devoción. 

Con la esperanza de que siempre puedas experimentar la dulzura del amor del Señor, mientras te agradezco por tus oraciones, con mucho gusto las correspondo llenas de gracias y te bendigo. 

Padre Angelo 


Traducido por Alessandra Pelizzaro

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