Buenos días padre Angelo,

quisiera pedirle un consejo y una reflexión.
Soy un cristiano practicante que no logra perdonar completamente a las personas que lo han herido con palabras (burlas, menosprecio de sus dones) y con actitudes maliciosas, provocadoras, y envidias.
Algunas de estas personas ya no forman parte de mi vida, a otras todavía las veo.
De palabra y en las oraciones las he perdonado, pero de hecho, hago lo posible por evitarlas y no tener relación con ellas. Para mí es un gran esfuerzo no hablar mal de ellas. Aun si algunas son parientes.
A veces pienso que es también una cuestión de orgullo, pero cuando intento estar junto a ellas experimento incomodidad, rechazo y un poco de vergüenza. Es verdad que somos todos hermanos, pero a causa de nuestra fragilidad humana, no es fácil convivir con tus semejantes; con quien por carácter y sentido moral ¡me parece casi imposible!
Además si ya estuviera realizado o casado, sentiría menos el peso de esta situación.
Me confieso y rezo perseverando en ello, pero mi corazón me parece todavía endurecido y amargado, me digo que esto que ocurre está permitido por Dios, pienso a como Jesús fue tratado durante su pasión, pero mi carne se rebela y no acepta ser la pequeña víctima sacrificial hasta que el Señor disponga.
¿Qué me sugiere hacer en esta situación?
Gracias

Respuesta del sacerdote

Muy querido, 

1. lo que experimentas en tu vida respecto al perdón, es decir que de palabra y en la oración lo das, pero sigues experimentando cierta aversión hacia determinadas personas, es tal vez una experiencia común a todos.
Es verdad que cuando estamos a solas o en oración, nos parece que somos generosos en perdonar tal como lo ha hecho el Señor.
Pero cuando a veces ocurre solo sentir nombrar a la persona que nos ha hecho daño, notamos enseguida un desasosiego interior.
Somos así, hay que reconocerlo.
Y es por eso que advertimos la necesidad de una purificación aún más honda porque para poder entrar en el paraíso debemos estar plenamente de acuerdo entre todos.
Si esto no se cumple, hay que temer quedar excluido de la comunión con Dios.

2. Para aprender a perdonar es necesario hacer lo que escribiste: “me digo que esto que ocurre está permitido por Dios, pienso a como Jesús fue tratado durante su pasión”.
Así es, Dios lo permite para que nos entrenemos en la virtud y sobre todo para que podamos expresar concretamente con nuestro actuar el amor por el Señor.
En ciertas situaciones el único motivo para poder perdonar es justamente pensar que el Señor nos da una ocasión para poderlo amar y decirle desde el interior de nuestro corazón: “Jesús, perdono porque tú lo quieres, porque te gusta, porque te da alabanza. Jesús, perdono por ti, por amor tuyo”.
Sólo entonces experimentamos consolación porque por fin amamos concretamente al Señor con los hechos y no solamente con suspiros.

3. Cuando ponemos en práctica esto, enseguida somos fortificados, porque después de haber expresado nuestro amor por el Señor, el Señor responde con su amor.
Dios siempre hace lo mismo: al amor que le ofrecemos, responde con amor.
Jesús dijo: «el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré» (Jn 14, 21).
Y puesto que el amor del Padre celestial no es simplemente un amor que se complace del bien que encuentra, como ocurre con nosotros, sino que es un amor que se da y causa o crea el bien, enseguida nos vemos recompensados por el Señor con numerosas gracias.

4. Es un gran secreto de felicidad lo que Jesús anunció cuando dijo: «Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos» (Mt 5, 44-45).
Porque enseguida añade: «Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen?» (Mt 5, 46).
Sí, es de por sí una gran recompensa poder parecerse a los sentimientos de Jesús en su pasión. Justamente como escribiste.

5. Puesto que esto no es posible con las fuerzas humanas, hace falta pedir a Jesucristo la gracia de amarlo cada vez más.
Nuestro Santo Padre Domingo habitualmente pedía al Señor cada día la gracia de poderlo amar de manera siempre mayor.
Para conseguir esto deberíamos decirle como Santa Catalina de Siena: “Señor, dame tu corazón; Señor dame tu corazón”.
También podríamos decirle como nuestro venerable Jerónimo Savonarola cuando le fue anunciado que el claustro estaba repleto de soldados que habían llegado para infligirle (injustamente) la pena capital: “Señor, te agradezco, porque en este momento me llamáis a ser a vuestra semejanza”

6. También deberíamos permitir que la Virgen nos ayudara a sufrir de la mejor manera, puesto que es la Reina de los mártires. A ella igualmente debemos pedirle que nos regale su corazón para poder amar a todos, inclusive a los que nos hirieron o nos hicieron sufrir.
Podemos estar seguros de antemano que responderá con infinita dulzura y nos ayudará a subir nuestro calvario con los mismos sentimientos con que ella y Nuestro Señor lo hicieron.

7. Te animo por eso a perseverar con coraje, renovando actos de amor por Jesús y María.
Jesús y María te responderán con un amor aún mayor.
Te bendigo y recuerdo con mucho gusto ante el Señor.

Padre Angelo

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