Queridísimo Padre Angelo,
hace muchos años que sigo su sitio del que muchas veces me he beneficiado espiritualmente.
De antemano me disculpo por mi larga pregunta.
Le escribo porque me estoy enfrentando a un pensamiento que ha atravesado mi vida como un río subterráneo, pero que ahora emerge de forma impetuosa; el tema es el conocimiento y su subjetividad.
El conocimiento de la realidad pasa necesariamente a través de nuestros sentidos, pero los sentidos nos pueden engañar: el mismo Platón lo describe con el mito de la caverna, y más tarde Descartes considera la existencia de un “genio maligno” que podría hacernos percibir aquello que en realidad no es, o sea generar una ilusión no verificable.
Aun en nuestros tiempos existe una corriente filosófica (el más famoso exponente es un profesor de Oxford, Nick Bostrom) que sostiene la “hipótesis de la simulación”, es decir, estando nuestro sentir físico relacionado a la estimulación de las varias áreas del cerebro, sería posible con el avance de la tecnología producir artificialmente sensaciones artificiales, indistinguibles de las reales; es más, sostiene que eso podría ya haber ocurrido y nosotros estar dentro una simulación y no habernos dado cuenta.
El problema con esta hipótesis es que no es demostrable (ni falsificable y por lo tanto Poppper no la consideraría ni siquiera científica), pero no es imposible. Esto no pone en duda mi existencia (el famoso “cogito, ergo sum” la forma en que de algún modo lo soluciona Descartes) pero todo lo demás sí, comprendido mi prójimo; y bien, el hombre vive en la historia y Dios lo encuentra en la historia: si debo y/o puedo dudar de la historia se viene abajo todo el edificio y yo estoy perdido, estoy solo en la nada.
¿Qué me puede decir de todo esto? ¿Pregunta ociosa de quien lee demasiado y que no tiene fe suficiente en Dios, Señor de la Historia? Sutil y peligrosísima tentación de pensar que la vida es solamente un sinsentido. Quiero obstinarme en creer en Jesucristo, sentido y centro de mi vida, pero advierto claramente el riesgo de que mi fe (y en consecuencia toda mi vida) vacile y acabe en el sinsentido.
Espero su respuesta, y mientras, lo recuerdo en la oración en estos días que nos llevan a la cercana Pascua.
Andrea



Respuesta del sacerdote

Querido Andrea, 
1. que a veces los sentidos nos engañan es cierto.
Sin embargo esto no es la norma.

2. Discutir acerca de la seguridad de nuestro conocimiento sensitivo no solamente es un discurso ocioso, sino un delirio.
Toda la organización social se basa en conocimientos certeros: desde la construcción de nuestras casas hasta la organización del tráfico ferroviario o aéreo. Nadie emprendería un viaje si no existiera la certeza de que se ha preparado todo con la máxima diligencia.
Si ocurriera un accidente, enseguida se llevaría a juicio al responsable, a quien se le exigiría que pagara hasta el último centavo.

3. Tú mismo, al escribir el mail, controlaste de que no hubieran errores, que no hayas escrito una palabra por otra o en el dictado haya aparecido una palabra por otra. 

4. De la misma manera si vas a comprar cualquier tipo de producto, controlas de que no hayan defectos, porque de lo contrario no lo comprarías o no lo pagarías.
El que provee los productos exige la misma puntualidad, es más, la misma meticulosidad en la cobranza.

5. También en ámbito judicial se comienza por testimonios sensoriales.
Si éstos faltan, sería inútil juzgar y llevar adelante un proceso.

6. Santo Tomás de Aquino cuando comienza con la demostración de la existencia de Dios lo hace siempre con estas palabras certum est et sensu constates cierto que consta a los sentidos.
La certeza sensorial es la primera entre todas las certezas. Incluso la de Descartes cuando dice: Cogito ergo sumpienso luego existo.

7. Aquí nuestra fe en Cristo no tiene nada que ver.
Se trata de datos sensoriales que pertenecen al orden natural y son nada menos que la premisa de nuestra fe.
Creer no significa creer a ciegas.
Se cree en una persona si ésta es digna de fe.
El mismo Jesucristo, justamente en el evangelio de hoy, se refiere a hechos que estaban ante  los ojos de todos.
Dice en efecto: «Si no hago las obras de mi Padre, no me crean; pero si las hago, crean en las obras, aunque no me crean a mí. Así reconocerán y sabrán que el Padre está en mí y yo en el Padre» (Jn 10, 37-38).

8. Con esto llegamos incluso a la paradoja de tener que afirmar que por lo menos por fe debemos estar seguros de que nuestros sentidos por lo general no nos engañan.

9. Sofía Vanni Rovighi, que fue una de las docentes más ilustres de filosofía del siglo XX, escribe sobre este tema: “La objeción fundamental a estas doctrinas (que niegan la capacidad cognoscitiva de nuestros sentidos, ndr) es que éstas suponen un concepto equivocado del hombre, y el error de concepto queda manifiesto no sólo por lo que hemos dicho sobre el hombre en las páginas anteriores, sino también por el hecho de que difícilmente quienes sostienen esas doctrinas saben ser coherentes: alcanza que en la lucha por la vida resulten perdedores para que queden en el olvido sus exaltaciones de la fuerza y escuchar, contra sus adversarios victoriosos, sus apelaciones a la justicia y a la humanidad (y por tanto a un derecho natural)” (Elementos de filosofía, volumen tercero, p. 240).

10. El comediógrafo francés Molière acerca de aquellos que negaban nuestra capacidad de conocer la realidad decía que había que usar el argumento del bastón, es decir golpear bien duro con un palo a los que afirmaban esas cosas tratando de convencerlos de que no era realidad aquello que estaban padeciendo, sino tan solo un engaño de sus sentidos.

Te agradezco por las oraciones que prometiste y por los augurios de Pascua que de corazón retribuyo.
Te bendigo,
padre Angelo

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