Buenas tardes padre Angelo,

me llamo Federico…

2) La segunda pregunta es acerca de la relación entre Dios y el fiel.
Específicamente sobre el papel de las emociones y de los sentimientos en la relación con Dios. Usted mismo, padre, en algunas respuestas advierte contra la asociación automática entre los sentimientos positivos del fiel y la real buena disposición de Dios hacia él. En concreto, sentir emociones positivas durante la oración, la lectura de la Palabra, etc. no es obligatoriamente síntoma de una condición de amistad con Dios (que luego sería la gracia). ¿Pero esto significa que los dos niveles son completamente distintos? ¿Que la presencia de Dios es algo demasiado grande para ser experimentada, por lo menos en parte, por el hombre? O, de lo contrario, ¿en qué porcentaje los dos niveles se superponen? En presencia de emociones positivas, ¿cómo se puede intentar distinguir las que proceden de la relación con Dios de todas las otras? Le hago un ejemplo: hace unos años (específicamente, en la noche de Reyes) estuve rezando antes de acostarme. En un momento determinado experimenté una fuerte sensación de bienestar y plenitud que me parecía diferente, por lo menos en la calidad, de otras conectadas a otros momentos de mi vida. Esto solamente por decir que no es una cuestión abstracta, sino que me interesa a mí personalmente.
De momento me callo y le doy previamente las gracias por su disponibilidad y su respuesta.


Respuesta del sacerdote

1. el Concilio de Trento ha afirmado que “nadie puede saber con certeza de fe, en la que no puede caber error, que ha conseguido la gracia de Dios” (DS 1534).

2. Santo Tomás, trescientos años antes del concilio de Trento, al preguntarse la misma cuestión, había empezado diciendo que una cosa puede conocerse de tres maneras: por revelación divina, por sí mismo, o por signos específicos. He aquí sus palabras exactas: “De tres maneras podemos conocer una cosa.
En primer lugar, por revelación. Y de este modo se puede saber que se tiene la gracia. Porque Dios se lo revela a veces a algunos por un especial privilegio, para que ya en esta vida empiecen a disfrutar del gozo de la seguridad, para que emprendan grandes obras con más confianza y energía y para que soporten con más valor los males de la vida presente, de acuerdo con aquello que se le dijo a San Pablo según 2 Cor 12, 9: “Te basta mi gracia”.
En segundo lugar, puede conocerse una cosa por sí misma y con certeza. Y de este modo nadie puede saber que tiene la gracia. Porque para conocer algo con certeza hay que estar en condiciones de verificarlo a la luz de su principio propio. Pues es así como se obtiene un conocimiento cierto de las conclusiones demostrables partiendo de principios indemostrables, y nadie puede saber que posee la ciencia de una conclusión si ignora los principios de la misma. Ahora bien, el principio de la gracia, como también su objeto, es Dios mismo, que por su propia excelencia nos es desconocido, según aquello de Job 36, 26: “Dios es tan grande que rebasa nuestra ciencia”. Y así, su presencia en nosotros, lo mismo que su ausencia, no puede ser conocida con certeza, como lo señala también Job 9,11: Si viene a mí no le veo; si se aleja de mí no lo advierto. De aquí que el hombre no puede juzgar con certeza si posee la gracia, de acuerdo con aquello de 1 Cor 4, 3: “Ni aun a mí mismo me juzgo; quien me juzga es el Señor”.
En tercer lugar, una cosa puede ser conocida de manera conjetural por medio de indicios. Y de esta suerte sí puede el hombre conocer que posee la gracia: porque advierte que su gozo se encuentra en Dios y menosprecia los placeres del mundo, y porque no tiene conciencia de haber cometido pecado mortal. Y en este sentido se puede interpretar aquello de Apoc 2,17: “Al que venciere le daré del maná escondido que nadie conoce sino el que lo recibe”. Quien lo recibe, en efecto, lo reconoce, porque experimenta una dulcedumbre de la que nada sabe quien no lo recibe. Sin embargo, este conocimiento es imperfecto. Por eso dice el Apóstol en 1 Cor 4,4: De nada me arguye la conciencia, mas no por esto me creo justificado. Porque, según se dice en Sal 18,13: ¿Quién conoce sus faltas? Límpiame, Señor, de las que se me ocultan”. (Suma teológica, I-II, 112, 5; com.ar/sumat/).

3. Santo Tomás dice que podemos conocer si estamos en gracia de Dios “por medio del efecto del amor filial que Él produce en nosotros”. (Comentario a la carta a los Romanos, 8,16; editado por el traductor).
En efecto “El mismo espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios” (Rm 8, 16).

4. Eso se puede conjeturar por tres signos.
El primero resulta del testimonio de su propia conciencia, por lo tanto uno es consciente de amar al Señor y de estar listo a cualquier cosa con tal de no ofenderle.
El segundo se constituye por la escucha de la palabra de Dios y sobre todo el ponerla en práctica.
El tercero viene por gozar interiormente de la divina sabiduría, que es como una cierta anticipación de la beatitud futura, por lo que como dice el Sal 38, 9: “Disfruten y vean lo bueno que es el Señor”, es decir por medio de su gracia en nosotros (cfr. Santo Tomás, Opusc. LX, De Humanitate Christi, 24).

5. En este sentido San Bernardo podía escribir que esta presencia puede sentirse ex motu cordis, por el movimiento del corazón: “Tú me preguntas cómo puedo yo conocer la presencia de Aquel cuyos caminos son impenetrables. Nada más estar presente, Él despierta mi alma dormida: él mueve, ablanda, hiere mi corazón duro como una piedra y enfermo; procura arrancar y destruir, edificar y plantar, regar lo que está árido y seco, deslumbrar lo que está en las tinieblas, abrir lo que está cerrado, calentar lo que está frío, enderezar lo que es tortuoso, allanar lo que es accidentado. Y así, cuando el esposo entra en mi alma, yo reconozco su presencia, como he dicho, del movimiento de dulzura del corazón” (Sermone 74 in Cant. , editado por el traductor).

6. Aún así esta última pista sola podría ser fruto de una gracia actual, que también quien está en pecado mortal puede gozar. En este caso se trata de un don especial por el que Dios dispone a recibir la gracia santificadora.

7. Además podría simplemente tratarse de un gozo de orden espiritual así como el que se siente cuando se logra una nota buena, pero todavía no es un gozo de orden sobrenatural.
El gozo espiritual puede estar todavía en el orden de la naturaleza.
Mientras que el de orden sobrenatural es un don especial de Dios.
Las dos emociones pueden penetrarse mutuamente, pues no es fácil distinguir de manera neta lo que pertenece al orden sobrenatural y lo que pertenece al orden sobrenatural.

8. Si este gozo se acompaña a los otros dos signos, pues se puede tener la certeza moral de estar en gracia de Dios. Certeza moral quiere decir que hay una alta posibilidad de estar en gracia de Dios. No es una certeza absoluta.

9. El gozo que tú sentiste en la noche de Reyes hace unos años, precisamente porque conectado con la fiesta que estabas disfrutando de alguna manera, puede ser de ese tipo.

A este respecto yo también “me callo”, pero no sin desearte un constante progreso en la vida cristiana. Por eso te bendigo y te recuerdo en la oración.
Padre Angelo

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