Querido Padre Angelo,
En primer lugar quisiera agradecerle de corazón el servicio que presta a todos nosotros ayudándonos en nuestro camino de conversión, sus respuestas han sido muchas veces bálsamo para mis heridas espirituales. Quisiera plantear un dilema que a diario no deja de causarme pena.
Soy un hombre de 39 años y después de haber recibido el sacramento de la confirmación lentamente me he alejado de Dios y he pasado muchos años viviendo en pecado mortal. Hace seis años acogí la llamada de Dios y busqué la verdadera conversión, durante dos años volví a ser un creyente fervoroso y lleno de celo pero el mundo me atrapó de nuevo en su red y me volví perezoso en la oración. Desde hace poco más de dos meses he vuelto a sentir la llamada de Dios en lo más profundo y he vuelto a rezar y a ir a Misa a diario.Sin embargo, con frecuencia noto que mi oración se debilita, no logro concentrarme ni siquiera en la Iglesia y eso me provoca un enorme dolor, toda esta pena se la ofrezco a la Madre Celestial. Pero a veces me pregunto si la mía es una verdadera conversión, si mis oraciones no son obras muertas en mis labios y si Dios no está sordo a mis súplicas.
Gracias por su disponibilidad, le recuerdo en mis oraciones.
Saludos Alessio
Respuesta del sacerdote
Querido Alessio,
1. habías recobrado el fervor con la conversión.
¿Por qué no lograste mantenerlo?
Probablemente te faltó la confesión hecha de manera regular y frecuente. Muchos, desafortunadamente, después de la conversión no reciben ayuda para mantener vivo el fervor mediante la confesión regular y frecuente.
2. ‘’Manera regular’’ no significa hacerlo cuando convenga o cuando se sienta la necesidad por estar en pecado mortal.
Sino con periodicidad, como quien va al barbero o hace la gran compra mensual.
Generalmente, en las familias se sabe cuando hay que ir para cumplir con estas tareas, y se organiza la vida reservando un tiempo específico para estas necesidades. Así debe ocurrir también con la confesión sacramental.
3. Acercarse a la confesión es una necesidad constante de nuestra alma para mantenerse en el fervor.
Es algo común que cuando pasen unos días más desde la última confesión uno se sienta menos dispuesto a corresponder a las divinas inspiraciones.
Y así, inevitablemente, vuelve el cansancio o el simple arrastrarse en la vida espiritual. Cuando además ocurre que pasan meses o incluso un año , ya no se siente nada, sobre todo si se permanece en pecado mortal.
4. El pecado grave es llamado mortal precisamente porque hace que algo muera en nuestra alma.
¿Qué hace que muera? La inhabitación de Dios en nosotros mediante la gracia. Cuando se vive en pecado mortal, no se percibe nada, tal como un cadáver.
5. Y aunque no se viva en pecado mortal, si se reduce la confesión sacramental a una o dos veces al año, sigue siendo insuficiente para mantener vivo el fervor.
Es verdad que el precepto de la Iglesia manda confesarse al menos una vez al año. Sin embargo, este precepto está hecho para los mínimos, para decir que si uno no se confiesa ni siquiera una vez al año se está apagando interiormente.
6. Además de hacerse de manera regular, es decir, rítmica y con una cadencia determinada, la confesión debe ser también frecuente.
La Iglesia considera como frecuente la confesión hecha al menos dos veces al mes, es decir cada quince días.
Mejor aún si uno se confiesa una vez por semana.
No hay que olvidar que la confesión es uno de los dos sacramentos de la curación cristiana. Y que la confesión, aunque sea sólo de pecados veniales, sigue siendo utilísima, ya que confiere un aumento de la gracia y del fervor.
La confesión, además, nunca debe prolongarse demasiado porque cansa al confesor y lleva al penitente a confesarse más raramente al saber que tendrá que dedicarle mucho tiempo.
7. Me gusta recordar lo que dijo proféticamente el gran y santo Papa Juan Pablo II en la encíclica programática de su pontificado, Redemptor hominis: “Es cierto que la Iglesia del nuevo Adviento, la Iglesia que se prepara continuamente a la nueva venida del Señor, debe ser la Iglesia de la Eucaristía y de la Penitencia.
Sólo bajo ese aspecto espiritual de su vitalidad y de su actividad, es esta la Iglesia de la misión divina, la Iglesia in statu missionis, tal como nos la ha revelado el Concilio Vaticano II’’ (RH 20). ‘’Sin este constante y siempre renovado esfuerzo por la conversión, la participación en la Eucaristía estaría privada de su plena eficacia redentora, disminuiría o, de todos modos, estaría debilitada en ella la disponibilidad especial para ofrecer a Dios el sacrificio espiritual, en el que se expresa de manera esencial y universal nuestra participación en el sacerdocio de Cristo.’’ (Ib.).
Con el deseo de que decidas confesarte de manera regular y frecuente, te bendigo y te encomiendo en mis oraciones.
Padre Angelo
Questo articolo è disponibile anche in:

