Buenos días Padre,
Mi pregunta respecto al asunto que me cuestiono, está ligada a la experiencia de estar junto a voluntarios que cada día con cuidado y solicitud, se ocupan de ayudar a tantos callejeros, perros o gatos, que se encuentran necesitados. Así pues, desde hace un tiempo me surgió la inquietud de si este tipo de iniciativas, que consisten en ofrecer protección, cuidados, alimento, cariño, puedan hacer que las personas que de ello se encargan, adquieren méritos para sí mismas ante el Señor.
Dicho de otra forma, ¿el servicio prestado a seres no humanos, puede redundar en un beneficio personal ante Dios, válido para conseguir el paraíso, de la misma forma más o menos y si menos en qué medida, de aquel que se otorga a otros humanos?

Gracias y le deseo desde ya feliz trabajo.

Respuesta del sacerdote 

Querido Luca,

1. respecto a tu pregunta: es meritorio todo aquello que llevamos a cabo con caridad, que es un amor sobrenatural infundido por Dios en nuestros corazones que hace que podamos amar a todos y a todo con el mismo corazón de Dios.
La Sagrada Escritura lo dice por medio de San Pablo: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rm 5, 5).

2. Con este espíritu podemos amar a los animales en cuyo favor Dios ejerce su providencia de forma directa, pero en otras, de forma indirecta a través nuestro.

3. Si amar con caridad quiere decir desear que los otros puedan gozar de la comunión personal con Dios, los animales no pueden gozar de una comunión personal con Dios, puesto que ellos no tienen conocimiento de Dios.
Por eso Santo Tomás dice que “con el nombre de prójimo no puede entenderse la criatura irracional, pues no comunica con el hombre en la vida racional” (Suma teológica, II-II, 25, 3, sed contra).

4. Pero seguidamente, añade que “Se puede, sin embargo, amar por caridad a las criaturas irracionales, como bienes que queremos para otros, en el sentido de que por caridad queremos su conservación para honor de Dios y utilidad de los hombres. De esta manera, las ama también Dios en caridad” (Ib.,in corpus).

5. Bajo esta perspectiva se puede comprender la actitud de  San Francisco, de San Martín de Porres y de otros santos. El cariño que le tenían a los animales, carecía de todo aspecto morboso que ciertas personas sienten por sus mascotas. De hecho era un amor siempre dirigido al Señor, contemplado y amado en las criaturas                                                                                                                                                                                        

6. En este momento es oportuno citar lo que el Papa Francisco escribió en la encíclica Laudato si’: “Así como sucede cuando nos enamoramos de una persona, cada vez que él miraba el sol, la luna o los más pequeños animales, su reacción era cantar, incorporando en su alabanza a las demás criaturas. Él entraba en comunicación con todo lo creado, y hasta predicaba a las flores «invitándolas a alabar al Señor, como si gozaran del don de la razón»[19]. Su reacción era mucho más que una valoración intelectual o un cálculo económico, porque para él cualquier criatura era una hermana, unida a él con lazos de cariño. Por eso se sentía llamado a cuidar todo lo que existe. Su discípulo san Buenaventura decía de él que, «lleno de la mayor ternura al considerar el origen común de todas las cosas, daba a todas las criaturas, por más despreciables que parecieran, el dulce nombre de hermanas»[20]. Esta convicción no puede ser despreciada como un romanticismo irracional, porque tiene consecuencias en las opciones que determinan nuestro comportamiento. Si nos acercamos a la naturaleza y al ambiente sin esta apertura al estupor y a la maravilla, si ya no hablamos el lenguaje de la fraternidad y de la belleza en nuestra relación con el mundo, nuestras actitudes serán las del dominador, del consumidor o del mero explotador de recursos, incapaz de poner un límite a sus intereses inmediatos. En cambio, si nos sentimos íntimamente unidos a todo lo que existe, la sobriedad y el cuidado brotarán de modo espontáneo. La pobreza y la austeridad de San Francisco no eran un ascetismo meramente exterior, sino algo más radical: una renuncia a convertir la realidad en mero objeto de uso y de dominio”(Laudato sì, 11).

7. Añade además: “Por otro lado, san Francisco, fiel a la Escritura, propone que reconozcamos en la naturaleza un libro espléndido, en el que Dios nos habla y transmite algo de su bondad: «A partir de la grandeza y hermosura de las cosas, se llega, por analogía, a contemplar a su Autor» (Sab 13,5) y «su eterna potencia y divinidad se hacen visibles para la inteligencia a través de sus obras desde la creación del mundo» (Rm 1,20). (…).   
El mundo es algo más que un problema a resolver, es un misterio gozoso que contemplamos con jubilosa alabanza” (Ib., 12).  

Si el cuidado de los animales se lleva a cabo según este espíritu y en gracia de Dios, sin duda que es agradable a Dios y además meritorio.

Te deseo todo bien, te bendigo y recuerdo en la oración.

Padre Angelo                                                                

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