una tercera parte del mail de Bryan: “Y quisiera dar a conocer a mis hijos la alegría de amar, no como ama el mundo, sino como Cristo nos mostró el amor de caridad perfecto: la cruz.
Siempre he sentido una pasión en mi corazón, que lo incendiaba, como si prendiera fuego. Y que arde tan grandemente cuando pienso en el mundo, porque yo odio el mundo, pero amo apasionadamente a las personas que son del mundo.
Cuando rezo el Rosario siento que la Virgen María está conmigo y es casi como si mis ojos y los suyos fueran una cosa sola y pudiera ver cuánto dolor siente por los sufrimientos de cada uno de sus hijos.
Y me siento mal cuando pienso en las almas que van al infierno.
Mi abuela no está bautizada y no es creyente, no puede haber salvación para ella, ¿verdad?
Discúlpeme, estoy divagando, pero yo cometería pecado si la bautizara a escondidas diciéndole sencillamente: “¿Abuela quieres venir conmigo en el paraíso?” Y después de su sí, pasarle el agua sobre la frente haciendo la señal de la cruz y pronunciando la fórmula del bautismo. ¿Es pecado padre?
Ver que nuevas generaciones sin Dios reivindican libertades que provienen de la depravación, perversiones vendidas como libertad, ¡cuánto me duele padre!”

(lee la primera parte) – (lee la segunda parte)


Respuesta del sacerdote

Querido Bryan, 

1. comento ahora la tercera parte de tu encendido mail en la que hablas del fuego que arde en tu corazón.
Quisieras comunicar a todos el amor caritativo perfecto, que se expresa con la renuncia de sí mismos y en hacer felices a los demás.
Vuelvo a repetir las palabras de Santa Teresa del Niño Jesús que escribí en el primer mail: “Sentí, en una palabra, que entraba en mi corazón la caridad, sentí la necesidad de olvidarme de mí misma para dar gusto a los demás, y desde entonces fui feliz!” (Historia de un alma 134)

2. Es la exacta traducción de las palabras de Jesús: Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque él que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?» (Mt 16, 24-26).
No hay amor verdadero sin negación de sí mismos porque el amor empuja a vaciarse de sí mismos para hacer felices a las personas que se aman.

3. Sientes que este amor se expande cuando rezas el Santo Rosario y unes tus ojos con los de María. Entonces piensas en las almas que se pierden y terminan en el infierno.
La oración, en unidad con Dios, no puede sino generar esta sed por la salvación de las almas, sentir tristeza por el camino que muchos han tomado a causa del pecado.
Esta tristeza, que podemos llamar tristeza según Dios, produce sentimientos de misericordia por lo que se desea dar todo a todos aunque sea para salvar alguno.

4. Santo Tomás dice que “La caridad nos hace semejantes a Dios uniéndonos a Él por el afecto, con la misericordia, nos hace semejantes a Él en el plano del obrar” (Suma teológica, II-II, 30, 4 ad 3).
Si no hay tristeza por los pecadores no hay amor para el Señor.

5. Esta tristeza no puede acabar en meros suspiros, tiene necesidad de expresarse con los hechos.
Por eso te animo a que aproveches toda ocasión para que renuncies a ti mismo y expreses amor verdadero para la salvación de las almas.
El Señor nos ha enseñado que el camino de la salvación pasa por la cruz.
Me parece oportuno destacar un episodio relatado en la autobiografía de Santa Teresa del Niño Jesús: “«Un domingo, mirando una estampa de Nuestro Señor en la cruz, me quedé impresionada por la sangre que caía de sus divinas manos. Sentí un gran dolor al pensar que aquella sangre caía al suelo sin que nadie se apresurase a recogerla, y tomé la resolución de estar siempre con el espíritu al pie de la cruz para recibir el rocío divino que goteaba de ella, comprendiendo que luego tendría que derramarlo sobre las almas…». Resonaba en su corazón el grito de Jesús en la cruz: «¡Tengo sed!». Estas palabras encendían en mí un ardor desconocido y muy vivo… Quería dar de beber a mi Amado, y yo misma me sentía devorada por la sed de almas… No eran todavía las almas de los sacerdotes las que me atraían, sino las de los grandes pecadores; ardía en deseos de arrancarles del fuego eterno… (Historia de un alma)

6. Me parece oportuno relatar aquí lo que el Padre reveló a Santa Catalina de Siena acerca de Santo Domingo: “¿En qué mesa él alimenta a sus hijos con la luz de la ciencia? A la mesa de la cruz; en la mesa de la cruz está tendida la mesa del santo deseo, donde se alimenta de las almas por amor hacia mí.
Él no quiere que sus hijos se ocupen de otra cosa sino estar en esa mesa con la luz de la ciencia, buscando solamente la gloria y alabanza de mi nombre y la salvación de las almas” (Diálogo de la Divina Providencia, 158)

7. Haz lo mismo con tu abuela. Tu deseo de que acceda al bautismo y viva para siempre en el cielo junto a ti y tus seres queridos, te impulse a buscar esas armas invencibles que tocan el corazón más que las más bellas palabras, tal como lo escribe Santa Teresa del Niño Jesús: “Toda mi fuerza está en la oración y el sacrificio, estos son mis brazos invencibles; pueden mover los corazones mucho mejor que las palabras, lo sé por experiencia” (Historia de un alma).
Tu deseo de que reciba el bautismo no puede sino provenir de lo Alto. Sin embargo lo que has pensado hacer, no es correcto.
Opta por el camino que te indiqué.
Si en cambio seguirás la vocación que el Señor está suscitando en ti, será ella misma quien te pedirá que la bautices de la forma más hermosa y solemne.

Acompaño mi deseo con la oración y también con todo lo demás, como lo sugirió Santa Tesesa del Niño Jesús.

Te bendigo, padre Angelo

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