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Estimado Padre Angelo,

Lo molesto para preguntarle sobre algunas cosas que quisiera aclarar con relación a  dos cuestiones sobre las cuales recientemente se ha discutido en familia y con algunos amigos y que me hicieron dar cuenta que no tengo mucha certeza al respecto.

Principalmente nos preguntábamos en qué casos es posible afirmar que efectivamente se ha respetado el tercer mandamiento en un día de fiesta de precepto sin que se cometa un pecado. ¿Es suficiente haber asistido a la misa y haberse abstenido de actividades laborales o necesariamente se debe cumplir con otras cosas para no transgredir el tercer mandamiento?

Además, ¿realizar actividades relacionadas a la limpieza y al cuidado personal y aspecto físico en un día que coincida con una festividad de precepto se debe considerar un acto opuesto al tercer mandamiento y por ende un pecado?

La segunda pregunta está relacionada con la oración. ¿Si no se ora durante todo el día se comete pecado? Puntualmente ¿es verdad que si no se reza en la mañana a penas uno se levanta, en la noche antes de dormir, antes y después de cada comida se comete pecado?  ¿O para no cometer pecado es suficiente rezar al menos una vez a lo largo del día?

Espero que pueda encontrar el tiempo para poder leer este email.

Le agradezco en anticipo por sus buenos consejos, aprovecho para desearle a usted y a todos en su fraternidad una feliz, serena y santa navidad (2017).

Saludos cordiales,

Mattia C. 


Estimado Mattia,

Finalmente tuve tiempo de leer tu email, había quedado sepultado por los de la época navideña y todos los siguientes.

Lo siento por el retraso y te pido disculpas. 

1. Vamos a las preguntas, primero: para santificar la fiesta es suficiente asistir a la misa y dedicarse a recuperar las energías (descanso). Aunque se aconseja también hacer otras cosas. El catecismo de la iglesia católica dice: “El domingo está tradicionalmente consagrado por la piedad cristiana a obras buenas y a servicios humildes para con los enfermos, débiles y ancianos.”

Los cristianos deben santificar también el domingo dedicando a su familia el tiempo y los cuidados difíciles de prestar los otros días de la semana. El domingo es un tiempo de reflexión, de silencio, de cultura y de meditación, que favorecen el crecimiento de la vida interior y cristiana. (CIC 2186).

2. En cuanto a la oración: Aquí, más que un precepto nos encontramos de frente a una exigencia del alma.

Nuestra alma tiene necesidades análogas a las del cuerpo. La primera necesidad del cuerpo es respirar, por eso San Benito decía: “Así como para nosotros es necesario respirar para la vida del cuerpo, igualmente es del todo necesaria la oración constante para la salud del alma.”

Otra necesidad irremplazable para el cuerpo es la alimentación, por eso San Agustín afirmaba que “Como el cuerpo no puede vivir sin alma, así el alma sin oración está muerta y desprende un gran mal olor”; y entonces: como el cuerpo se nutre de alimento el alma se nutre de oración.

Sin la oración cotidiana a nuestra alma le falta respiro y alimento, sin la oración cotidiana Dios se convierte cada vez más en un concepto, una idea, una cosa abstracta y no deja de ser el punto central de nuestra existencia. 

3. Sobre la conciencia de abandonar la oración cotidiana, he aquí lo que ha escrito un docente de teología moral de nuestro tiempo:

“El espíritu de la moral cristiana ha establecido la tradición de oraciones particulares en la mañana, en la noche y en la mesa.

A pesar de que no son estrictamente una obligación, estas oraciones están tan íntimamente ligadas a la piedad cristiana que los cristianos consideran de modo natural el hecho de no abandonarlas.

Incluso si se abandonase la oración ocasionalmente, no es pecado en sí, abandonarla del todo y no tenerla en consideración por mucho tiempo, daña la vida interior y en consecuencia esta se torna pecaminosa.

Si uno no logra encontrar calma y un lugar conveniente para la oración de la mañana y de la noche, nada impide escoger otro horario mas adecuado, aunque también en este caso se necesita cierta regularidad.

Como norma general, la oración se debe hacer en momentos específicos – al menos mañana y noche – ya que por mera fragilidad humana esta podría ser completamente olvidada. “ (K. H PESCHKE, Ética cristiana, p. 158).

4. En cuanto a la oración como necesidad del alma análoga a la necesidad del cuerpo tiene hambre, he aquí lo que escribe Juan Pablo II: “Pero se equivoca quien piense que el común de los cristianos se puede conformar con una oración superficial, incapaz de llenar su vida. Especialmente ante tantos modos en que el mundo de hoy pone a prueba la fe, no sólo serían cristianos mediocres, sino             «cristianos con riesgo ». En efecto, correrían el riesgo insidioso de que su fe se debilitara progresivamente, y quizás acabarían por ceder a la seducción de los sucedáneos, acogiendo propuestas religiosas alternativas y trans      igiendo incluso con formas extravagantes de superstición (Novo millennio ineunte 34).

5. Por otra parte no nos podemos olvidar lo que dice el evangelio: “Les decía siempre una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer “(Lc 18,1).

A los apóstoles les decía: “Velen y oren para no caer en tentación” (Mt 26,41) San Pablo a su vez dice “oren constantemente” (1 Ts 5,17)

6. Es una gracia poder orar. Es un gran honor que Dios ha dado al hombre: poder hablar con él. San Juan Crisóstomo escribió: “Considera cuanta felicidad te ha sido dada, cuanta gloria te es concedida en la oración: hablar íntimamente con Dios, conversar como amigo con Cristo, escoger lo que quieres preguntar y lo que quieres pedir” (Gen. Hom. XIII).

Por tanto, te exhorto a profundizar en la oración, incluso a pedir al Señor la gracia de que la oración se convierta para ti en el momento más deseado, más grande y más precioso del día

Te Encomiendo al señor y te bendigo.

Padre Angelo


Traducido por Laura A. Ustáriz C