Querido padre,

Tendría una pregunta para usted: ¿por qué un cristiano habría de temer a la muerte si el Señor nos prometió junto a Él una felicidad eterna, además de poder contar con la cercanía de nuestra Madre del cielo que ora por nosotros y que tendremos a nuestro lado al Espíritu Santo?
Así y todo según la mentalidad moderna, o por lo menos entre mis conocidos, nadie quiere hablar de la muerte, todos evitan el tema aunque sabemos que todos tenemos que morir.
Especialmente al llegar a una cierta edad, sabemos que la vida pasa en un soplo, sería mejor prepararse bien para este momento decisivo para nosotros.
Desde ya le agradezco por su respuesta y por su tiempo.

Con cariño le saludo

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Respuesta del sacerdote

Muy querido, 

1. es natural que exista el miedo a la muerte porque en sí misma es un mal, puesto que se trata de una privación de la vida.
Como experimentamos miedo ante un peligro repentino, lo mismo ante una enfermedad y ante su posible desenlace. El temor en sí mismo tiene un gran potencial para volvernos prudentes.
Si no temiéramos el mal, quién sabe cuántas veces habríamos optado por soluciones superficiales y hasta temerarias.
En relación a la muerte, Santo Tomás  dice que “el temor a la muerte es muy natural” (Comentario de 2 Cor 5, 6)

2. La gracia que trajo Cristo al mundo no elimina la naturaleza, sino que la sana y la eleva.
El mismo Cristo experimentó conmoción ante la muerte.
El Evangelio atestigua: “Y llevando con él a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse. Entonces les dijo: «Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí, velando conmigo»” (Mt 26, 37-38).

3. Experimentó la tristeza también por otros varios motivos, pero también por la muerte.
Santo Tomás, entre otras, cita la de Juan Damasceno: “El Damasceno dijo que se entristecía también por sí mismo. ¿Por qué? Porque la tristeza deriva del hecho de vernos privados de aquello que naturalmente amamos.
Ahora bien, el alma naturalmente desea permanecer unida al cuerpo, y eso ocurrió también con el alma de Cristo, puesto que comió y bebió y sintió hambre. Por lo tanto la separación contrariaba el deseo natural: de modo que separarse era una cosa triste para Él (comentario a  Mt 26, 38; traducido por el traductor).

4. Dices que sentirse tristes es ir en contra del Evangelio en razón de la felicidad prometida.
Es bien cierto que la esperanza en la felicidad futura, sostiene durante las dificultades de la vida. El Espíritu Santo dijo por boca de San Pablo: “Nuestra angustia, que es leve y pasajera, nos prepara una gloria eterna, que supera toda medida. Porque no tenemos puesta la mirada en las cosas visibles, sino en las invisibles: lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno” (2 Cor, 4,17-18).
Sin embargo no estamos seguros de conseguir esta felicidad: “porque todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba, de acuerdo con sus obras buenas o malas, lo que mereció durante su vida mortal” (2 Cor 5,10).

5. El Señor mismo nos pone en guardia, no hay que estar demasiado seguros de poder alcanzar la salvación.
En efecto dijo: «Entren por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que van por allí. Pero es angosta la puerta y estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran» (Mt 7,13-14).
Además: «No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena» (Mt 10, 28).

6. El Espíritu Santo por boca de Pedro dice aún más: “Si el justo apenas se salva, ¿qué pasará con el impío y el pecador?” (1 Pt 4,18).
San Juan por su parte en el Apocalipsis añade: Luego vi a otro Ángel que volaba en lo más alto del cielo, llevando una Buena Noticia, la eterna, la que él debía anunciar a los habitantes de la tierra, a toda nación, familia, lengua y pueblo. Él proclamaba con voz potente: «Teman a Dios y glorifíquenlo, porque ha llegado la hora de su Juicio» (Ap 14, 6-7).

7. Unos años atrás, a un obispo que había anunciado a los fieles de su diócesis que no le quedaba mucho tiempo de vida a causa de una grave enfermedad, le preguntaron si temía a la muerte. Contestó: “De la muerte no, pero temo que el Señor me presente una cuenta que yo no pensaba tener en mi haber”.

8. Este temor encuentra su alivio en nuestra confianza en Jesucristo y en la bienaventurada Virgen María.
Por eso San Pablo dice: “No queremos, hermanos, que vivan en la ignorancia acerca de los que ya han muerto, para que no estén tristes como los otros, que no tienen esperanza”(1 Ts 4,13). Y: “Sí, nos sentimos plenamente seguros, y por eso, preferimos dejar este cuerpo para estar junto al Señor” (2 Cor 5, 8).
Se nos alivia, pero no se nos quita.

9. Es verdad que existe el miedo de hablar de la muerte, sin embargo es necesario recordar que en el momento extremo de nuestra vida hay que llegar preparados.
El Señor dijo: «Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora» (Mt 25,13). Y es lamentable. Especialmente porque el Señor nos ha mandado ser vigilantes y estar listos para el paraíso. En efecto existe la posibilidad de terminar al otro lado.

10. Hoy parece que estamos viviendo la situación que lamentaba nuestro Señor cuando dijo: “Cuando venga el Hijo del hombre, sucederá como en tiempos de Noé. En los días que precedieron al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta que Noé entró en el arca; y no sospechaban nada, hasta que llegó el diluvio y los arrastró a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre. De dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro dejado. De dos mujeres que estén moliendo, una será llevada y la otra dejada. Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor. Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, velaría y no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada” (Mt 24,37-44).

Con el deseo que el Señor nos encuentre siempre listos,te bendigo y recuerdo en la oración.

Padre Angelo

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