Padre,
estoy pasando por un periodo terrible. No me encuentro bien. Tengo miedo de tener cáncer. Rezo todos los días al Señor y a la Virgen de librarme del terror de la muerte y del infierno. Pero mi fe vacila.
Pocas veces la oración consigue aliviarme de este oscuro abismo. Estoy consciente de que me dirijo a Dios de forma egoísta e interesada, para obtener una gracia sin el beneficio de la verdadera Fe.
Provengo de una familia cristiana y me considero cristiano, si bien, hasta que mi cuerpo y alma no han sido agredidos por la enfermedad y la depresión, mi cristianismo se quedó como una referencia, pero sin una verdadera y constante participación.
Aun si mi pensamiento muy seguido se dirigía a Jesuscristo y a su Madre, llevé una vida alejada de los sacramentos. No me confesé ni comulgué por muchísimos años. Iba a Misa solo para Navidad y Pascua. Vivir de esta manera no me generaba ningún sentimiento de culpa.
Desde hace unos meses todo cambió. Mi precario estado de salud física y mental me ha inducido a volver a acercarme a los sacramentos, después de treinta o cuarenta años que no lo hacía, en particular a la confesión.
Algunos meses atrás, un sacerdote no me dio la absolución. Convivo desde hace mucho tiempo con una mujer sin estar casado y esa fue la causa de la falta de absolución.
Unas semanas atrás pasé por casualidad frente a una Iglesia a la que acudía en mi juventud. Entré. Vi que allí estaba un sacerdote. Me acerqué y le pregunté si podía confesarme. Dijo que sí enseguida. Claro, no pude decir todos mis pecados. Había pasado demasiado tiempo desde mi última confesión. Intenté mencionar los pecados más graves, o que a mí así me parecen. Obviamente le hablé de mi convivencia. Le dije que la relación con mi compañera ya no puede definirse como la que hay entre marido y mujer, sino más bien es como entre hermanos.
Hace años que no tenemos relaciones sexuales aunque vivimos en la misma casa.
El sacerdote, no solo me dio la absolución, sino que además me pidió si quería recibir la Santa Comunión. Me pareció un regalo del Señor que recibí con alegría.
Esta condición duró poco. Aun si no he cometido faltas graves mis miedos me han conducido hacia las dudas y a la falta de fe plena. ¿Verdaderamente podía considerarme libre de mis culpas y destinado no ya a las tinieblas del infierno, sino salvado y en la gracia del Señor?
Especialmente en este momento, estoy sufriendo muchísimo. Rezo cada día, voy a la Iglesia varias veces. Le rezo a Jesús, a la Virgen, a los santos que más quiero -San Juan Bautista, San Pío de Pietrelcina, San Leopoldo Mandic- y les pido que sanen mi cuerpo y salven mi alma. Les pido que intercedan no solamente por mí, sino también por mis seres queridos, por los afligidos, por los enfermos que conozco, por mis difuntos.
Pero no obstante mis esfuerzos no consigo superar esta oscuridad que me hace dudar , sospechar que mis oraciones sean solamente inducidas por el terror a la muerte y del fuego eterno y no en cambio, por la verdadera fe en Cristo.
Gracias, Padre por haberme escuchado.
Respuesta del sacerdote
Muy querido,
1. tu situación es objetivamente irregular ya que se trata de una convivencia que a su tiempo estuvo enmarcada en el ambito de las relaciones sexuales.
2. No obstante, el magisterio de la Iglesia recuerda que si hay arrepentimiento por haber elegido un camino que no concordaba con el proyecto de Dios, si de momento, ni en el futuro es posible pensar en una separación porque se dejaría a una persona en la soledad y en la necesidad, si existe la abstinencia en cuanto a la intimidad sexual, es posible confesarse y comulgar.
Es lo que hizo el sacerdote que por providencial casualidad encontraste al entrar en la Iglesia.
3. Hay que decir sin embargo, que la Santa Comunión puede hacerse públicamente solo donde nadie conozca la situación de convivencia.
Si bien entre ustedes no haya ese tipo de intimidad, la gente podría pensar que hoy estaría permitido Comulgar aún conviviendo.
4. La Iglesia manda tener este cuidado también para los divorciados vueltos a casar, que no pueden ya separarse o por la presencia de los hijos o por otros graves motivos.
Juan Pablo II, en la Familiaris consortio escribe: “La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su práxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio.
La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que les abriría el camino al sacramento eucarístico— puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, «asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos»(Juan Pablo II, 25 de Octubre de 1980)” (FC 84).
5. En vuestro caso, si según el estado civil, ustedes son célibes, sería conveniente pensar en recibir el sacramento del matrimonio.
El matrimonio puede ser celebrado tan solo con dos testigos ante el párroco fuera de la celebración de la Misa.
6. Volviendo al motivo de la ansiedad que te aflige después de transcurrido un tiempo desde aquella confesión, hay buenas razones para afirmar que vives en gracia.
Claro la situación irregular permanece. Pero esto no impide que tú puedas vivir en gracia de Dios.
Por lo tanto sigue tu camino con serenidad confiando en lo que te dijo el sacerdote que te absolvió y dio la Santa Comunión.
Tú vives en la comunión de los santos: no solamente porque estás en gracia de Dios, sino también porque vives la amistad con algunos santos de forma especial.
Puedes siempre contar con su fidelidad, su intercesión y su protección. Son los amigos más fieles y más poderosos.
7. Aleja los pensamientos dudosos que quisieran empujarte a la desesperación.
Ten siempre presente lo que decía San Juan Bosco: “Todo aquello que turba y quita la paz, no procede de Dios”.
Por lo tanto no dejes penetrar en tu mente ningún pensamiento de ese tipo. Son pensamientos de muerte y no de vida.
Te bendigo, te recuerdo en la oración y te deseo todo bien, en especial para tu salud.
Padre angelo
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