Buenos días,

Leí que debemos ofrecer nuestros sufrimientos a Dios.

No lo entiendo. ¿Qué puede hacer Él con mis sufrimientos, que no son nada comparados con lo que Jesús sufrió por nosotros?

Casi me parece irrespetuoso.

Así que en mi interior pienso: “Señor, te ofrezco mis sufrimientos”, pero lo pienso sin entender por qué; los ofrezco porque sé que es una forma de demostrar mi confianza.

Pero ofrecerlos simplemente porque sé que Él los aprecia, sin entenderlo, ¿tiene algún valor para Él?

Paola

Respuesta del Sacerdote

Querida Paola:

1. Es preciso dejar muy claro que nuestros sufrimientos no añaden nada a la redención realizada por Cristo, pues tiene méritos infinitos y sobreabundantes.

2. Participar en los sufrimientos de Cristo, como nos recuerda San Pablo, es necesario para distribuir los tesoros que Jesús ha obtenido mediante la redención.

Participar con nuestros sufrimientos es como abrir la puerta para que los méritos de Cristo se extiendan por toda nuestra vida. Es como abrir una presa y dejar fluir el agua que retiene, derramándola sobre una persona específica o sobre la humanidad en su conjunto.

3. Pío XII, en la encíclica Mystici Corporis, cuyo 80º aniversario celebramos recientemente, escribió: “Porque, mientras moría en la cruz, concedió a su Iglesia el inmenso tesoro de la redención, sin que ella pusiese nada de su parte; en cambio, cuando se trata de la distribución de este tesoro, no sólo comunica a su Esposa sin mancilla la obra de la santificación, sino que quiere que en alguna manera provenga de ella.” (EE 6, 193).

4. Por lo tanto, nuestros sufrimientos no deben considerarse la causa eficiente de la expiación de los pecados.

Todos estos han sido expiados de una vez por todas por Cristo.

La necesidad de nuestra cooperación reside en la distribución de los méritos de la Pasión de Cristo.

Así como un coche necesita más que un depósito lleno para funcionar, también debe suministrarse combustible al motor, así también nuestros sufrimientos y buenas obras tienen la tarea de aportarnos una mayor cantidad de mérito y santificación de Cristo.

5. Hay que reconocer, sí, que nuestros sufrimientos no son nada en sí mismos, o, mejor dicho, una serie de nadas.

Al respecto, encontramos una hermosa reflexión en una carta de Santa Teresita del Niño Jesús: “Puedo hacer muy poco, o más bien absolutamente nada. (…)

En efecto, el cero por sí solo no tiene valor, pero colocado cerca de la unidad se vuelve poderoso, ¡siempre que se coloque del lado derecho, después y no antes”. (Carta 226, al Padre Roulland, 9 de mayo de 1897). 

6. Por eso, Pío XII escribió en la misma encíclica: “Misterio verdaderamente tremendo y que jamás se meditará bastante el que la salvación de muchos dependa de las oraciones y voluntarias mortificaciones de los miembros del Cuerpo místico de Jesucristo, dirigidas a este objeto, y de la cooperación que Pastores y fieles ―singularmente los padres y madres de familia― han de ofrecer a nuestro divino Salvador.” (EE 6, 193).

7. En el Evangelio del domingo pasado, escuchamos que hasta los cabellos de nuestra cabeza están todos contados (Mt 10,30).

¿Qué es un solo cabello de nuestra cabeza? Podría decirse: nada.

Perdemos muchos, y para nosotros son insignificantes.

Pero este no es el caso del Señor.

Santo Tomás, comentando esta afirmación de Jesús, observa que solo se cuentan las cosas preciosas.

Para Jesús, por lo tanto, todo es precioso. Especialmente si está vinculado a su sacrificio, porque adquiere un valor maravilloso.

Te deseo todo lo mejor, te recuerdo en mi oración.

Padre Angelo

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