Querido Padre Angelo,
Nos escribimos hace pocos días cuando, en el día de la Virgen del Santo Rosario, le pedí que me apuntase a la Congregación. Después de muchos años le escribo para hacerle mi primera pregunta. (…). He leído, entre muchas otras, una de sus respuestas acerca del hecho de que la Santa Misa es un memorial. En esta respuesta suya usted menciona las palabras del Padre Pío sobre el hecho de que a la misa deberíamos acercarnos como si estuviéramos a los pies del Calvario con María Santísima y San Juan. Sin embargo, eso ha tocado un punto vivo en mí, porque en los últimos tres años y medio, desde que la Gracia de Dios me devolvió a la Santa Madre Iglesia, siempre que acudo a Misa vuelvo renovado en mi ser cristiano, pero siempre llevo en el alma un dolor escondido. Tanto durante la Misa como durante la adoración del Santísimo, a menudo miro la Hostia consagrada o el Tabernáculo y pienso: “No hay nada en el mundo visible o en el invisible que sobrepase en grandeza y gloria lo que está allí, cada posible deseo humano es infinitamente sobrepasado por lo que Jesús Eucaristía quiere darnos”. Bueno, mi pequeña mente esto lo sabe, cree en ello. Quiere creer (Señor ayúdame en mi incredulidad). Pero especialmente, nada más recibir la Eucaristía, mi corazón se vuelve triste porque si por un lado sé que Dios en su Verbo acaba de entrar en mí, por otro lado soy consciente de que este “mí” no se ha dado cuenta de nada… . Sabe, cuando tuve la primera Comunión, el 1 de mayo de 1980, unos días antes se hizo un ensayo general con la hostia no consagrada. Estaba muy emocionado, aunque solo se trataba de un ensayo, y recuerdo que cuando la hostia tocó mi lengua fue como si me hubiera caído encima un rayo de alegría. Extraño, porque eso no era Jesús. Imagínese algunos días después, cuando tuve que recibir por primera vez en mi vida a Jesús Eucaristía, qué expectativa tenía, y qué decepción me dio al no sentir absolutamente nada. (…). En este caso también, a partir del día siguiente en adelante, volviendo frente al Santísimo Sacramento he esperado vivir algo parecido, pero solo he encontrado una profunda aridez, de hecho hasta que no me encontré con la reveladora lectura de la Subida al Monte Carmelo de S. Juan de la Cruz, la adoración se había convertido para mí en un acto agotador que he mantenido solamente con muchos esfuerzos de voluntad. El tormento se ha doblado con la clara conciencia de que mi mismo deseo de repetir aquella experiencia vivida era una actitud errónea, pero por otro lado me parecía imposible no desearla. Un poco como el fumador que sabe que el cigarrillo es dañino para él pero no logra no anhelarlo ni tampoco no fumarlo. San Juan de la Cruz tuvo la bondad de hacerme entender en su texto que apoyarnos en nuestra sensibilidad no es la manera correcta con la que tenemos que relacionarnos con Dios, porque si acaso tuviéramos dichas experiencias deberíamos tener la prudencia de bien pronto desprendernos, seguros de que lo que Dios quiere decirnos lo hace directamente en el corazón de nuestro espíritu; nos demos cuenta de ello o no. Es más, el vínculo con los fenómenos sensibles, siempre según San Juan de la Cruz, solo provoca una polarización hacia las cosas del mundo, en contra del progreso espiritual. (Eso es lo que he conseguido comprender en esta primera lectura). (…). Yo quisiera desear la Eucaristía, sentir su necesidad. Quisiera también llorar dándome cuenta que siempre que voy a Misa Cristo vuelve a morir por todo el mundo, por mí también. (…). ¿Es culpa mía? ¿Cometo algún pecado que me vuelve ciego hacia la acción del Espíritu Santo? Casi todos los días estoy en la Iglesia con el Señor durante una horita, por la noche rezo el Santo Rosario, las bellísimas letanías Dominicanas (descubiertas gracias a usted) y las oraciones de Santa Brígida. Devoro hagiografías, historias de videntes, místicas y apariciones y de vez en cuando hago una pequeña peregrinación en uno de los muchos Santuarios Marianos del Lazio. Intento mantener encendido el fuego que me parece que está apagándose, pero a pesar de este currículum bonito del buen Cristiano, siento como si estuviera cometiendo un error – o una omisión – fundamental que pese a todo no consigo centrar, si bien sigo invocando a la Virgen y al Espíritu Santo para que me den claridad y la gracia de amar a Jesús. Un sacerdote estimado, con el que hablo de vez en cuando me ha dicho que el amor no es sentimiento, sino voluntad. (…). Le pido ayuda Padre, ¿qué tengo que hacer? Leo, estudio muchas cosas sobre Él, sobre su Santísima Madre con sus Ángeles y sus Santos que de verdad no puedo decir que no creo con todo mi intelecto, pero al mismo tiempo compruebo que mi corazón se queda sordo y ciego y por eso incapaz de cantar Sus alabanzas si no solo con mi boca. Hay muchos elementos de mi vida que probablemente merezcan la pena exponer…. Llevo cinco años casado en la Iglesia (previo divorcio de un casamiento exclusivamente civil, del que no he tenido hijos) y que tengo a una hija de 8 años con mi actual mujer, cero autoerotismo (inmerecida gracia de Dios) y no contracepción (por supuesto no faltan otros pecados, pero por lo que mi limitado discernimiento me dice, intento mantenerme alejado de los mortales). Antes de la gracia de mi regreso a la Iglesia en mayo 2018 llevé unos veinte años buscando a Dios en el lugar equivocado (New Age en casi todas sus formas y también drogas, pero nunca espiritismo, ciencias ocultas o peor). (…). Todas esas cosas las acusé en la confesión. Mi mujer no es practicante, pero tampoco me obstaculiza y me deja gestionar la educación cristiana de nuestra hija. (…). Le agradezco con todo mi corazón, y como siempre me acuerdo de usted en mis Rosarios y le deseo una buena semana.
Respuesta del sacerdote
Querido,
Te pido perdón por el gran retraso con el que te contesto, pero solo hoy he llegado a tu correo del 11 de octubre de 2021.
1. Claramente en San Juan de la Cruz has encontrado una respuesta: no tenemos que seguir al Señor simplemente para sentir consuelo en nuestro espíritu. Se trataría todavía de sensualidad espiritual. San Juan de la Cruz pudo escribir tan bien acerca de la noche oscura de los sentidos y de la noche oscura del espíritu porque las vivió. Probablemente tú todavía no hayas llegado a la noche oscura del espíritu, pero tal vez sí a la de los sentidos.
2. En estos días he encontrado al alcance de la mano la vida de San Francisco de Asís. Me ha impresionado el hecho de que al principio de su conversión se sintiera siempre encendido por un gran fuego interior y que sintiera una alegría tan grande que apenas podía esconderla.
3. Dos años antes de morir pidió al Señor la gracia de experimentar en el cuerpo un poco de aquel dolor que Cristo había padecido durante su pasión y que le hiciera sentir en su alma un poco de aquel inmenso dolor de los pecados de la humanidad que Jesús sintió sobre la cruz. El Señor lo complació a través de las estigmas.
4. Pienso que otros santos han pedido al Señor lo mismo que San Francisco, pero no lo han obtenido. A pesar de eso, son santos igualmente. A lo mejor el Señor ha hecho que San Francisco experimentase tanta alegría para atraer los que están al principio de la vida espiritual, porque el Señor atrae por vínculo de bondad. Pero cuando se avanza un poco, el Señor hace como las mamás que ya no amamantan a sus hijos porque quieren que empiecen a comer comidas más sólidas.
5. Por lo tanto te invito a seguir en tu intensa práctica de vida cristiana, incluso si no sientes nada. Al contrario, acepta la prueba que el Señor te está dando (la de no sentir nada) para que la dé a los que necesitan de ello para empezar un itinerario de conversión. Acéptala también en expiación de los pecados de tu vida pasada.
6. Estoy convencido de que cuando ofreces algo al Señor, como por ejemplo la renuncia de estos consuelos espirituales, el Señor te hace sentir algo. Santo Tomás dice que la mortificación es el resorte de la devoción, es decir del fervor. El fervor no siempre se manifiesta gozando, porque para el fervor es necesario ante todo estar listos. Pero estoy convencido de que el Señor no te va a dejar totalmente seco. Es el Señor mismo que ha empujado la Iglesia a pedirle en el Oremus que se reza al final del Veni Creator Spiritus que gocemos siempre de su consuelo (et de eius siempre consolazione gaudere).
7. Desafortunadamente tengo que publicar tu correo cortado. Te pido perdón por esto. Te agradezco por la oración que me has prometido. Te aseguro la mía y te bendigo.
Padre Angelo
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