Buenos días padre,
soy un muchacho de 36 años, desde siempre católico, pero hace más de un año que siento el deseo de cambiar radicalmente por lo cual me he comprometido a seguir un camino de fe. He recibido muchas gracias que no voy a mencionar y además desgraciadamente hace poco de forma inesperada una grave pérdida: la de mi cuñado de 29 años, que con mucha fe estamos intentando superar.
Ya no soy como antes, un pecador empedernido, gracias a la ayuda del Señor, a mi rosario diario, mi vida ha tomado otro rumbo, pero respecto al sexo en el matrimonio todavía no consigo dar con la vía a seguir, y caigo siempre en el pecado de anticoncepción.
Tengo dos hijos, uno de tres años, y por el momento no quisiéramos otro niño, practico el coito interrupto, excepto cuando estoy seguro de que ella está en periodo infértil.
Antes era un blasfemo, tenía una vida desordenada en todo, ahora mis confesiones se reducen a “hago uso de métodos anticonceptivos” y algún otro pecado. A veces no me confieso porque me da vergüenza repetir siempre el mismo pecado.
¿Qué me aconseja para que pueda salir de este atolladero?
Le agradezco infinitamente.


Respuesta del sacerdote

Muy querido, 
recién hoy puede dar con tu mail del 28 de enero del año pasado. Lo siento de veras, te pido disculpas.

1. Estoy seguro de que experimentas por ti mismo la diferencia entre el coito interrupto y la intimidad conyugal cumplida como Dios manda.
En el primer caso hay una evidente alteración de su proyecto de santificación.
En el segundo caso está la donación total y sin reserva de sí mismo.

2. Puesto que ya vives con tu esposa la intimidad conyugal tal como Dios la dispuso, ¿por qué recurrir a la anticoncepción?
¿No puedes permanecer casto?
La castidad en el matrimonio significa vivir la intimidad conyugal según el doble e inseparable designio de Dios, que abarca a la vez el aspecto unitivo y el procreativo, tiene en sí una gran riqueza de la que necesitan los esposos ya sea para su mutua relación como para la educación de los hijos.

3. Lo había puesto en evidencia el santo Papa Pablo VI en la  encíclica Humanae vitae: “Una práctica honesta de la regulación de la natalidad exige sobre todo a los esposos adquirir y poseer sólidas convicciones sobre los verdaderos valores de la vida y de la familia, y también una tendencia a procurarse un perfecto dominio de sí mismos. El dominio del instinto, mediante la razón y la voluntad libre, impone sin ningún género de duda una ascética, para que las manifestaciones afectivas de la vida conyugal estén en conformidad con el orden recto y particularmente para observar la continencia periódica. Esta disciplina, propia de la pureza de los esposos, lejos de perjudicar el amor conyugal, le confiere un valor humano más sublime. Exige un esfuerzo continuo, pero, en virtud de su influjo beneficioso, los cónyuges desarrollan íntegramente su personalidad, enriqueciéndose de valores espirituales: aportando a la vida familiar frutos de serenidad y de paz y facilitando la solución de otros problemas; favoreciendo la atención hacia el otro cónyuge; ayudando a superar el egoísmo, enemigo del verdadero amor, y enraizando más su sentido de responsabilidad. Los padres adquieren así la capacidad de un influjo más profundo y eficaz para educar a los hijos; los niños y los jóvenes crecen en la justa estima de los valores humanos y en el desarrollo sereno y armónico de sus facultades espirituales y sensibles” (HV 21).

4. Juan Pablo II observa que “si la castidad conyugal (y la castidad en general) se manifiesta primeramente como la capacidad de resistir a la concupiscencia de la carne, seguidamente se revela como esa cualidad singular de percibir, amar y cumplir esos significados del “lenguaje del cuerpo”, que quedan del todo desconocidos a la misma concupiscencia y que progresivamente enriquecen el diálogo conyugal, purificándolo, profundizándolo y además simplificándolo.
Por lo tanto esa ascesis de la continencia, de la que habla la encíclica (HV 21, 9) no implica el empobrecimiento de las “manifestaciones afectivas, es más, las vuelve más intensas espiritualmente, y por lo tanto las enriquecen” (24.10.1984).

5. Puesto que la sexualidad tiene que ver con el núcleo íntimo de la persona, como recordó numerosas veces el santo Papa Juan Pablo II, la anticoncepción ataca justamente el núcleo íntimo de la persona, favoreciendo la falta de dominio sobre sí mismos, sobre las propias pasiones, sobre los propios instintos.
Se lastima la relación con Dios. No significa que se sea ateos, pero imperceptiblemente comienza a prevalecer el sentimiento sobre el deber. Se reza cuando se siente la necesidad, se asiste a Misa si el sentir así lo requiere, en una palabra se hace prevalecer el instinto.
La impureza además tiene esta característica, apaga el gusto por las cosas de Dios.
La religiosidad, si todavía persiste, se queda privada de interioridad.
Al mismo tiempo se pierde el sentido del pecado, por lo cual ya no se acude a la confesión.

6. Es una verdadera tragedia en este sentido, el error de aquellos pastores que piensan que no es oportuno hablar de castidad, de pureza.
Y de hecho no lo hacen.
Pero de esta manera no hacen el bien de las personas que Dios les ha confiado.
San Pablo es de otro parecer y con vigor extraordinario escribe: “La voluntad de Dios es que sean santos, que se abstengan del pecado carnal, que cada uno sepa usar su cuerpo (la Biblia de Jerusalén lo dice también respecto al cuerpo del cónyuge n.d.r.) con santidad y respeto, sin dejarse llevar de la pasión desenfrenada, como hacen los paganos que no conocen a Dios. Que nadie se atreva a perjudicar ni a dañar en esto a su hermano, porque el Señor hará justicia por todas estas cosas, como ya se lo hemos dicho y atestiguado. Dios, en efecto, no nos llamó a la impureza, sino a la santidad. Por eso, el que desprecia estas normas, no desprecia a un hombre, sino a Dios, a ese Dios que les ha dado su Espíritu Santo” (1 Ts 4, 3-8).

7. Las maneras para adquirir el autodominio son esencialmente dos.
La primera, que un documento de la Iglesia llama disciplina de los sentidos y del espíritu, y que la Humanae vitae de Pablo VI llama ascesis.
Esa disciplina por un lado exige que no se vaya en pos de los estímulos y tentaciones y por otro lado llenar la mente de pensamientos y sentimientos capaces de elevarlos.
Este enriquecimiento se puede lograr de mil formas, con la ayuda de lecturas, con el diálogo, con el entretenimiento y con los aportes de los medios de comunicación social.
La segunda forma pasa a través de la comunión con Dios, con la convicción de que no se puede conseguir la castidad sin la ayuda sobrenatural de la gracia.
Y esto no se puede obtener sino a través de la oración, en especial con la invocación al Espíritu Santo para que infunda un amor puro y santo  y con la intercesión de la Santa Virgen María que la Iglesia, valiéndose de la Sagrada Escritura, así alaba: “Yo soy la madre del amor hermoso, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza” (Eclo 24,18).

Con el deseo que en tu vida matrimonial todo converja para la santificación de ambos, te bendigo y recuerdo en la oración.                                                                                                

Padre Angelo

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