Buenas tardes Padre,
Le había escrito tiempo atrás acerca de una confesión que tenía planeada. Al fin las cosas no se dieron como había deseado.
No volví a la Iglesia, sin embargo proseguí con mis oraciones en casa.
Ayer mi madre me vio mientras rezaba, yo le dije que es mi deseo regresar a la Iglesia.
Hoy hemos vuelto a hablar de ello, y me pidió que de dónde surgía este deseo, se lo expliqué y luego me confió que ella también, de vez en cuando, ora.
Luego hablamos de la muerte (le dije que creo en el infierno), del divorcio, de las uniones homosexuales. Llegados a este punto se desató el infierno, me acusó de ser un extremista, que está bien rezar un poco, pero de esta forma es una exageración, que los mártires cristianos eran unos exagerados, etc. y hasta se puso a llorar, yo también lloré.
A estas acusaciones se agregó también mi hermana.
Al fin, me dijeron que me llevarían a la Iglesia y estoy feliz.
Quería decírselo y preguntarle qué tendría que hacer.
Dios lo bendiga y la Virgen Santísima lo acompañe.
Respuesta del sacerdote
Muy querido,
1. estoy muy contento de que quieras volver a la Iglesia y participar nuevamente de los sacramentos.
Es el Señor quien está obrando en ti.
La Sagrada Escritura dice que “Dios es el que produce en ustedes el querer y el hacer, conforme a su designio de amor” ( Fil 2,13).
Por supuesto, si nuestros propósitos son buenos.
Gracias a Dios en este momento percibes que en tu vida hay una carencia, que hay un vacío interior que solamente Su presencia puede colmar.
2. Dices que se desató el infierno al tocar ciertos temas.
Es lo que ocurre cuando se nos olvida que el objetivo de nuestra presente vida no es vivir tranquilos esperando la muerte, sino la santidad, la unión con Dios.
3. No es difícil entender que ciertas actitudes son incompatibles con la santidad y la unión con Dios.
Es por eso que el Señor quiso que en el Evangelio se escribieran las primeras palabras de su predicación: «Conviértanse, (hagan penitencia) porque el Reino de los Cielos está cerca» (Mt 4,17).
No es necesario convertirse para tener éxito en este mundo. Ni tampoco para dedicarse a las diversiones.
En cambio sí que lo es para ser santos y poder entrar en el paraíso.
4. Esta necesidad tan exigente se hace patente en las palabras que Dios dijo por medio de San Pablo: “Yo los exhorto a que se dejen conducir por el Espíritu de Dios, y así no serán arrastrados por los deseos de la carne. Porque la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Ambos luchan entre sí, y por eso, ustedes no pueden hacer todo el bien que quieren. (…). Se sabe muy bien cuáles son las obras de la carne: fornicación, impureza y libertinaje, idolatría y superstición, enemistades y peleas, rivalidades y violencias, ambiciones y discordias, sectarismos, disensiones y envidias, ebriedades y orgías, y todos los excesos de esta naturaleza. Les vuelvo a repetir que los que hacen estas cosas no poseerán el Reino de Dios” (Gal 5,16-1719-22).
5. Es así como ante una palabra recia que surge la necesidad de un cambio de vida, de conversión y de conducir una vida santa.
En la discusión que tuvieron se dijeron palabras impropias y ofensivas, como el epíteto que te dieron a ti mismo y a los santos mártires, de extremista o exagerado.
Pero si alguien de pronto hubiera leído las palabras de Gal 5,16-22, se hubieran quedado sin palabras.
6. Acerca de la oración: si se supiera cual es el efecto de la oración, nunca se diría: está bien rezar un poco, pero así es una exageración.
La oración hace que Jesús actúe y esté presente en nuestro corazón y en el de las personas por quienes rezamos. ¿Esto parece una exageración?
Tenía razón Giorgio La Pira, el alcalde santo de Florencia, a quien le decía que orar tanto como lo hacía él, (rezaba ininterrumpidamente desde las seis a las nueve de la mañana), era tiempo malgastado: “Y bien, en cambio yo les digo que está malgastado el tiempo sustraído a la oración”.
Así como nunca es exagerado el tiempo que se dedica a orar a la Virgen María para que pueda obrar y estar presente en nuestro corazón y en el corazón de las tantas personas que le encomendamos.
Si viéramos los efectos de la oración, diríamos con Giorgio La Pira que el único tiempo desperdiciado es el sustraído a la oración.
7. Me alegro por el desenlace de la animada discusión que han tenido: al fin te llevarán a la Iglesia.
Aprovecha para confesarte por si acaso encuentras un sacerdote disponible.
Sería lindo si aprovecharan también tu madre y tu hermana. La confesión es el sacramento de la sanación cristiana.
Es un remedio y defensa tanto para el alma como para el cuerpo.
Si lo supieran no lo obviarían con tanta desenvoltura.
Para que todo esto pueda ocurrir, te aseguro mi oración y te bendigo.
Padre Angelo
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