Querido Padre Angelo,
el año pasado, después de una breve y terrible enfermedad falleció mi madre.
Tengo que decir que por cuán grande haya sido y sea hoy todavía este hecho, de alguna manera ha vivificando mi fe, ya sea aumentando mis devociones, ya sea porque me interrogo sobre cuestiones espirituales de las que, no obstante la asistencia frecuente a la misa dominical, antes no me importaba mucho. Ahora, siento la exigencia de participar de la misa dominical y de hacer celebrar misas en sufragio para mis padres, de confesarme con frecuencia, de la oración fervorosa, de leer el catecismo y de los escritos de los santos, de leer para mis hijos pequeños pasajes del evangelio antes de ir a dormir y enseñarles diferentes plegarias (cosas de la que antes no tenía ni la mínima intención). Es de verdad exacto cuanto se dice: Dios sabe sacar muchos frutos espirituales para sus hijos, de un mal aparente.
Pensar en la muerte de mi madre, sin embargo me hace plantear dos cosas, a las que seguramente usted sabrá responderme.
1. La intercesión de los santos ¿se puede pedir solamente para los vivos o también para los difuntos? ¿Tiene sentido orar a un Santo (para la Virgen conozco la respuesta) para aliviar los sufrimientos de los difuntos en el Purgatorio?
2. Leyendo el Diario de Santa Faustina Kowalska, que es patrona del culto de la Misericordia vi lo que escribió el 1 de enero de 1938, año de su muerte, en la que después de haber escuchado interiormente la voz de Jesús que la instaba a luchar por la salvación de las almas infundiendo en ellas la confianza en la divina misericordia, así se expresa: “Después de estas palabras comprendí más profundamente la Divina Misericordia. Será condenada solamente el alma que lo quiera, porque Dios no condena a nadie”.
Pero si Dios no condena, ¿qué significa que, tal como dice el Catecismo, en el momento de la muerte hay que comparecer ante el tribunal de Cristo para el juicio inmediato para la salvación o condenación del alma? Yo creo que en esta tierra no sean muchas (¡por lo menos lo espero!) las almas que quieran irse al infierno. Ocurre a menudo que los hombres no puedan controlar sus vicios y las erradas tendencias ya sea por ignorancia de la fe que les lleva a creer correctos ciertos comportamientos, ya sea por debilidad de carácter o indolencia espiritual, o por distracción culpable, pero que en verdad sean muchas las personas que odian a Jesucristo, del que a menudo tienen una vaga idea, al punto de querer estar lejos de Él para toda la eternidad, no me parece creíble. La mayoría de los hombres peca diciendo “lo que hago nos es pecado (por lo menos no es grave)” o bien “sigo pecando porque Dios me concederá su perdón porque es bueno”, o también “Yo creo en Dios, pero a mi manera, no me hacen falta las prácticas religiosas”. Bien sé que son todas afirmaciones peligrosísimas, fruto del engaño del demonio, pero alguien que viva con la finalidad de irse al infierno, no acierto a comprenderlo (excepción que podría conceder a los satanistas y a los más grandes criminales de la historia).
Entonces le pido lo siguiente: Dios, ¿podría conceder a un alma en el infierno, una última posibilidad para revisar su propia vida comprendiendo ahora sí claramente, sin los engaños del diablo y las distracciones del mundo, todos los aspectos negativos? es decir, ¿podría darles la posibilidad de decidir, en plena libertad y consciencia, si elegir el camino del diablo o el de Dios, en este último caso pasando por un largo purgatorio? En el fondo la elección, entre el bien y el mal, que nosotros hacemos sobre esta tierra, no es nunca plenamente libre en cuanto no es plenamente consciente. Somos seres frágiles, expuestos a las continuas insidias y engaños del diablo, algunos ni siquiera han recibido una adecuada formación religiosa y no brillan por inteligencia.
¿Se puede condenar eternamente a un necio? Le saludo y desde ya le digo que cuente con mi oración.
Michael
Respuesta del sacerdote
Querido Michael,
1. me alegro mucho por el renovado fervor en tu vida espiritual, pienso que es uno de los dones más hermosos que ha obtenido tu madre llegando al cielo.
Recuerdo las palabras que el Santo Padre Domingo dirigió a sus cohermanos mientras lloraban por su ya próxima muerte: “No lloréis, porque os seré de mayor provecho allá que aquí”.
Llegando al cielo, tu mamá hizo lo mismo.
Y si en la vida presente no pudo obtenerte el fervor de la fe como ella hubiera deseado, ahora en cambio sí que lo ha conseguido.
2. Estoy convencido de que las Santas Misas que haces celebrar mensualmente para ella redundan en muchas gracias, sin que te percates de ello.
Nunca ocurre que se haga celebrar una Misa sin que haya algún beneficio.
3. Me preguntas si los Santos del Paraíso intercedan por las almas del Purgatorio.
Los santos cuando estaban en la tierra, han merecido por todos, también en favor de las almas del Purgatorio.
Y puesto que están plenamente conformados a Cristo que sigue intercediendo por nosotros (cfr. Rm 8,34), interceden también por las almas del Purgatorio.
4. En el Paraíso, sin embargo no pueden merecer más.
Pero ponen sus méritos a nuestra disposición y nosotros los podemos activar en beneficio para nuestros difuntos.
¿Acaso no hacemos eso con la Virgen cuando rezamos el Rosario y las letanías en sufragio para los difuntos?
Por lo tanto, si podemos activar la intercesión de la Virgen para los difuntos, podemos activar también para ellos la intercesión de los santos.
Por eso es supremamente bueno rezar las letanías de los santos para las almas del Purgatorio.
5. Es exacto lo que dices citando el Diario de Santa Faustina: “Será condenada solamente el alma que no quiera, porque Dios no condena a nadie”.
Es por eso que el Catecismo de la Iglesia Católica dice que el infierno es la autoexclusión de la comunión con Dios (cfr. CCC 1033).
6. Coincido contigo cuando dices que en la tierra no hay almas que deseen ir al infierno.
Pero hay muchos que sin desearlo, no creen en el infierno, ni en Dios, ni tampoco viven tratando de acumular “un buen capital” (1 Tm 6,19) que llevar consigo a la vida eterna.
No es suficiente pensar que el infierno no exista o que Dios no exista para no acabar allí.
Muchas personas implícitamente se excluyen de la comunión con Dios.
En el momento del juicio no estarán revestidas con el vestido nuevo, de la gracia, que es la condición indispensable para entrar en el Paraíso.
7. Me preguntas, que si ni bien llegadas al más allá, puedan tener aún la posibilidad de reflexionar y convertirse.
El Evangelio no nos lo garantiza.
Es más, el Señor dijo que estemos prontos (cfr. Mt 24,44) y también que como ocurrió en tiempos de Noé cuando la gente comía y bebía, se casaba y estaban desentendidos de aquello que sucedería, así ocurrirá igualmente para muchos (cfr. Mt 24,38).
En todo el Evangelio no hay un solo pasaje en el que el Señor nos diga que tenemos que confiar en una nueva posibilidad.
8. En temas tan graves y decisivos para nuestra eternidad hay que tener como base la palabra del Señor, la única competente en materia.
Dice el evangelio de Lucas: “Jesús iba enseñando por las ciudades y pueblos, mientras se dirigía a Jerusalén una persona le preguntó: «Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?». Él respondió: «Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán. En cuanto el dueño de casa se levante y cierre la puerta, ustedes, desde afuera, se pondrán a golpear la puerta, diciendo: «Señor, ábrenos». Y él les responderá: «No sé de dónde son ustedes». Entonces comenzarán a decir: «Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas». Pero él les dirá: «No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que hacen el mal!». Allí habrá llantos y rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes sean arrojados afuera. Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios. Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos» (Lc 13, 22-30).
9. Concluyes diciendo que “la elección, entre el bien y el mal, que nosotros hacemos sobre esta tierra, no es nunca plenamente libre en cuanto no es plenamente consciente”.
Estoy de acuerdo contigo en que existen diferentes grados de libertad y consciencia.
Sin embargo para que un acto sea imputable tanto en el bien como en el mal, no se exige lo máximo en cuanto a consciencia, sino que haya un grado suficiente de lucidez.
Hay que tener presente también que la opción hacia determinados pecados obnubila el juicio de la conciencia.
Por eso San Agustín dice: “La libertad primera es, pues, carecer de crímenes… como es el homicidio, el adulterio, alguna inmundicia de fornicación, el hurto, el fraude, el sacrilegio y lo demás de esta laya. Cuando uno haya comenzado a no tenerlos —ahora bien, todo hombre cristiano debe no tenerlos—, comienza a erguir la cabeza hacia la libertad; pero ésta es libertad incoada, no perfecta”… (Comentario al Evangelio de Juan, 41,10).
Antes que San Agustín, Jesús había dicho: “la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas” (Jn 3, 19).
Semejante oscurecimiento de la mente es culpable.
No se puede justificar la falta de consciencia del pecado, cuando con la propia conducta se ha borrado el sentido del pecado.
10. Juan Pablo II en Reconciliatio et poenitentia dijo:.. “ Este hombre puede estar condicionado, apremiado, empujado por no pocos ni leves factores externos… e internos … Pero es una verdad de fe, confirmada también por nuestra experiencia y razón, que la persona humana es libre. No se puede ignorar esta verdad con el fin de descargar en realidades externas —las estructuras, los sistemas, los demás— el pecado de los individuos. Después de todo, esto supondría eliminar la dignidad y la libertad de la persona, que se revelan —aunque sea de modo tan negativo y desastroso— también en esta responsabilidad por el pecado cometido. Y así, en cada hombre no existe nada tan personal e intransferible como el mérito de la virtud o la responsabilidad de la culpa.
Por ser el pecado una acción de la persona, tiene sus primeras y más importantes consecuencias en el pecador mismo, o sea, en la relación de éste con Dios —que es el fundamento mismo de la vida humana— y en su espíritu, debilitando su voluntad y oscureciendo su inteligencia” (RP 16).
11. Has citato a Santa Faustina Kowalska.
Justamente Santa Faustina cuando narra la visión del infierno escribe lo siguiente: “He observado una cosa: la mayor parte de las almas que allí están son las que no creían que el infierno existe” (Diario, n. 741).
Por lo tanto es siempre válida la exhortación urgente a la conversión y a mantener limpia la propia conciencia.
12. En fin pone una última pregunta: “¿Se puede condenar eternamente a un necio?”
Hemos dicho que Dios no es quien condena, sino que el hombre lo hace.
Pues sí, es realmente de necios autocondenarse para la eternidad.
Es a ellos a quienes la Escritura se refiere cuando dice:” Haciendo alarde de sabios se convirtieron en necios” (Rm 1, 22).
Deseándote todo bien te auguro una serena y Santa Navidad, te bendigo y te recuerdo en la oración.
Padre Angelo
Questo articolo è disponibile anche in:

