Pregunta

Querido Padre,

Soy Lorenzo, le he escrito otras veces y le agradezco mucho las respuestas que me ha dado y el servicio tan útil que usted sigue prestando desde años.

Esta vez también tengo varias preguntas, a las que sinceramente no puedo dar respuesta. En particular: ¿cómo puede el Señor permitir que algunos de sus hijos se vean afligidos por enfermedades mentales de varios tipos?

Y más: ¿cómo puede Él permitir que algunas personas desarrollen estados depresivos debido a los cuales la vida se percibe como una tremenda carga para seguir adelante, así que uno sólo quiere caer en un sueño eterno? ¿Qué sentido tienen?

A menudo estas personas son absolutamente incapaces de cumplir con sus deberes en la vida común, incluyendo los deberes religiosos, como santificar las fiestas….

¿Se pedirá menos a los que tienen menos? Además, ¿qué significa exactamente ofrecer los propios sufrimientos a Dios? ¿Cómo se hace?

Confieso que este concepto me parece terrible, porque ofrecer los propios sufrimientos es algo contra la naturaleza…

¿Cómo puede Dios pedirnos que le ofrezcamos nuestros sufrimientos?

También me gustaría que aclarara el concepto de que son los hombres los que se autocondenan al infierno y no Dios el que condena…

¿Cómo puede un hombre elegir libremente el infierno eterno?

La última pregunta es esta: si una persona que sufre una terrible depresión se suicida, ¿se condena a sí mismo al infierno eterno? Después del infierno que experimentó en la tierra, ¿también merece el infierno eterno?

Me disculpo de antemano por la cantidad de preguntas que he hecho y por la banalidad de las mismas.

Le agradezco las respuestas que me dará, autorizo la publicación de las preguntas si lo considera útil y le pido amablemente que rece por mí… Lo necesito absolutamente.

Con devoción. Lorenzo

Respuesta del sacerdote

Querido Lorenzo,

Aparte de la respuesta genérica, pero precisa, de que Dios permite el mal para obtener un bien mayor, es difícil decir por qué permite tal o cual mal en específico.

Mientras tanto, debe quedar claro que el bien que Dios deriva es de orden sobrenatural, y por lo tanto generalmente invisible para nosotros.

Sólo veremos todo claramente al final, en el Cielo.

Justo el próximo domingo (23º domingo del año c) escucharemos estas palabras divinas en la primera lectura: “¿Qué hombre puede conocer los designios de Dios o hacerse una idea de lo que quiere el Señor? Los pensamientos de los mortales son indecisos y sus reflexiones, precarias” (Sab 9:13,14).

2. Especialmente en el área de las primeras preguntas que me hiciste, avanzamos en la fe como Abraham, de quien leímos eso: “Por la fe, Abraham, obedeciendo al llamado de Dios, partió hacia el lugar que iba a recibir en herencia, sin saber a dónde iba. (…).

(…) Porque Abraham esperaba aquella ciudad de sólidos cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Heb 11:8,10).

3. Podemos conjeturar varias respuestas: Dios permite las enfermedades mentales para que el  que está bien no se atribuya tal mérito y permanezca en la humildad.

O bien Dios las permite para liberar estas personas de males particulares en la vida presente o incluso en la futura.

O para dar a algunas personas la gracia y el mérito de poder dedicarse a los necesitados.

Pero todas estas son respuestas inciertas.

En cambio estamos seguros  del plan general de amor del Señor hacia todos.

4. ¿Me preguntas qué significa exactamente ofrecer sus sufrimientos a Dios? ¿Cómo se hace?

Los sufrimientos llegan al sacrificio de Jesús conscientes de lo que dice la Sagrada Escritura: ” […] ya que no hay remisión de pecados sin derramamiento de sangre.” (Heb 9:22).

El sufrimiento psíquico, si se le une al de Cristo y se ofrece a Dios Padre, tiene el poder de perdonar muchos pecados y de preparar una cantidad inconmensurable de gloria: “Nuestra angustia, que es leve y pasajera, nos prepara una gloria eterna, que supera toda medida.” (2 Cor 4:17).

5. Me dices que este concepto te parece verdaderamente terrible porque piensas que ofrecer los propios sufrimientos va en contra de la naturaleza…

Aquí no debemos malinterpretar: no se trata de ofrecer nuestros sufrimientos para que otros también sufran con nosotros.

Más bien, se ofrece el mérito del sufrimiento, el amor con el que lo hemos traído en beneficio de muchos, precisamente para que se eviten otros sufrimientos más graves.

6. Para los que se condenan al infierno, podemos decir que lo hacen de la misma manera de un estudiante que no estudia, por su propia voluntad, y fracasa inexorablemente. Aquí podemos decir que ellos se lo buscaron, y lo construyeron día tras día.

7. Me preguntas cómo un hombre puede elegir libremente el infierno eterno.

No lo elige directamente, sino indirectamente, de la misma manera que un asesino serial elige libremente la cadena perpetua.

8. La última pregunta: si una persona que sufre una terrible depresión y se suicida se condena a sí mismo a un infierno eterno, y porque después del infierno experimentado en la tierra también se le debe un infierno eterno.

En este punto sólo podemos decir que el suicidio es un pecado objetivamente grave porque el asunto es grave.

Y podemos decir esto con el mismo sentido con el que decimos que una persona, privada de su juicio, ha matado a cuatro personas: ha realizado un asesinato cuádruple.

Aunque se hace sin responsabilidad personal, no se convierte en una buena obra por sí misma. Sigue siendo un asesinato cuádruple, y eso es un pecado que es objetivamente grave en su materia.

9. El grado de culpabilidad personal, que se relaciona directamente con la plena conciencia de la mente y el consentimiento deliberado de la voluntad, es juzgado sólo por el Señor, que es el único que tiene el poder de escudriñar los corazones.

Ciertamente sabemos que con el Señor “[…] se encuentra la misericordia

y la redención en abundancia” (Sal 130, 7).

El texto latino dice justo eso, “copioso”, o sea, abundante.

Y nosotros confiamos en que sea divinamente abundante.

Te recuerdo de buen grado al Señor y te devuelvo el saludo afectuoso con todo mi corazón.

Te bendigo y te deseo lo mejor.

Padre Angelo


traducción: Riccardo Mugnaini

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