Querido Padre Angelo,
tengo 25 años y estoy en la facultad de Derecho de la Universidad de… Mí camino de fe ha sido algo singular: me alejé de la Iglesia a los 19 años ni bien comencé la Universidad, volví a la Fe en Cristo durante la pandemia del Covid. Desde entonces mi fe en Dios ha seguido creciendo, voy siempre a misa y con frecuencia me confieso; también ha ido creciendo un gran interés por la lecturas espirituales y recientemente leí “Las glorias de María” de San Alfonso María Ligorio y actualmente estoy leyendo “Intimidad Divina” de Gabriel de S.M. Magdalena. Tampoco quiero negar que tal vez podría haber surgido una vocación al sacerdocio, pero tengo que profundizar en este asunto.
Lo que en verdad quiero, es confiarle que estoy siempre más preocupado por el futuro de la Iglesia:…
Todo esto me genera un gran desánimo, pues tengo la impresión de que la Iglesia está perdiendo la fe para doblegarse ante las ideologías del mundo.
Quisiera pedirle: ¿cómo puedo tener fe en la Iglesia a pesar de estas degeneraciones? Y si mi vocación al sacerdocio fuera auténtica, ¿cómo podría ser sacerdote de una Iglesia guiada por personas de ideas discutibles?
Lo recuerdo en mis oraciones, y desde ya le agradezco y saludo.


Respuesta del sacerdote

Muy querido, 
1. agradezco al Señor por lo que ha obrado, sigue haciendo y hará en tu vida.
Al alejarte de la Iglesia nunca hubieras imaginado que no tardaría mucho tiempo en que estarías leyendo “Las glorias de María” de San Alfonso María Ligorio, un texto desbordante de dulzura que infunde mucha esperanza.
Y tampoco “Intimidad divina” que introduce a vivir con el Señor y para el Señor. Fue el texto de meditación durante mi año de noviciado.

2. No me sorprende que comiences a sentir un llamado al sacerdocio.
También por esto agradezco desde lo profundo de mi corazón al Señor que no cesa jamás de crear nuevos corazones y dar nuevos santos a su Iglesia.

 3. Existe aún otro motivo por el que agradezco al Señor: y es que en este momento sufres por la Iglesia.
He quitado de tu mail los motivos cercanos de tu sufrimiento.
Sin embargo, dejé el motivo general: “la impresión que la Iglesia está perdiendo la fe para doblegarse ante las ideologías del mundo”.
Y si llegaras a ser sacerdote, ¿cómo podrías servir a la Iglesia que tiene una fe tan diferente de la de siempre y de la tuya?

4. Y bien, tu desazón es comprensible, pero es demasiado humana.
Cuando Jesús dormía en el barco azotado por las olas, los apóstoles lo despertaron gritando: ¿No te importa que muramos?
Textualmente: “Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal. Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?». Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio! ¡Cállate!». El viento se aplacó y sobrevino una gran calma. Después les dijo: «¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?»” (Mc 4,37-40).
Santo Tomás comentando el texto paralelo en el evangelio de Mateo escribe: “Pareciera que no fueran de poca fe, puesto que decían: ¡sálvanos! Pero en verdad eran de poca fe porque no creían que aun durmiendo podía salvar. O bien de poca fe porque si hubieran tenido una gran fe ellos mismos hubieran mandado al mar” (Comentario al Evangelio de Mateo 8, 26).

5. El domingo pasado, al comienzo de la segunda lectura, escuchamos estas palabras: “Sabemos, además, que Dios dispone, todas las cosas para el bien de los que lo aman” (Rm 8, 28).
Si el Señor permite la situación que te aflige profundamente y a muchos otros, debe haber más de un motivo.
En este momento el Señor pide que tengamos una fe más grande.
Él es quien guía la barca, aunque parezca hundirse.
En este momento pide que tengamos una fe más grande en él, que en los hombres de la Iglesia.
A priori estamos seguros que la Iglesia no se hundirá porque Él dijo: “Yo estoy con ustedes hasta que se termine el mundo” (Mt 28, 20)
Dijo también: “Las puertas del infierno no prevalecerán” (Mt 16,18).

6. Cuando Napoleón hizo prisionero a Pío VII dijo que había encarcelado al último Papa de la historia.
Se cuenta que el Cardenal Consalvi, que era secretario de Estado, replicó: “Alteza, ni nosotros logramos destruir a la Iglesia”.
Ese nosotros estaba referido a los hombres de la Iglesia, especialmente a los que formaban parte de la jerarquía.

7. Recuerdo con gusto lo que un gran pensador francés escribió al respecto a comienzos del siglo XIX, José de Maistre (1754-1821).
Había sido espectador de lo ocurrido durante la revolución francesa y lo que de ella se siguió, en especial con Robespierre y luego con Napoleón.
Entre los escritos más importantes el “Du Pape”  escribe: “Los que insisten acerca de las manchas del papado, no se dan cuenta que argumentan a favor de su indefectibilidad; ya que en el caso de una serie de hombres de inteligencia superior e insigne santidad, la conservación de la Iglesia sería menos admirable.
El milagro está en el hecho de una Iglesia eterna e infalible, fundada sobre un hombre como nosotros: milagro incontestable por nosotros que vivimos a 18 siglos de distancia de la promesa”.

8. Recuerda luego la fácil profecía acerca del final del papado cuando se vio al Papa sometido a un hombre ante el cual siluit terra (la tierra calló; se trata de Napoleón), profecía repetida por los que están condenados al doble castigo de ver en la Sagrada Escritura lo que no hay y no ver lo que claramente contiene.
Contra la Escritura que aseguraba la perpetuidad del papado, ellos aseguraban acerca de la irremediable ruina y leían en el Apocalipsis la hora y el minuto.
Y mientras los profetas aseguraban, y la muchedumbre ebria como ellos, les prestaba atención, he aquí por un prodigio visible del Omnipotente, que se manifestó mediante el acuerdo de los poderes más discrepantes, el pontífice escapando a la más despiadada persecución, consolado por las más dulces esperanzas, sube al Vaticano y levanta la Augusta cabeza ante una Europa aturdida…” (L. Todisco, Curso de historia de la Iglesia, vol. V, p. 151).

9. Siempre ocurrirá lo mismo.
Ánimo, porque Cristo es fiel a sus promesas.
Ánimo, porque Cristo con su divina omnipotencia sabe doblegar en el tiempo establecido por él, la mente de los soberbios y exaltar a los humildes, los oprimidos, también en el ámbito de la fe.
Te agradezco por la oración que me has prometido.
Hago lo mismo por ti, con mucho gusto para que tu fe sea cada vez más fuerte y sobre todo por la llamada que el Señor te está dirigiendo.
Te bendigo y deseo todo bien.
Padre Angelo

Questo articolo è disponibile anche in: Italiano Inglés Portugués