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Estimado Padre Angelo

Quisiera agradecerle la «monumental» labor que ha emprendido para aclarar las numerosas dudas que los creyentes pueden encontrar en las enseñanzas de la doctrina católica… Reconozco su vasto conocimiento de los textos sagrados unido a una hábil capacidad para divulgar conceptos muy exigentes de forma comprensible incluso para quienes, como yo, sólo tenemos el recuerdo de las enseñanzas recibidas para la preparación de la Primera Comunión y la Confirmación.

Me gustaría formularle algunas preguntas:

Si no me equivoco, Dios no envía a nadie al infierno, sino que acepta el libre albedrío del hombre en la elección de su destino final, es decir, si el hombre, con plena conciencia y consentimiento deliberado, elige el mal, su destino final será el infierno.

Ahora bien, me pregunto, si la salvación de los pecadores depende exclusivamente de su libre elección entre Dios y el Mal, ¿de qué sirven las oraciones por la conversión de los pecadores, llegando incluso a pedir sufrimientos personales en reparación de los pecados ajenos? ¿No pagó Jesús por todos? San Pablo, si no me equivoco, dijo que deberíamos sufrir para completar los sufrimientos de Cristo … pero San Pablo era un hombre iluminado por el Espíritu Santo … que también llegó al Tercer Cielo … pero aún es un hombre que en algunos casos, en mi opinión, ha dado valoraciones erróneas, como cuando refiriéndose a la Parusía quizás San Pablo se imaginó estar presente en la última venida de Nuestro Señor… o cuando en la preparación de un viaje apostólico San Pablo al no confiar en el que sería el evangelista San Marcos, no lo quiso con él y eligió a otro discípulo.

Soy partidario de no quitar la satisfacción de las elecciones procedentes del libre albedrío… así que en mis oraciones al Señor no me propongo ofrecerme como víctima sacrificial por quién sabe cuáles son los pecados perpetrados por la humanidad, (me inclinaría más por hacer que la gente pague por sus pecados «a la manera romana»… es decir, cada uno paga por sí mismo), pero simplemente pido al Señor que los pecadores, yo incluido, tengan la plena y total conciencia del pecado que cometen contra Dios, como si fuera el día de Juicio Final…… entonces cada uno tiene honores y cargas de su libre elección ¿Mi oración está bien o mal?

Si Jesús, tanto en su calidad de Hijo de Dios como en presencia de la Santísima Trinidad junto con Dios Padre y el Espíritu Santo, no pudo convertir a sus adversarios y enemigos… (tal vez porque todo estaba ya escrito) yo ciertamente no puedo engañarme pensando de poder hacerlo…

Que el Señor esté siempre con Usted.

Saludos cordiales

Aldo


Querido Aldo,

1. tus observaciones serían correctas si cada uno de nosotros fuera una mónada, como decía el filósofo Leibniz, es decir, un ser que tiene actividad interna pero que no puede ser influenciado físicamente por elementos externos. Cada uno es un mundo propio sin puertas ni ventanas.

Pero según la Revelación Divina las cosas no son así.

2. Porque todos estamos tan íntimamente conectados entre nosotros, como los miembros de un organismo, que forman un solo cuerpo.

Si no existiera esta comunión, ni siquiera la redención de Cristo podría llegar a nosotros.

3. Esta unión tiene su origen en la unión ontológica de cada uno de nosotros con Dios.: “Porque en Dios vivimos, nos movemos y existimos; como también dijeron algunos de vuestros poetas: ‘Somos descendientes de Dios.” (Hechos 17,28).
Por lo tanto, hay una ósmosis continua entre Dios y nosotros porque Él nos vivifica momento a momento y nos da la posibilidad de movernos y trabajar.

4. Con el bautismo nos injertamos aún más en el Señor Jesús.

Este título del Señor es importante porque indica su naturaleza divina, su ser Dios.

En el bautismo, por tanto, no nos unimos con cualquiera, sino con Dios, con el Señor, con Jesús.

De nuevo empalmados en Él, derrama su vida divina y sobrenatural, su gracia, que al mismo tiempo nos limpia de nuestros pecados.

5. No lo hace Él solo, sino a través de la Iglesia.

Llega a nosotros y genera fe en nosotros a través de la predicación de la Iglesia.

Él nos comunica su gracia a través de los sacramentos que instituye y entrega a la Iglesia para nuestro beneficio.

Está tan unido a la Iglesia que se identifica con ella, hasta el punto de que, apareciéndose a Pablo cuando estaba a las puertas de Damasco, le dijo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hechos 9,4).
Con la Iglesia Él se identifica, con la Iglesia trabaja y con la Iglesia sigue santificando.

La gracia, por tanto, no viene comunicada a nosotros por Él solo, sino a través de la Iglesia….

6. La fuente de la gracia y del perdón de los pecados está enteramente en Él.

Sólo Cristo, como Dios, es el autor de la gracia. Es Él quien la crea y la difunde.

Pero para generarla y difundirla, se sirve de la Iglesia, en la que todos los creyentes están unidos como miembros o células de un mismo organismo, de un mismo cuerpo.

7. Ahora bien, su gracia llega a las células que la necesitan según la mayor o menor disposición de las otras células o miembros de los que Cristo se sirve.

Como vemos, nuestra disposición hacia el prójimo es importante: podemos liberar el flujo de la gracia de Cristo a sus miembros o podemos impedirlo.

Es por eso que San Pablo dijo: “Ahora me alegro de lo que sufro por vosotros, porque de esta manera voy completando en mi propio cuerpo lo que falta de los sufrimientos de Cristo por la iglesia, que es su cuerpo. Dios ha hecho de mí un servidor de la iglesia, por el encargo que me dio para bien vuestro de anunciar en forma completa su mensaje. (…) Para esto trabajo y lucho con toda la fuerza y el poder que Él me da” (Col 1,24-25.29).

8. Y por esa razón Pio XII en la Encíclica Mystici Corporis (29.6.1943) dice que «nuestro Salvador, gobernando la Iglesia invisiblemente desde Él mismo, desea ser asistido por los miembros de su Cuerpo Místico en la realización de la obra de la Redención. En verdad, esto no se debe a su indigencia y debilidad, sino a que Él mismo lo dispuso así para mayor honor de su inmerecida Esposa.

Porque mientras moría en la Cruz, otorgó a su Iglesia, sin ninguna cooperación de su parte, el inmenso tesoro de la Redención; pero cuando se trata de distribuir este tesoro, no sólo comunica con su Esposa incontaminada la obra de santificación de los demás, sino que quiere que esta santificación surja de alguna manera también de su acción” (EE 6, 193).

9. Y concluye con esta gran afirmación que nunca debemos olvidar: “Es ciertamente un misterio tremendo, que nunca ha sido suficientemente meditado: que la salvación de muchos depende de las oraciones y mortificaciones voluntarias emprendidas con este fin por los miembros del Cuerpo místico de Jesucristo, y de la cooperación de los Pastores y de los fieles, especialmente de los padres y madres de familia, en colaboración con el divino Salvador” (EE 6, 193).

10. El mensaje de Fátima lo repite.

El 13 de julio de 1917, la Virgen dijo a los pastorcitos: «¡Sacrificaos por los pecadores y repetid muchas veces, sobre todo cuando hagáis algún sacrificio: «Oh Jesús ¡ es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Corazón Inmaculado de María!»

Y el 19 de agosto: «Rezad, rezad mucho; y haced sacrificios por los pecadores, porque muchas almas van al infierno porque no hay nadie que se sacrifique y rece por ellas”.

11. Algunos pueden negar los efectos de las oraciones y mortificaciones de otros.

Sin embargo, siempre habrá quien, bajo la acción de la gracia y la cooperación de los santos, sienta el impulso de abrir la puerta.

Deseo que participes cada vez más profundamente en este misterio, pues constituirá una buena parte de tu gloria eterna.

Te recuerdo al Señor y te bendigo.

Padre Angelo


Traducido por SusannaF