Querido Padre Angelo,

Ante todo le agradezco su precioso servicio en beneficio de las almas. Para mí es un brillante ejemplo de cómo se ejerce la caridad intelectual.

El otro día estaba leyendo el catecismo de San Pío X, específicamente la pregunta 91. La vuelvo a plantear: ¿Jesucristo tuvo libre albedrío?

Sí, Jesucristo tuvo libre albedrío, pero no pudo hacer el mal, porque poder hacer el mal es un defecto, no una perfección de la libertad.

Estoy seguro de que refleja una sabiduría teológica que evidentemente aún no poseo, pero que no comprendo del todo. Jesús es una sola Persona y ha «asociado» la naturaleza humana a sí mismo. Una naturaleza humana sin los impulsos de la concupiscencia (consecuencia del pecado original), pero aún humana con una voluntad humana distinta de la voluntad de su naturaleza divina.

¿El hecho de que tuviera una naturaleza humana (al menos potencialmente) no implica que, si hubiera querido, como hombre, podría haber pecado? ¿No reside su mérito, como hombre, precisamente en el hecho de que siempre y sólo ha hecho el bien (la voluntad del Padre) pudiendo también (potencialmente y como hombre) hacer lo contrario? ¿Está mal decir que tenía libre albedrío? ¿Cuál es el mérito de haber resistido todas las tentaciones si ‘no podía pecar’? Realmente no entiendo el significado de esta afirmación del Catecismo.

¿Podría explicármelo claramente? ¿Ocurre lo mismo con María también?

Le ofrezco un cordial saludo

Respuesta del sacerdote

Muy querido,

1. Ante todo hay que recordar que en Cristo hay una sola Persona, la divina. Es el Verbo hecho carne, la Sabiduría de Dios manifestada en forma humana.

Además, en Cristo hay dos naturalezas: la divina, íntimamente ligada a su Persona, y la humana asumida en el momento de la encarnación.

2. Habiendo asumido la naturaleza humana, tomó cuerpo y alma racional.

Y como el alma racional posee dos facultades (el intelecto y la voluntad) en Cristo hubo dos voluntades: la divina y la humana.

3. La voluntad humana de Cristo disfrutó del libre albedrío.

Santo Tomás lo afirma categóricamente al referirse al pasaje de Isaías: “Se alimentará de mantequilla y de miel hasta que sepa desechar lo malo y elegir lo bueno. Luego Cristo tuvo libre albedrío.” (Summa theologica, III, 18,5).

4. A pesar de disfrutar del libre albedrío, Jesús no pecó. De hecho, no podía pecar.

Estaba en él la plenitud de la gracia.

Toda la santidad que ha sido derramada sobre la Santísima Virgen y sobre todos los Santos a lo largo de los tiempos estuvo presente en Cristo desde el primer momento de su concepción.

En otras palabras, tenía lo que los teólogos llaman la confirmación en la gracia, que consiste en la imposibilidad de pecar.

Sin embargo, con esta diferencia: que Cristo tenía una imposibilidad intrínseca de pecar, siendo su voluntad humana movida por una persona divina.

Mientras que todos los demás santos, empezando por la Virgen, han podido gozar de una imposibilidad extrínseca de pecar, debido al gran grado de amor al Señor y también a un grado particular de asistencia divina.

5. Parece que objetas: ¡pero si en Cristo hubo libre albedrío, también existía la posibilidad de pecar!

La respuesta es: no, porque no se nos dio libertad para poder pecar, es decir, ofender a Dios y hacernos daño a nosotros mismos.

Se nos dio la libertad para que pudiéramos hacer el bien con mérito y determinación personal.

6. Todavía dices: Jesús tuvo el mérito de haber resistido al pecado.

Pues bien, el mérito no está ligado a la posibilidad de pecar y en consecuencia a no pecar.

El mérito está esencialmente ligado al amor, a la caridad con la que hacemos el bien.

Si hay mérito en resistir a la tentación, el mérito se debe al amor a Dios con el que se supera la tentación.

Ahora bien, en Cristo el amor por el Padre era supremo. Vino lleno de gracia y de verdad.

7. Santo Tomás se pregunta si el pecado estuvo presente en Cristo.

Y dice que no porque el mismo Cristo dio testimonio de ello y pidió a todos los hombres que vieran si el pecado estaba presente en él, diciendo: “¿Quién de ustedes probará que tengo pecado?” (Jn 8,46).

Además, nos recuerda que Cristo asumió nuestras limitaciones, es decir, nuestra naturaleza humana, por tres razones: “Para expiar el pecado en nuestro lugar, demostrar la realidad de su naturaleza humana y llegar a ser un ejemplo de virtud para nosotros. Por estas tres razones es evidente que no debería haber asumido el pecado.

En primer lugar, porque el pecado no contribuye a la expiación, al contrario, impide su eficacia, ya que según la Escritura “el Altísimo no acepta las ofrendas de los impíos” (Eclo 34,19).

Asimismo, el pecado no sirve para demostrar la realidad de la naturaleza humana, ya que el pecado no es esencial a la naturaleza humana que tiene a Dios como autor, sino que fue introducido contra la naturaleza «mediante la siembra del diablo», como dice el Damasceno (De fide Ortodoxa, 3,20).

En tercer lugar, al pecar no podía darnos un ejemplo de virtud, siendo el pecado contrario a la virtud.

Por consiguiente, Cristo no asumió en modo alguno la miseria del pecado, ni original ni actual, como dice san Pedro: “Él no cometió pecado y nadie pudo encontrar una mentira en su boca” (1 P 2,22)» (Summa Theologica, III, 15,1).

Con la esperanza de que también tú seas confirmado en la gracia, en la medida de lo posible, te bendigo y te recuerdo en la oración.

Padre Angelo

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