Y esto es lo que le ocurrió a este joven visitante al final de una peregrinación a la tumba de San Agustín.

«Padre, quisiera hablarle también de otro hecho que me ha impactado particularmente. El 28 de agosto de 2022 fui con una parroquia a una peregrinación a San Agustín a pie. Salimos hacia las dos de la madrugada y llegamos justo a tiempo para la misa. Estaba muerto de cansancio, pasé todas esas horas rezando muchos rosarios y también había decidido ayunar. Miraba las estrellas y a veces me fijaba en una en particular pensando que sería la “estrella de la mañana”, que es María, quien nos conduciría hacia Dios. Una vez llegados, me quedé maravillado por los cantos y por la manera en que los frailes celebraban la misa, pero no conseguí seguirla bien debido a mi gran cansancio.

Y he aquí que, una vez terminada, me acerqué a la tumba de San Agustín, un santo al que estoy muy unido, y de repente cerré los ojos y escuché a recién nacidos, o en todo caso a niños, gritar y llorar de una manera sombría, macabra e inquietante, y en medio de un fondo negro apareció iluminado por una multitud de chispas de fuego: me parecía el infierno. Rompí a llorar delante de todos y corrí a rezar ante una estatua de Cristo, pidiendo que ningún alma se separe jamás del amor de Dios para siempre».

Respuesta del sacerdote

1.Con respecto a lo que has descrito, procedo con mucha cautela.

No pongo en duda que hayas escuchado realmente ese llanto, porque quizá estabas preparado para todo, excepto para oír llorar a niños.

No sé si se trató de una locución, es decir, un fenómeno místico sobrenatural, porque las locuciones también pueden expresarse así.

Lo cierto es que lo que escuchaste aquella vez nunca podrás olvidarlo.

2.¿Qué significa entonces ese llanto?

Lo que hay que excluir absolutamente es que ese llanto sea el de niños en el infierno.

No es posible que los niños vayan al infierno porque no tienen pecados personales.

La Iglesia considera a los niños que mueren con el bautismo como ángeles, tanto que sus exequias se celebran con ornamentos blancos y no con los morados, símbolo de penitencia.

3.He aquí entonces mi interpretación, dudosa porque no pretende ninguna certeza.

Ese llanto podría remitir al dolor desgarrador de quienes se encuentran en el infierno, un dolor similar al llanto inconsolable de los recién nacidos.

¿Qué hay que oprima más el corazón que ese llanto, ante el cual se reconoce toda la propia incapacidad para poder ayudar?

Personalmente no podré olvidar una escena que me tocó ver en un hospital: un niño, quizá de ocho o nueve años, ciego, sordomudo y con diversas discapacidades. Se había caído de la cama y se había fracturado en varias partes. Estaba vendado y lloraba sin parar. No podía oír la voz de quienes estaban a su lado porque era sordomudo. No podía ver a nadie. No se le podía tocar para no aumentar su sufrimiento.

Apretaba el corazón la soledad de aquel niño, que probablemente se sentía abandonado por todos en su dolor. No es que los demás carecieran de sentimientos, sino que no podían hacer nada.

Después de unos minutos, fui acompañado fuera por quien me guiaba. Mientras salía y se cerraba la puerta, aún escuchaba el llanto desgarrado y desgarrador de aquel niño, que seguía sufriendo y llorando en su total soledad.

¿No es este el sufrimiento de quienes se encuentran en el infierno?

Quizá el Cielo, a través de ese llanto, ha querido despertar aún más en ti el deseo de ser apóstol, de hacerte todo para todos con tal de salvar a algunos, como decía San Pablo de sí mismo (cf. 1 Cor 9,23).

4.Te agradezco sinceramente el incipit de tu correo, que para todos nosotros es de gran consuelo: «Queridísimo padre Angelo, ante todo quisiera expresarle mi alegría por la gracia que Dios me ha concedido: haber conocido su sitio. Le agradezco inmensamente el servicio que ofrece a todos los que llegan ante usted con dudas».

Con gusto te acompaño con mi oración.

Rezaré a María para que te indique el camino para tu futuro, para que puedas servir mejor al Señor y al prójimo.

Rezaré también con gusto a Santa María Magdalena, que es patrona celestial de la orden dominicana. Y no solo por ser apóstol de los apóstoles, sino también porque los dominicos, desde hace más de 700 años, tienen el privilegio de custodiar sus reliquias en La Sainte-Baume, cerca de Marsella.

Ella misma, en una aparición, pidió que fueran precisamente los dominicos quienes las custodiaran.

Con gusto encomendaré tu pureza tanto a la Virgen María, que es la madre del hermoso amor (Sir 24,18), como a Santa María Magdalena, que, según San Agustín, en pureza es segunda solo después de la Virgen.

Te bendigo y te deseo todo bien.

Padre Angelo

Questo articolo è disponibile anche in: Italiano Inglés Portugués