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Estimado Padre Angelo,
soy la chica que le envió el mail acerca de lo que significa dejar en manos de Dios la propia vida, y le estoy muy agradecida sea por su respuesta que por su disponibilidad.
Ahora quisiera que me diese un pequeño consejo sobre un asunto ya incluido en el título que encabeza este mail: estoy cansada de vivir en una sociedad en la que todos se atribuyen el derecho de hablar de religión, de Cristo, de la Iglesia (que por cierto cometió sus errores en el transcurso de la historia) y de la Biblia, sin que de veras hayan tenido un encuentro con Cristo, sin amarlo, sin tener ni siquiera la más elemental preparación bíblica y teológica.
El título de este mail, reproduce en realidad las palabras de una docente universitaria con las que mis colegas se han identificado y simpatizando con sus afirmaciones concluyendo que la religión (y por lo tanto Dios) han infligido gran dolor a las mujeres habiéndolas creado subalternas al hombre.
Según esta profesora, que es gramsciana, comunista y feminista radical, el hecho que la mujer sea un ser inmundo, que no puede ser tocado (se refería al libro del Levítico) se debe a Dios y constituye la base de toda la Biblia.
Me quedé anonadada no solamente por sus horrendas palabras, sino también porque me sentí ofendida porque de hecho son una verdadera mentira y estas personas se aprovechan de la autoridad que les confiere su rol para decir verdades filtrándolas a través de las ideologías.
Es muy difícil ser estudiante y vivir la propia fe en ambientes académicos junto a los otros estudiantes, que en tema religioso, tienen una línea de pensamiento muy tajante e intransigente, así como ocurre con los mismos docentes. Puedo percibir (y eso me incomoda mucho) el ateísmo que subyace en los libros que leo, en las materias que se tratan durante las clases… todo esto genera en mí un gran desasosiego y me lleva a una fuerte lucha conmigo misma.
A veces mientras estudio, me detengo justamente para reflexionar acerca del significado de las cosas que leo y me doy cuenta de que son muy anticrísticas y durante las clases se proponen de forma positiva, con gran desenvoltura.
He llegado a ser muy crítica respecto al feminismo al que esta profesora adhiere. Parecería casi como si quisiera liberar a la mujer, pero en antagonismo con Dios.
Padre, no lo tome a mal, pero buscando en internet, en especial en el sitio La Luce di Maria, he descubierto que existe una rama del feminismo que se definía satánico reconociendo a Lucifer como el liberador opuesto a Dios al que consideraban el amo, aquel que quería tenerlas como esclavas.
Es cierto que el feminismo permitió que a la mujer le fueran reconocidas a nivel social, sus cualidades, cosa que también hizo San Juan Pablo II, pero al mismo tiempo, me doy cuenta de como el feminismo haya alejado a la mujer del modelo de la Virgen María (aborto, anticoncepción, píldora abortiva, promiscuidad sexual, menosprecio del matrimonio y la familia).
No sé cuales son sus opiniones al respecto, pero me gustaría saberlo. Además, ¿cómo me aconseja contestar a las afirmaciones de esta profesora?
Le envío cordiales saludos.
Mariagrazia


Respuesta del sacerdote

Querida Maria Grazia,
1. creía que en la base de la Biblia estuviera Jesucristo, anunciado en el Antiguo Testamento y presentado en el Nuevo.
Ahora he aprendido, gracias a tu profesora, que hay otra cosa: sinceramente no me había dado cuenta.

2. Aconseja a tu profesora que tome el Evangelio y documente sus afirmaciones a la luz de estos textos.
Mientras tanto, haz tú lo mismo.
Comienza por San Mateo.
Te darás cuenta de que el Señor fue siempre benévolo con las mujeres.
Ha lanzado invectivas tremendas contra escribas y fariseos, contra los doctores de la ley,. Pero la mujer fue siempre defendida por nuestro Señor, aun cuando le preguntaron si era lícito apedrearla por haber sido sorprendida en flagrante adulterio. 

3. Aprovecho la ocasión para presentarte una catequesis de Juan Pablo II acerca de la “nobleza moral de la mujer en la Sagrada Escritura”.
La dio el 10 de abril de 1996. Hela aquí:
El Antiguo Testamento y la tradición judía reconocen frecuentemente la nobleza moral de la mujer, que se manifiesta sobre todo en su actitud de confianza en el Señor, en su oración para obtener el don de la maternidad y en su súplica a Dios por la salvación de Israel de los ataques de sus enemigos. A veces, como en el caso de Judit, toda la comunidad celebra estas cualidades, que se convierten en objeto de admiración para todos.
Junto a los ejemplos luminosos de las heroínas bíblicas no faltan los testimonios negativos de algunas mujeres, como Dalila, la seductora, que arruina la actividad profética de Sansón (Jc 16, 4-21), las mujeres extranjeras que, en la ancianidad de Salomón, alejan el corazón del rey del Señor y lo inducen a venerar otros dioses (1 R 11, 1­8); Jezabel, que extermina «a todos los profetas del Señor» (1 R 18, 13) y hace asesinar a Nabot para dar su viña a Acab (1 R 21); y la mujer de Job, que lo insulta en su desgracia, impulsándolo a la rebelión (Jb 2, 9).
En estos casos, la actitud de la mujer recuerda la de Eva. Sin embargo, la perspectiva predominante en la Biblia suele ser la que se inspira en el protoevangelio, que ve en la mujer a la aliada de Dios”.

4. Por protoevangelio (literalmente es el primer anuncio del Evangelio) se entiende la promesa de Dios al origen de la creación, después de la caída del hombre.
Esta promesa la hizo dirigiéndose a Satanás: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. Él te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón» (Gn 3,15).

5. El Papa prosigue: “En efecto aunque a las mujeres extranjeras se las acusa de haber alejado a Salomón del culto del verdadero Dios, en el libro de Rut se nos propone una figura muy noble de mujer extranjera: Rut, la moabita, ejemplo de piedad para con sus parientes y de humildad sincera y generosa. Compartiendo la vida y la fe de Israel, se convertirá en la bisabuela de David y en antepasada del Mesías. Mateo, incluyéndola en la genealogía de Jesús (1, 5), hace de ella un signo de universalismo y un anuncio de la misericordia de Dios, que se extiende a todos los hombres.
Entre las antepasadas de Jesús, el primer evangelista recuerda también a Tamar, a Racab y a la mujer de Urías, tres mujeres pecadoras, pero no desleales, mencionadas entre las progenitoras del Mesías para proclamar la bondad divina más grande que el pecado. Dios, mediante su gracia, hace que su situación matrimonial irregular contribuya a sus designios de salvación, preparando también, de este modo, el futuro.
Otro modelo de entrega humilde, diferente del de Rut, es el de la hija de Jefté, que acepta pagar con su propia vida la victoria del padre contra los amonitas (Jc 11, 34-40). Llorando su cruel destino, no se rebela, sino que se entrega a la muerte para cumplir el voto imprudente que había hecho su padre en el marco de costumbres aún primitivas (cf. Jr 7, 31; Mi 6, 6-8)”.

6. “La literatura sapiencial, aunque alude a menudo a los defectos de la mujer, reconoce en ella un tesoro escondido: «Quien halló mujer, halló cosa buena, y alcanzó favor del Señor» (Pr 18, 22), dice el libro de los Proverbios, expresando estima convencida por la figura femenina, don precioso del Señor.
Al final del mismo libro, se esboza el retrato de la mujer ideal que, lejos de representar un modelo inalcanzable, constituye una propuesta concreta, nacida de la experiencia de mujeres de gran valor: «Una mujer fuerte, ¿quién la encontrará? Es mucho más valiosa que las perlas…» (Pr 31, 10).
En la fidelidad de la mujer a la alianza divina la literatura sapiencial indica la cima de sus posibilidades y la fuente más grande de admiración. En efecto, aunque a veces puede defraudar, la mujer supera todas las expectativas cuando su corazón es fiel a Dios: «Engañosa es la gracia, vana la hermosura; la mujer que teme al Señor, ésa será alabada» (Pr 31, 30).

7. En este contexto, el libro de los Macabeos, con la experiencia de la madre de los siete hermanos martirizados por la persecución de Antíoco Epifanio, nos muestra el ejemplo más admirable de nobleza en la prueba.
Después de haber descripto la muerte de los siete hermanos, el autor sagrado agrega: “Incomparablemente admirable y digna del más glorioso recuerdo fue aquella madre que, viendo morir a sus siete hijos en un solo día, soportó todo valerosamente, gracias a la esperanza que tenía puesta en el Señor.
Llena de nobles sentimientos, exhortaba a cada uno de ellos, hablándoles en su lengua materna. Y animando con un ardor varonil sus reflexiones de mujer, les decía:
«Yo no sé cómo ustedes aparecieron en mis entrañas; no fui yo la que les dio el espíritu y la vida ni la que ordenó armoniosamente los miembros de su cuerpo.
Pero sé que el Creador del universo, el que plasmó al hombre en su nacimiento y determinó el origen de todas las cosas, les devolverá misericordiosamente el espíritu y la vida, ya que ustedes se olvidan ahora de sí mismos por amor de sus leyes» (2 Mac 7, 20-23). 

La madre, exhortando al séptimo hijo aceptar la muerte antes que transgredir la ley divina, expresa su fe en la obra de Dios que de la nada crea todas las cosas: «Yo te suplico, hijo mío, que mires al cielo y a la tierra, y al ver todo lo que hay en ellos, reconozcas que Dios lo hizo todo de la nada, y que también el género humano fue hecho de la misma manera. No temas a este verdugo: muéstrate más bien digno de tus hermanos y acepta la muerte, para que yo vuelva a encontrarte con ellos en el tiempo de la misericordia». (2 Mac 7, 28-29).
Por fin, ella misma se dirige hacia la muerte cruenta, después de haber sufrido siete veces el martirio del corazón, dando testimonio de una fe inquebrantable, una esperanza ilimitada y un coraje heroico.
En estas imágenes de mujer, en las que quedan manifiestas las maravillas de la gracia divina, se vislumbra Aquella que será la más grande entre las mujeres: María, la Madre del Señor.

8. A tu profesora podrías mostrar esta breve catequesis de Juan Pablo II.
Podrías también regalarle la Mulieris dignitatem del mismo Papa.
Le deseo a tu profesora que pueda imitar la nobleza moral de las mujeres que presenta la Sagrada Escritura.
Como asimismo lo deseo para ti, por lo cual te recuerdo en la oración y te bendigo.
Padre Angelo