Questo articolo è disponibile anche in: Italiano Español

Pregunta

Estimado Padre Bellon,

Es un hecho que en Italia más de un millón de parejas viven more-uxorio y muy pocos novios respetan la castidad. Así pues, ¿quién podría, hoy en día, acceder a la Eucaristía, que es el momento tópico del rito por excelencia del catolicismo, donde el Señor está realmente presente y es carne viva?

Nuestro querido Papa en los últimos tiempos ha dicho que es importante ir a misa para escuchar las escrituras, pero igualmente necesario participar en la Sagrada Comunión.

¿Por qué, entonces, excluir de la Eucaristía a quienes se aman en una relación estable sin el vínculo del matrimonio, y admitir a quienes, casados, hacen «toda clase de travesuras»?

Estamos de acuerdo en que es necesario acercarse a nuestro Señor de la manera más honesta posible, pero ¿estamos seguros de que la exclusión del «contacto con el cuerpo de Cristo» es más una voluntad de los hombres que del propio Salvador?

Si durante el servicio religioso, absurdamente, la Hostia tomara la forma del cuerpo real de Cristo, ¿se negaría esto a quienes sólo son culpables de amar fuera del matrimonio?

Le agradezco si podrá responderme.

Berto


Respuesta del sacerdote

Querido Berto,

1. Sin duda, el Señor se ofreció en la cruz y se entregó como alimento y bebida de salvación para todos, sin excepción. Esto no significa que todo el mundo pueda recibir la Sagrada Comunión. Recordarás bien cómo termina la parábola del banquete de bodas: “Cuando el rey entró a ver a los convidados, se fijó en uno que no iba vestido para la boda. Le dijo: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí, si no vienes vestido para la boda?’ Pero el otro se quedó callado. Entonces el rey dijo a los que atendían las mesas: ‘Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a la oscuridad. Allí llorará y le rechinarán los dientes”. (Mt 22:11-13). El hombre había sido invitado. Pero antes tenía que haberse puesto el traje de bodas, que en aquella época se lo entregaba quien le invitaba.

En nuestro caso el traje de bodas se llama gracia de Dios y se recibe del mismo Señor que llama a la conversión.

2. Me preguntas: ¿estamos tan seguros de que la exclusión del «contacto con el cuerpo de Cristo» es más la voluntad de los hombres que la del propio Salvador?»

Sin embargo, el Señor fue claro, pues hablando por medio de Pablo dijo: «Por lo tanto, cualquiera que coma el pan o beba de la copa del Señor indignamente, será culpable del cuerpo y la sangre del Señor.

“Así pues, cualquiera que come del pan o bebe de la copa del Señor de manera indigna, comete un pecado contra el cuerpo y la sangre del Señor. Por tanto, examine cada uno su propia conciencia antes de comer del pan y beber de la copa. Porque el que come y bebe sin considerar que se trata del cuerpo del Señor, para su propio castigo come y bebe. Por eso, muchos entre vosotros están enfermos y débiles, e incluso algunos han muerto. ” (1 Cor 11,27-30).
Como ves, no es voluntad de los hombres, sino la del Señor.

3. Por eso, Juan Pablo II, en Ecclesia de Eucaristia (n. 36), repite las palabras de San Juan Crisóstomo: «Yo también levanto mi voz, suplico, ruego y suplico que no nos acerquemos a esta sagrada Mesa con la conciencia manchada y corrupta. Tal acercamiento, en efecto, nunca puede llamarse comunión, aunque toquemos mil veces el cuerpo del Señor, por el contrario, es condena, tormento y aumento del castigo» (Homilías sobre Isaías 6, 3).
Por esta razón, añadió: «Entonces deseo reiterar que la norma está y estará siempre en vigor en la Iglesia, por la que el Concilio de Trento concretó la severa advertencia del Apóstol Pablo al afirmar que, para una digna recepción de la Eucaristía, «la confesión de los pecados debe hacerse previamente, cuando se tiene conciencia de pecado mortal». (Ecclesia de Eucaristia, 36)

4. También me preguntas qué diría el Señor si tomara cuerpo visible a través de la hostia consagrada a los que se aman fuera del matrimonio.

Sin duda repetiría lo que había dicho a través de Tobi: “Evita toda inmoralidad sexual, hijo mío» (Tb 4,12).

También lo advertiría como hizo en su momento a través de Pablo: «Vosotros, que pertenecéis al pueblo santo, ni siquiera debéis hablar de inmoralidad sexual ni de ninguna otra clase de impureza o de avaricia» (Ef. 5,3) y «Porque ya sabéis que quien comete inmoralidades sexuales, o hace cosas impuras, o es avaro (que es una especie de idolatría), no puede tener parte en el reino de Cristo y de Dios «(Ef. 5,5)

5. Afuera del matrimonio es legítimo y a veces hasta puede ser un deber amarse, pero no con los actos propios del matrimonio.

Porque estos actos significan que nos entregamos en la totalidad.

6. Fuera del matrimonio, de hecho, no existe la totalidad de ese regalo.  El cual regalo presupone que nos hayamos entregado primero por un acto irreversible de consentimiento conyugal.

7. Si no se produce primero esta entrega irreversible, esos actos se ven privados de su auténtico significado.

De hecho, fuera del matrimonio no nos entregamos de forma completa e irreversible porque somos conscientes de ser libres de volver atrás.

Además, esa entrega no será total también porque a través de la anticoncepción (o a través de actos impuros contra la naturaleza) la genitalidad se utiliza para otros fines diferentes de aquellos escritos en la propia naturaleza de estos actos.

8. Es fácil entender que el Magisterio de la Iglesia -dentro del cual necesariamente está también el Papa Francisco- diga que esos actos no son de auténtico amor. 

9. Esto no significa que los que hacen todo tipo de cosas puedan comulgar.

Incluso en este caso, si no se arrepiente y no cambia de vida, la Sagrada Comunión se convierte para él en motivo de su propia condena.

10. Si la mayoría de las personas o de los jóvenes no viven su vida afectiva según el plan de Dios, que es la santificación, sólo significa que la mayoría también necesita la conversión en este punto. ¿Es malo convertirse?
¿O no es el sentido mismo de la predicación de Jesús que “desde entonces comenzó a proclamar: “¡Volveos a Dios, porque el reino de los cielos está cerca!”»” (Mt 4,17)? 

Y sigue a través de Pedro que dijo: “Por eso, volveos a Dios y convertíos, para que él borre vuestros pecados.” (At 3,19).
Incluso nuestro querido Papa dice hoy lo mismo que dijo Jesús y que dijo su primer vicario, San Pedro.

Es imposible que diga algo diferente. Incluso si por algún absurdo él o alguien más quisiera hacerlo, Jesucristo no se lo permitiría porque de hecho nos ha garantizado a todos en este punto con las siguientes palabras: “Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, cuando te hayas vuelto a mí ayuda a tus hermanos a permanecer firmes (Lc 22,31-32). 

El Papa nunca ha declarado que sea necesario comulgar. Se hace solo si se cumplen las condiciones establecidas por el Señor.

Te agradezco la pregunta, te recuerdo al Señor y te bendigo.

Padre Angelo


Traducido por SusannaF